Columnistas

Un “dedo” muy gordo
Autor: Rubén Darío Barrientos
27 de Junio de 2013


La Auditoría General de la República, reveló hace un mes (“Informe Triple C.”), que el 61% de la contratación pública se hace “a dedo”. Veníamos de un porcentaje del 44%, lo que se traduce en que este mal enraizado sigue in crescendo.

La Auditoría General de la República, reveló hace un mes (“Informe Triple C.”), que el 61% de la contratación pública se hace “a dedo”. Veníamos de un porcentaje del 44%, lo que se traduce en que este mal enraizado sigue in crescendo. Ejemplos: en el Hospital de Chapinero, se adjudicó un contrato directo por $ 33.000 millones para suministro de insumos y en el departamento de Bolívar, en donde la friolera del 84,2% de la contratación se hace “a dedo”, se suscribió en forma directa un contrato por $ 6.000 millones para el servicio educativo. En materia de adjudicaciones mediante licitación pública, el país pasó de $8,2 billones del 2011 a tan solo $ 3,2 billones en el 2012. Horripilante.


Ese malévolo 61% de los contratos, corresponde a un número cercano a 550.000 en un año, lo que desnuda una deplorable situación que, como dijera el diario La Opinión de Cúcuta, “abre una gran tronera para que entre la corrupción”. Aquí hacen fila: el amiguismo, los favorecimientos, los intereses sucios, el pago de favores, las nóminas paralelas y otras alimañas que burlan la transparencia. No quiere decir todo esto que no pueda contratarse en Colombia por vía directa. Desde luego que puede hacerse. Pero cuando se descubre que hubo 22 alcaldías en el país que pasaron virginales: ni una sola licitación, pues todo ocurrió “a dedo”, comienza uno a buscar en el diccionario la palabra “sospecha”. ¿O no?


El solo departamento de Antioquia contrata públicamente $ 8,6 billones, con una porción alta de manera directa. Y al inefable Petro, en Bogotá, la auditoría le reportó un 44% de contratación “a dedo”.  Repetimos, la contratación directa no es mala per se. A veces hay una sola persona que cumple requisitos, o hay urgencia manifiesta o su cuantía no es jugosa. Pero cuando la suma es astronómica, pasan por la mente mil imágenes deformes. No puede ser que la licitación pública se haya vuelto la excepción, cuando tanto se ha cacareado la meritocracia. Para no ir muy lejos, hay que expresar que la misma legislación es permisiva y gelatinosa. En muchas ocasiones, lo que se hace es que se fraccionan los contratos (“hecha la ley, hecha la trampa”). Y hay también convenios interinstitucionales que se llevan a cabo, que son esguinces a la norma. 


Con la dedocracia, se burlan todos los sistemas de control y se les da curso a la subjetividad y a la figura colaboracionista, lo que atenta contra el menú de oferentes, que sería el estado deseable. Algunos osan decir que como el sistema es muy paquidérmico (tramitología), tienen que acudir a la figura de la adjudicación “a dedo”. Carreta. Sinuosidad de pensamiento. Un comentarista dijo alguna vez que “no hay más corrupción en Colombia, porque alguna fuerza providencial protege los dineros públicos”. Lo cierto es que el propio Estado termina engordando las arcas de muchos contratistas, cuando no es que algunos se fugan con el anticipo. Hay tentáculos que penetran la musculosidad de la contratación, en donde el jaez de asesores y de asistentes técnicos, se utiliza como pretexto para cobrar, cobrar y cobrar. Y basta y sobra para las coimas, que a veces alcanzan para la repartija de muchos y otras veces se quedan en el dril de uno solo. ¿Cuándo podrá cerrarse el agujero? ¿Por qué defraudar se ha vuelto un deporte en nuestro medio? ¿Resulta imposible democratizar la contratación? Nada que mejora el panorama…