Columnistas

Desconocer el enemigo
Autor: José Alvear Sanin
5 de Junio de 2013


La infame inequidad del país, agravada por la asfixiante corrupción, con frecuencia nos lleva a desesperar de nuestra bien imperfecta democracia.

La infame inequidad del país, agravada por la asfixiante corrupción, con frecuencia nos lleva a desesperar de nuestra bien imperfecta democracia. Sin embargo, las alternativas castrista o madurista son mucho peores. Como advirtió Churchill, “la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de las demás que de tiempo en tiempo se han ensayado” (en los Comunes, 11 de noviembre de 1947).


No pienso que el presidente Santos, a pesar de estar repitiendo bobaliconamente el libreto de Betancur, pueda ser tildado, como el antioqueño, de “collaborateur” y aun de traidor a la patria, pero no está avanzando con la debida cautela en esas conversaciones, no sea que terminemos enredados en pactos inconvenientes, consagrados luego por un referendo apresurado, pocos días después de que “todo esté acordado”, a menos que  se recurra a algo peor, una Constituyente, con su infinito poder de desordenar y perturbar. Y a ojo sacado ya no vale santa Lucía…


El actual proceso de paz acusa protuberantes desatinos. En primer lugar da la impresión de que una serie de reformas fundamentales van a ser impuestas por una subversión bien golpeada a un gobierno legítimo. Las reformas convenientes deben obedecer a imperativos éticos, no a componendas con grupos que hasta ayer eran considerados justamente como terroristas. 


En segundo lugar, la escogencia de La Habana como sede de los diálogos, olvidando que las Farc fueron organizadas, entrenadas, armadas y dirigidas por Castro. ¿Cómo puede aceptarse como “facilitador” a un funcionario de un gobierno totalitario y realmente enemigo?


En tercer lugar, la escogencia de los negociadores. Mientras los de las Farc son un equipo monolítico, marxista-leninista, de revolucionarios profesionales, veteranos de largos años de una lucha tan heroica como destructiva, convencidos de que todo aquello que conviene a la revolución es ético y que todo lo que la retarda o impide es inmoral — lo que les ahorra todo remordimiento por el secuestro y el narcotráfico—, los del gobierno son unos burócratas apoltronados y el jefe de ese grupo es un abogado oportunista, flexible, acomodaticio, indeciso, fracasado como Designado porque perdió el puesto por su bailoteo en la cuerda floja. Y aunque guarda silencio, es imprudente, porque acaba de confesar en un reciente artículo en El Tiempo, su identidad de criterio con la contraparte en algo tan discutible como la “justicia transicional”. 


Pero lo más grave es el desconocimiento del enemigo. “Gastamos millones en defensa, en vez de conocer al enemigo (…) no sabemos cómo piensan…”, nos recuerda el veterano periodista Gay Talese en su reciente libro. En efecto, el gobierno está pensando que con los señores de las Farc es posible un compromiso que les permita actuar democráticamente en la política futura, como si para ellos no fueran la democracia representativa y los cuerpos deliberantes lo más despreciable, y las constituciones que de ellos salen lo menos vinculante.


Para darnos cuenta del modo de pensar de los señores de las Farc vale la pena recordar a los guardas rojos de Mao, a los verdes del Ayatollah y a los talibanes. La misma cerrazón mental se encuentra en la última guerrilla estalinista del mundo y los diálogos no van a convertirla en un partido social-demócrata nórdico. Alcanzar el poder, eso sí, para poder de manera omnímoda, constituye la razón de ser de esa larga lucha. 


El desconocimiento de la psicología de los adversarios puede conducirnos a las más desagradables sorpresas. Digo lo anterior porque compartí durante tres semanas, cuatro horas diarias, con don Teófilo Forero, máximo especialista en la negociación dura e inflexible. Con razón lleva su nombre uno de los principales frentes de las Farc. 


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¿Y cómo les parece esta ecuánime recomendación? “Propongo que alguien que sepa fabrique el necesario proceso para destituir, y si es el caso ahorcar, al jurista Alejandro Ordóñez por intervención indebida en política”. (Antonio Caballero, Semana, mayo 25 de 2013).