Columnistas

Los interminables paseos de la muerte
Autor: Omaira Martínez Cardona
16 de Julio de 2013


Transcurrió menos de una semana después de que el presidente Santos anunciara en el Atlántico, mientras realizaba un Acuerdo para la Prosperidad, que con la nueva reforma estatutaria de la salud se acabarían los llamados “paseos de la muerte”

Transcurrió menos de una semana después de que el presidente Santos anunciara en el Atlántico, mientras realizaba un Acuerdo para la Prosperidad, que con la nueva reforma estatutaria de la salud se acabarían los llamados “paseos de la muerte”,  para que falleciera en el mismo departamento un menor después de ser remitido a varias instituciones.


Son inexactas las cifras de víctimas de los recorridos de la muerte, que más parece el título de una película de terror que una situación real que se vive a diario en nuestro país. Según el informe de rendición de cuentas de la Superintendencia de Salud correspondiente al año 2012, por esa dependencia se hizo seguimiento a cerca de 4.000 casos de fallos de tutelas, un 42% representados en desacatos, además de un número considerable de aperturas de procesos por falta de oportunidad y acceso a los servicios de salud.


No se trata solo del recorrido que deben hacer los pacientes y sus familiares por las instituciones, sino también de los diagnósticos errados e imprecisos que comienzan por detectar una simple infección que termina siendo una neumonía o una afección desconocida, incurable y terminal, mientras el desconcierto embarga a los enfermos que no saben qué camino seguir. Además de una medicación y un tratamiento unificado para todos los malestares y síntomas. Este “carrusel” de la prestación de servicios de salud arrastra otros sectores como el de los medicamentos, los profesionales especialistas, las instituciones privadas y los servicios de medicina prepagada que han sido tan cuestionados como vacíos tiene la ley y que no se llenan con reformas como pañitos de agua tibia, como los que recomiendan en algunas instituciones para calmar los dolores.


Estos paseos que para nada son gratificantes,  aunque no se crea, no son tan habituales en otros contextos donde se dan los extremos: acceden unos pocos que tienen capacidad adquisitiva o -como debe ser- tiene acceso todo el mundo en igualdad de condiciones. La esencia para que existan dos regímenes es que con los recursos del uno se pueda también contribuir a brindar el servicio a quienes pertenecen al régimen subsidiado, pero ni el uno ni el otro operan en nuestro país, lo que significa un detrimento no solo de los recursos públicos sino del bienestar y la expectativa de vida de la población.


Cuando la atención de cualquier necesidad básica se convierte en un negocio, se pierde el sentido de la humanización y se desvanece cualquier esperanza de progreso y de confianza en las decisiones y las capacidades de los gobernantes. Tanto que repetimos a diario que los derechos fundamentales  son inalienables y entre más desarrollo, recursos, innovación y formación, el resultado parece ser adverso porque hay más violaciones a esos derechos, menos acceso a que se respeten y más corrupción en la administración de los servicios. 


Sobreviven aún muchas generaciones que añoran a los boticarios y a los médicos generales de hace algunas décadas que como no eran tan especializados, sabían diagnosticar con precisión cualquier dolencia y recomendar el mejor medicamento con recursos limitados para tratarla. El acceso y la calidad en la prestación de los servicios de salud no deben ser un negocio rentable sino un asunto de humanización.