Columnistas

Desilusión y política
Autor: Dario Ruiz Gómez
5 de Agosto de 2013


La desilusión es un sentimiento que brota de la comprobación de saber que algo en lo cual pusimos toda nuestra confianza, nos engañó.

La desilusión es un sentimiento que brota de la comprobación de saber que algo en lo cual pusimos toda nuestra confianza, nos engañó. Las consecuencias personales de la desilusión suelen llevar o al escepticismo, o, a ese vulgar cinismo de quienes se ufanan de saber por anticipado que toda ilusión va a ser traicionada. Está también la desesperación, pero la extrema consecuencia de la pérdida de credibilidad en los ideales humanos es el nihilismo. O sea el caer en la nada cuando se ha perdido la fe en la razón y la confianza humana. El llamado período del “huevo de la serpiente” en Alemania cuando se incuba el horror del nazismo y estalla la brutalidad más terrible de la Historia, cuando ya  se huele en el aire lo que el nazismo implica como devastación de la civilización y la cultura, es cuando el nihilismo alcanza su máxima cota.


Si con alguna tradición contamos los colombianos es la de la desilusión, precisamente porque desde que se declaró  nuestra independencia bajo el amparo de los Derechos Humanos, el poder político lo único que ha sistematizado es el desconocimiento permanente de estos Derechos con la institucionalización de una violencia que niega los principios de civilidad consagrados por una Constitución republicana. Guerras civiles, desplazamientos de campesinos, de indígenas, persecuciones contra quienes se atreven a no estar de acuerdo con el poder de turno y un aparato de Estado capaz siempre de manipular la verdad a su antojo. Lo que uno se pregunta es porqué viviendo bajo este incumplimiento, el pueblo colombiano ha sabido rescatar a sus muertos, hacer invisibles sus territorios a esos poderes y afirmar la vida por encima de la muerte. Esto demuestra que las verdaderas desilusiones  no son sólo políticas sino morales pues  se ahondan en el alma ciudadana,  frente a las abstracciones de las Instituciones.


¿Qué es hoy  lo que las gentes sienten ante las promesas incumplidas del Presidente Santos? Claro, un delito moral, el incumplimiento de la promesa hecha a cada ciudadano, mujer, obrero, campesino. Cuando el Presidente nos presentó su Gabinete de Gobierno nos sentimos eufóricos de contar con una serie de profesionales tan prestigiosos en cada disciplina y naturalmente, imaginamos, que lo mejor estaba por llegar. Rápidamente esta confianza se derrumbó ante personajes que desconocían los problemas del país y sobre todo que no estaban dispuestos a arremangarse el pantalón y lanzarse a verificar la verdadera situación de las vías, de la economía, del auge, en ese momento, de la minería, de las nuevas realidades sociales. Este desfase tampoco fue entendido por la mayoría de los medios de comunicación que continuaron enfocando los problemas del país desde los desgastados parámetros del antiuribismo, como si esta actitud los hiciera de facto, inteligentes, sobrados.


 La minoría que hace uso de la política con fines electorales desconoce el hecho de que los ciudadanos han creado, al margen de su palabrería, sus propios códigos de vida, como señala Thompson el historiador, sus propias formas de crítica, el chiste, la rechifla. Porque las razones que han llevado al ciudadano a hacer su propio balance sobre un gobierno, nacen de la diaria comprobación, de la diaria vivencia  del incumplimiento de unas promesas y este balance no necesitan presentarlo en videobeam para llegar a conclusiones tan contundentes como a las que han llegado en un momento en que a los victimarios les ha entregado el Gobierno la Memoria Histórica, en que nadie cree en la Justicia. Éstas, son decisiones humanas y no políticas en cuanto no son dictadas por un Directorio político sino por una certificación directa de quien prefiere seguir viviendo pero al margen de las retóricas electoreras.