Columnistas

Dos orgías en el Metropolitano
Autor: Olga Elena Mattei
22 de Agosto de 2013


Concierto “Emperador”, el número cinco de Beethoven... Esta noche disfrutamos de la maestría y la sólida presencia interpretativa de nuestra Blanquita.

Concierto “Emperador”,  el número cinco de Beethoven... Esta noche disfrutamos de la maestría y la sólida presencia interpretativa de nuestra Blanquita. ¡La Maestra Blanca Uribe, en la plenitud de su carrera! Los temas melodiosos y significantes de cada pasaje, que se recrean hasta coincidir con los ecos que guardamos, esta vez tienen más peso, más solidez, más expresión en cada frase.  Y las escalas, los arpegios y los trinos, todo es deleite al paladar auditivo.  En las escalas en octavas del segundo movimiento, las de stacatto con énfasis, se sintió la contundencia beethoveniana imponente, aún cuando después de descender, ascienden hasta los más delicados murmullos. ¿ Cómo explicar que las manos logran énfasis y a la vez delicadeza con sonido de cristales? Con esta virtuosa, todo pasaje lleva expresión y sonoridad exquisitos.


Y con la orquesta en manos del Maestro Rettig, las respuestas instrumentales traen vehemencia, ritmo energético, ¡exactitud! En este concierto, sin demasiadas superposiciones orquestales que atender, se nota más como modela los matices variados en el volumen, el énfasis y el ritmo.


El encore de Blanquita fue Chopin. Sus dedos son un prodigio, no de la naturaleza, sino del talento y del estudio exhaustivo por una vida entera llena de méritos.


Luego, Wagner: “Preludio y muerte de amor”, de Tristán e Isolda. Para mi entusiasmo, esta pieza es una de las más hermosas jamás escritas en toda la historia de la música y como la conozco insistentemente, puedo decir que, (en  toda la historia de mi vida), también esta fue la mejor ejecución, la mejor interpretación, la más profunda de todas las que jamás haya presenciado. Rettig, desde el comienzo, la aborda con intensa penetración en su significado espiritual y emotivo. El tempo muy, muy lento, casi sacramental con que expone las primeras frases, y la expresividad emocional tan vibrante, vierte todo el contenido psíquico en el idioma de la música. Esta escritura orquestal está describiendo concreta y episódicamente,  con su melodía, su crescendo sublimante, sus frases repetitivas, obsesivas, y con su ritmo,  el proceso mental, y emocional, y el procedimiento corporal motriz físico, del mismísimo acto de amor, con toda la carga emotiva y la explosión anímica que alcanza el éxtasis espiritual !! Para entrar de inmediato en un infinito estado de enajenamiento, de paz y de ternura que penetra la otra orilla ! (Lo que le sobreviene de inmediato al alma tras el acto de amor, y en la muerte: un estado de beatitud indescriptible)!


Y para terminar con otra apoteosis, se nos ofreció el magnífico cuadro de Bela Bartok, la Suite de “El Mandarín Maravilloso”. Esta es una de las obras modernas que yo he detestado. Pero en la batuta de  Rettig, sí es muy interesante, y hasta magnífica. Esta partitura de Bartok es tan compleja como las de Stravinsky y otros que estuvimos ponderando en columnas anteriores. Rettig lleva el ritmo con el sincope estipulado, que yo me atrevería a inculpar de algún modo a la influencia jazzística mundial desde el cambio de siglo. Los solos estuvieron magistrales, como por ejemplo el del clarinete (Laura Payome), con el tema de la muchacha. Bien logradas las estridencias de las flautas y otros vientos como el clarinete y el oboe.  Y los glisandos de los cornos (Gabriel Betancur, líder), resultaron fabulosos. El contrafagot, (Oscar García), formidable.


En la pausada y metódica guía gestual de Rrettig, la obra que en otras orquestas me aturdía, se escucha con un deletreo y una pronunciación orquestal detallada, que no se emborrona, y que se no se desborda en ruido sino en sonidos descriptivos, como sarcasmo, burla frenesí. Inclusive en el increíble fortísimo final.                           


No sé si fue casual o intencional que estas dos obras se escucharan juntas, en el mismo concierto.  Esta obra programática de Bartok, como es sabido, conlleva una significación  orgásmica, al igual que la anterior obra de Wagner, (esta no tan proclamada). Pero, en mi concepto,  la composición wagneriana se cifra en lo espiritual, mientras que para Bartok y  su mandarín, el objetivo expreso es la orgía carnal .. 


Gracias al Maestro Rettig, ahora que conocí al Mandarín de cerca, ya me convertí en admiradora!