Columnistas

Espacio público: ¡Ganó la gente!
Autor: Jorge Arango Mejía
4 de Agosto de 2013


Como si estuviéramos en Semana Santa, el de ayer fue un sábado de gloria para los armenios, para toda la gente: recibió la noticia de que se había ganado la primera batalla por la recuperación del espacio público.

Como si estuviéramos en Semana Santa, el de ayer fue un sábado de gloria para los armenios, para toda la gente:  recibió la noticia de que se había ganado la primera batalla por la recuperación del espacio público. Cuando ya muchos empezaban a desconfiar de la capacidad de la administración para vencer las presiones, los intereses subalternos,  y todas las artimañas de la politiquería que ha dominado esta tierra y ha maniatado a sus gentes; una juez, la Segunda Administrativa del Circuito de Armenia, le ha ordenado a las señora alcaldesa Valencia Franco, adoptar todas las medidas necesarias para la recuperación del espacio público. Le ha mandado, además, garantizar a la gente su tranquilo disfrute, los mismo que impedir que, una vez recuperado, sea nuevamente invadido. Muchas lecciones deja esta sentencia: de nosotros depende aprenderlas y ponerlas en práctica, único camino para liberarnos del yugo innoble que impone el cacicazgo.  Éste es un primer paso: ya veremos cómo estos tigres de papel se desintegran cuando empieza a soplar el viento de la opinión pública ilustrada.


La primera enseñanza es tener fe en la justicia. Es verdad que muchas veces nos  ha defraudado; que hay malos jueces, que no honran la profesión; que a veces la justicia no sólo es ciega, sino sorda y paralítica y venal, como el sordo del poema de Zalamea, que lo era a todo lo que no fuera retiñir de monedas. Pero no hay mal que dure cien años: basta que una mujer valerosa, que ejerce su cargo  con el único propósito de hacer justicia, dicte una sentencia ajustada a los hechos y a las leyes, para que la gente se convenza de que sí se puede, de que los transgresores de la ley, por poderosos y prepotentes que sean, también tienen  que someterse al imperio de la ley. Y a los de nuestra comarca, por ventura para todos nosotros y por desgracia para ellos, les ha llegado ese día.


Cuando se le notificó el auto que admitió la demanda, la señora alcaldesa, por boca de su apoderada, manifestó que jamás emplearía la fuerza legítima del Estado para cumplir la sentencia que le ordenara recuperar el espacio público. Que, prácticamente, quedaría al arbitrio de los invasores decidir si la acataban y cumplían o no.  Me pareció insólita e inaceptable esa rebeldía anticipada. Por eso, pedí al Juzgado que diera traslado a la Procuraduría para que investigara esa amenaza de no cumplir la sentencia  de un juez ni hacerla cumplir. No compartió mi criterio el Juzgado, lamentablemente. Otro gallo cantaría si en ese momento la Procuraduría General de la Nación hubiera analizado esa conducta inadmisible.


Ahora se va acercando el momento en que veremos si esas balandronadas se cumplen o si todo era una comedia, montada para  intimidar, para impedir que se fallara conforme a derecho. Amanecerá y veremos...


Hay, repito, que tener fe en la justicia. Los vencidos pueden apelar ante el Tribunal Administrativo del Quindío. Es asunto de ellos hacerlo o no. A mí me tiene sin cuidado lo que resuelvan. De todas maneras, el Tribunal aplicará la Constitución y la ley que yo he invocado, y volverá, sin duda, a darle la razón a la gente. Y así, en esta batalla incesante de la administración contra la gente, una vez ganada la primera victoria, la gente seguiría ganando, ¡Que nadie lo dude!


Y como las buenas noticias –al igual que las malas- no vienen solas, pronto habrá otras relacionadas con otros asuntos. Tengo la seguridad de que la gente (los que pagamos impuestos, que somos todos sin  excepción) seguirá triunfando sobre la administración corrupta y politiquera que todos lo entorpece. 


Ha cambiado la suerte, no solamente para los armenios, sino para todos los quindianos. Dentro de poco ya no tendrá este departamento la triste reputación de ser uno de los más corruptos. Será un “pedacito de cielo que Dios nos dio”,  como  decía el presidente Uribe, pero no lleno de podredumbre por dentro, sino limpio. Cada día hay más voces que denuncian los vicios. Esta semana, José Nodier Solórzano Castaño se refirió con inteligencia e ironía a la “placita cuyabra”. Demostró carácter y valor al escribir así. Y muchos seguirán su ejemplo...