Columnistas

El Informe Basta ya, no basta
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
28 de Julio de 2013


El Informe Basta Ya Memorias de la Guerra y la Dignidad es un texto que debe ser tomado en serio. Su lectura crítica permitirá hacer una primera aproximación a la historia y a la realidad de la lucha contra los grupos armados de la guerrilla,

El Informe Basta Ya Memorias de la Guerra y la Dignidad es un texto que debe ser tomado en serio. Su lectura crítica permitirá hacer una primera aproximación a la historia y a la realidad de la lucha contra los grupos armados de la guerrilla, los paramilitares y las FF.MM. colombianas.


Un primer acercamiento  a ese texto permite hacer algunas consideraciones.


La primera, es la composición de los investigadores. Un asunto tan delicado como la Memoria Histórica debe ser abordado por intelectuales de todas las tendencias y no solo de los afectos a la izquierda. Este hecho conduce al sesgo en el análisis, independientemente de lo que crean los encargados de redactar el informe. La razón es simple: una lectura desde una perspectiva, difícilmente puede cubrir las causas y  el desarrollo  mismo de esta historia, por lo que nunca podrá consensuar razonablemente un relato que está destinado a narrar una historia para que nunca se repita. Si esta se cuenta desde una sola perspectiva, deja de ser historia para convertirse en ideología o en ficción.


Sé muy bien que esta comisión surgió del gobierno de Uribe y que el exvicepresidente Francisco Santos fue su principal impulsor y gestor. Por eso asombra que mientras que León Valencia o Álvaro Camacho o Gonzalo Sánchez sean investigadores,  hombres como Alfredo Rangel, Rafael Nieto o Rafael Guarín, brillen por su ausencia.


Es la perspectiva desde la que se aborda el tema lo que permite entender por qué las Memorias empiezan en 1958, y no por ejemplo, en 1964 o 1966 cuando se crearon las Farc (aunque estas realmente tenían una trayectoria guerrillera desde 1951, con el nombre de las de Autodefensas Campesinas,  dirigidas por el Partido Comunista Colombiano); o la aparición del Eln.


Desde mi punto de vista, 1958 es clave porque reinicia la democracia colombiana, con un pacto bipartidista, que en la práctica posibilitó la expresión política de quien quisiera hacerlo, por ejemplo, el Partido Comunista; y permitió que la oposición se ejerciera, como sucedió con la de López Michelsen   del MRL o la de Belisario Betancur, quien finalmente llegó al poder (y de paso realizó una amnistía que fracasó). Todos sabemos que el Frente Nacional logró la paz política entre contendientes que se estaban destruyendo -conservadores y liberales- y abrió la posibilidad de gobiernos que no practicaron el reparto de la burocracia gubernamental entre los dos partidos, sino que fueron gobiernos de partido, como el de Barco Vargas o de coaliciones con partidos minoritarios. Y Con la elección popular de alcaldes y la reinserción de algunos grupos de izquierda, se abrió la posibilidad de que esas fuerzas llegaran al poder, en territorios tan importantes como la Alcaldía de Bogotá. 


El mito de que no había garantías a la oposición se derrumba, pero que no las ha habido, se ha convertido en un lugar común de la izquierda, especialmente de la izquierda armada. Lo que se trata es de mostrar que nuestra democracia es muy  imperfecta, si acaso, formal, y que eso justifica la rebelión. Nada más falso: la democracia colombiana, a pesar de los torpedos colocados por los delincuentes de extrema izquierda y extrema derecha, es una organización política que permite la inclusión (como el reconocimiento de los derechos de las minorías), en la que  la división de poderes es posible,  y la solución pacífica de los conflictos, un camino real.


 Y aquí viene una piedra de toque que muestra el otro sesgo del informe: según sus autores la causa de la confrontación, ha sido la lucha por la tierra. Falso. No es que no existan problemas de distribución de la tierra en Colombia, pero la realidad es que las guerrillas -las Farc, el Eln, el M-19, el Epl, etc- comenzaron por la decisión voluntaria de grupos de iluminados que decidieron por su cuenta que aquí había condiciones insurreccionales. Si de verdad el problema de la tierra hubiese sido la causa del conflicto, no se explica cómo esas fuerzas no pudieron ganarse a los campesinos durante tantos años. Este sesgo, no obstante, intenta producir legitimidad a los grupos armados ilegales de la extrema izquierda.


Las fuentes. Por ahora, un solo punto. Estas deben ser creíbles y confrontadas con lecturas y estadísticas alternas. En el caso de los desplazados, más de cinco millones y medio, el número se toma de las cuentas que lleva el Codhes, que han sido cuestionadas por organismos gubernamentales y otras organizaciones.


Finalmente, los conceptos usados deben ser lo suficientemente finos como para que se puedad discriminar entre los distintos actores del conflicto, pero si se mira con cuidado el porcentaje de “grupos armados no identificados” es muy grande. Con esto se puede encubrir los crímenes de las guerrillas, porque los de los paramilitares tienen mejores estadísticas y se cuenta con sus confesiones.


Con este texto Santos intenta justificar su negociación de la paz, porque le sirve para defender, en la Corte Constitucional, la impunidad. Pero se equivoca: es un relato coherente, pero la narración del horror no puede tener sesgo.