Columnistas

¡Aquí no pasa nada!
Autor: Jorge Arango Mejía
25 de Agosto de 2013


Cuando escribo estas líneas siguen apareciendo en los medios de comunicación las noticias de la protesta generalizada: carreteras bloqueadas, vehículos incendiados, policías heridos, decenas de personas detenidas o lesionadas...

Cuando escribo estas líneas siguen apareciendo en los medios de comunicación las noticias de la protesta generalizada: carreteras bloqueadas, vehículos incendiados, policías heridos, decenas de personas detenidas o lesionadas, terminales de transporte vacíos… En resumen, desorden generalizado. ¿Qué hace el gobierno? Esperar que los problemas se resuelvan solos, e insistir, una y otra vez, en que la situación es normal, que son hechos aislados, que no tolerará  que se impida el tránsito automotor por ninguna vía.  Pareciera que las autoridades  aplicaran la antigua frase: ¡Vamos a ver quien se cansa primero!


La situación merece algunas reflexiones.


La primera es elemental: lo que está aconteciendo no puede ser normal en ninguna nación medianamente civilizada y organizada. Como las autoridades no atienden petición ni reclamo sobre problemas colectivos que no vaya acompañada de alteración del orden, la gente ha aprendido la lección: solamente quien recurre a las vías de hecho logra que se le oiga.


El gobierno, es decir, el presidente y sus ministros repiten incansablemente que, como decía Cándido el personaje de Voltaire, todo está bien, no podría ser mejor, vivimos en el mejor de los mundos. Y que Colombia progresa, movida por las locomotoras, que, en un país sin transporte ferroviario, solamente aparecen en las promesas del presidente. Pero, si tienen razón, ¿por qué tanto alboroto?


A esta última pregunta responden que todo es obra de agitadores, que son los opositores del régimen los que encienden el ánimo de nuestras gentes, por lo general resignadas y pacíficas. ¿Será esto verdad? Veamos.


Si quienes inspiran u ordenan las movilizaciones, son los bandoleros de las Farc, hay que reconocer que no están vencidos, que  ejercen un dominio formidable sobre  gentes de la más diversa condición: propietarios rurales, cultivadores de diversas plantas, productores de leche, sindicatos de trabajadores. Esa suposición hay que rechazarla como un mal pensamiento, porque si fuera cierta, la balanza en las charlas de La Habana se inclinaría definitivamente en contra de los intereses de la inmensa mayoría de los colombianos, que condena los crímenes de esa organización delictiva. Se diría que los negociadores del gobierno tendrían que darles a los delincuentes el oro y el moro, porque por simpatía o por miedo manejan a todo el mundo.


Dicen otros que quien mueve los hilos del inmenso tinglado es el  ex presidente Uribe. Si ello es así, si tal es la fuerza que aún tiene, ¿cómo aspira Santos a ser reelegido, si ahora no tendría la bendición de quien lo llevó a la casa de Nariño, a pesar de haber sido siempre “el candidato del margen de error”, que andaba por debajo del 1% en las encuestas? Y no hay que olvidar lo que dijera don Quijote: segundas partes nunca fueron buenas.


No, la realidad es otra, bien diferente a la que pretende mostrar el gobierno.


Las protestas tienen una causa real y, en general, son justificadas. ¿Cómo aceptar que la gasolina y el Acpm cuesten más que en los Estados Unidos? ¿Por qué no se tuvo en cuenta que con la firma apresurada de los 27 tratados de libre comercio, se arruinarían agricultores e industriales, y crecerían el desempleo y el subempleo? Y  pensar que faltan los reclamos por los servicios de salud, todos los días más costosos y más malos.