Columnistas

La risa de Leo Le Gris
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
16 de Julio de 2013


En la obra po閠ica de Le髇 de Greiff (1895-1976) se puede destacar una primera fase, al menos en la cronolog韆: sus dos primeros mamotretos que contienen la obra compuesta hasta el a駉 1929.

En la obra poética de León de Greiff (1895-1976) se puede destacar una primera fase, al menos en la cronología: sus dos primeros mamotretos que contienen la obra compuesta hasta el año 1929. Tergiversaciones (Primer Mamotreto 1914-1924) y Libro de Signos (Segundo Mamotreto; Imprenta Editorial, Antonio J. Cano-Librero Editor; Medellín, 1930). El propio autor, en la portada del Libro de Signos aclara: “precedido de los Pingüinos Peripatéticos; seguido de Fantasías de Nubes al Viento”.  (Tergiversaciones de Leo Le Gris, Matías Aldecoa, Gaspar von der Nacht y Erik Fjiordson; segundo mamotreto 1918-1929).  Quedó clara, desde entonces, la coautoría de sus otros yoes.


En esta fase inicial de la poesía greiffiana se notan los aromas del río Cauca, las faenas asociadas a la ingeniería (años de la gesta del ferrocarril troncal de Occidente, que comunicaría a la villa del Aburrá con el Pacífico), el calor aplastante del trópico, los múltiples oficios ya ejercidos por el poeta en diversos frentes, adicionales a su principal profesión, la producción de paradójicos versos: 


“Leo Legris que habita las Ilusorias Babias”…


-Concedido…- “y la torre feudal de su soberbia!”


-Aceptado… y en prueba, mirad cómo sonrío…!


Hay muchas facetas en aquellos tomos iniciales. Los versos a la amada, las referencias a los clásicos, la ironía y la burla, tan  frecuentes en la obra de Le Gris, los ensayos musicales...


Hay que destacar la risa que resuena desde aquella obra del De Greiff, poeta de menos de 34 años de edad. Casi al azar pueden seleccionarse algunos versos, como los de la “Pequeña balada riente de los sapos en las charcas”:  Los sapos en las charcas / serenatas jocundas / a las deidades zarcas / de las noches profundas: / para reír!   …   Los sapos en las charcas / serenatas jocundas / van a decir / y mis pupilas zarcas,/ falaces y profundas / van a reír!/


Recordando sus conocidos giros hacia formas lingüísticas antiguas, y también, su demoledora crítica a lo que encontraba convencional, vienen estos dodecasílabos, en dos  cuartetos, que hacen parte de un poema fechado en 1918; “Fablaban de trovas aquesos garridos / Troveros vinientes de dulces Provenzas;  / Decían concetos sotiles e suaves / Como las sus manos de la mi Princesa…


Tiene mucho sentido pensar que los Panidas, leyéndose entre ellos estos versos en el Medellín de inicios de siglo, aderezados con copiosos anises y en medio de abundante humo de pipas y cigarros, no dejaran de reírse, pues el poeta continuaba así, un par de estrofas más adelante: “Tiempos ambiciados por prosaicos vates / desta edad mezquina!, desta edad que tiene / por Dios un panzudo Rey de los Tocinos, / por meta… la bolsa llena de centenes!...”


Con bastante seguridad, era cierto que el dinero no abundaba. Pero ello no era tampoco motivo de tristeza, de algún honrado modo el pecunio surgía para solucionar los asuntos materiales, mientras el poeta, el “abúlico poeta pobre, -en la hamaca como en una cruz-“, contempla el Cauca y sus afluentes bajo los aplastantes calores de las tardes, y en las noches: ¡las constelaciones!


En El Colombiano (Agosto 17 de 1975), Elkin Obregón escribió un párrafo que dice mucho sobre la obra de León de Greiff: “Se parece más a una escultura abstracta que a una biblioteca, tiene más de textura que de pergamino. Pero ¿quién sabe lo mucho que un escultor dice a través de su diálogo con la materia? ¿Quién sabe la enorme carga de ‘cultura’ que ha tenido que poner a su palustre? Y no es menos material ese muro desorbitado de León porque esté edificado con vocablos”. La obra de De Greiff es un edificio multiforme, voluminoso, rico en misterios. Un edificio que contiene maravillosos recintos de aproximación a las profundidades del ser humano y sus motivaciones más íntimas y radicales. Y siempre, espacios propicios para el humor, para la sonrisa reflexiva, para la risa franca y aún, para la carcajada.