Columnistas

La tristeza que podría llegar
Autor: Dario Ruiz Gómez
15 de Julio de 2013


La tristeza fue la característica de la vida en los regímenes comunistas de Europa. La alegría se convirtió en la enemiga declarada de esas sombrías dictaduras.

La tristeza fue  la característica de la vida en los regímenes comunistas de Europa. La alegría se convirtió en la enemiga  declarada de esas sombrías dictaduras. En Alemania Oriental fue prohibido el tango, pues, desafiaba el  “optimismo” socialista incitando a la nostalgia o sea a soñar con aquello que se negaba bajo esas penosas condiciones. Para la burocracia  lo importante era mantener la salud mental, ya que, supuestamente con el comunismo, se habían erradicado  enfermedades peligrosas como la tentación de la melancolía. La disciplina férrea, los himnos y no la canción que incita a la alegría, a la fiesta espontánea. Recordemos que el castrismo consideró como música burguesa la producida con anterioridad a la revolución  y de este modo prohibieron la música de Ernesto Lecuona, de la Sonora Matancera y la voz de Celia Cruz,  pretendiendo cercenar así, una grandiosa tradición musical.


Un célebre concierto de los “Rolling Stones” en el muro de Berlín convocó a miles de jóvenes que, desafiando a la policía comunista afirmaron su deseo de libertad. En Colombia dos generaciones de seguidores del castrismo envejecieron aburridamente escuchando la llamada “Nueva trova” que enriqueció a Silvio Rodríguez  y se convirtió en Argentina en una verdadera industria de “canción protesta” con falsos profetas disfrazados de chalchaleros. En las republiquetas donde imperaron las Farc en Medellín, se prohibió tajantemente el baile y fusilaron a un vecino por beber mucho. Sumisión a la llamada moral revolucionaria, para evitar la tentación de caer en desvaríos “pequeño burgueses”. Así como se prohibieron Cervantes, Shekaspeare, Joyce,  se había prohibido el jazz, el be bop, el blues, el mambo.


Con la caída del comunismo  en Europa se produjo de inmediato un frenesí de libertad y la música prohibida inundó los espacios públicos convocando  a quienes habían permanecido encarcelados en esos gélidos campos de concentración, cayó, no hay que olvidarlo en esos momentos, el más  perverso totalitarismo. Quiero decir que el  análisis a  un modelo político,  no  puede reducirse  a que éste haya proclamado luchar a favor de los explotados, sino,  que debe considerar, fundamentalmente,  lo que supone  la dimensión espiritual de una nación a través de las distintas expresiones culturales de las comunidades  que la conforman. Por eso lo que asusta en el modelo de país que proponen las Farc  y sus aburridos ideólogos,  es que se desconozca  los derechos inalienables de las comunidades a su diferencia y que persistan en algo que parece otra de sus bromas: imponer un modelo de sociedad como la soviética donde la alegría estuvo desterrada, donde la pluralidad cultural “ muy diferentes a esas folclóricas identidades que proponen sus teóricos culturales- sobrevivió y se renovó pero en la clandestinidad y como oposición al rígido modelo estalinista. ¿Y las culturas de las ciudades, de las nuevas poblaciones urbanas?  ¿Y las culturas de las nuevas minorías en un mundo global?  Cuando veo las llamadas Mesas por la Paz presididas y, desde luego manipuladas, por Iván Cepeda  me doy cuenta de que ahí están presentes no las voces campesinas, las voces populares de los barrios sino atrabiliarios personajes previamente adoctrinados y que no cesan de repetir la misma monserga: “que sean erradicados los cultivos de palma africana y de teca” – y Cepeda levanta sus manos y aplaude- lo que de inmediato me recordó al grupo de campesinos de Urabá a quienes una Fundación europea entregó una plantación de palma africana que les hubiera dado buenos dividendos pero que ellos, respondiendo a ese “modelo agrario”, quemaron  por ser una planta “imperialista” y la sustituyeron por un precario  sembrado de  yuca y plátano. Que la alegría sea siempre expresión de libertad  y como decía Mallarmé,  “la música ante todo”.