Palabra y obra

‘’The reputationes’’ by Juan Gabriel Vásquez
“Las reputaciones”, de Juan Gabriel Vásquez
Autor: Juan Esteban Agudelo Restrepo
1 de Junio de 2013


Juan Gabriel Vásquez presentó su nueva novela, “Las reputaciones”, el pasado martes en la Biblioteca Pública Piloto.


Foto: Giuseppe Restrepo 

Juan Gabriel Vásquez será uno de los invitados de este año a la Fiesta del Libro de Medellín.

Javier Mallarino, el caricaturista político más influyente del país, ese es el personaje creado por Juan Gabriel Vásquez para su nueva novela: “Las reputaciones”, en la cual hace una reflexión sobre la importancia de la opinión, de la construcción de una imagen pública, de una reputación. Del intento por recordar una noche que no está en su memoria. 


El autor “vuelve sobre sus más intensas obsesiones: el peso del pasado, los fallos de la memoria, la manera en que se cruzan nuestras vidas con el mundo político”, como reseña su editorial.


Juan Gabriel Vásquez, ganador en 2011 del Premio Alfaguara de Novela por “El ruido de las cosas al caer”, habla sobre su nueva obra. 


-¿Qué lo motivó a abordar el tema de la reputación, y, en ese sentido, cómo nació esta novela? 


“Yo nunca he trabajado a partir de temas. Nunca un tema abstracto es el origen de uno de mis libros. Yo trabajo persiguiendo imágenes, persiguiendo personajes que me resultan lo suficientemente interesantes como para descubrir cuáles son sus vidas. Las situaciones se van desarrollando así, en un proceso muy lento. 


Cuando me siento a escribir lo que tengo es a un personaje con un problema, un conflicto consigo mismo o con otros, y es el proceso de escribir la vida de esos personajes lo que me lleva a los temas. A mí me costó varias páginas de la novela, varias versiones de borradores, darme cuenta de que lo que estaba haciendo tenía que ver con el tema de la reputación, con el tema de la opinión de la prensa, el poder que tienen los caricaturistas sobre nuestra imagen pública.  


Es la primera vez que una novela comienza para mí con la misma imagen con la que comienza para el lector, es decir, la primera imagen que yo tuve para escribir la novela, y que efectivamente está en la primera página del texto, es la de Javier Mallarino creyendo que ve al fantasma de Ricardo Rendón, uno de los caricaturistas más importantes que tuvo Colombia. En los otros libros no ha sido así, en ‘El ruido de las cosas al caer’, en el que la primera página es la del hipopótamo, esa imagen me llegó cuando yo ya tenía 150 páginas. Es más, me llegó en un momento de desorientación total, y esa imagen fue la que me rescató. 


Esa primera imagen que tuve para ‘Las reputaciones’ hizo que en el resto de la novela tratara de descubrir quién era Javier Mallarino, por qué su obsesión con Ricardo Rendón, y así fue saliendo todo lo demás”. 


-¿Por qué escogió a un caricaturista como el personaje? 


“Nació así. 


Yo estoy de acuerdo con mucha gente que ha leído la novela con que hubiera sido mucho más sencillo para mí hacer del personaje un columnista de opinión, que es el oficio que conozco, que he practicado en los recientes cinco años, pero como la imagen de este personaje nació creyendo que ve al fantasma de Ricardo Rendón, vino con su oficio puesto. 


No podía cambiar el personaje sin violentar cosas que me empezaron a interesar inmediatamente, como esa pseudociencia del siglo XVIII y XIX, que decía que el carácter de una persona se puede medir por sus huesos, que basta verle la forma de los pómulos a una persona, de la nariz o de las orejas, para saber si va a robar o no va a robar, si sirve o no. Y me interesó mucho porque, de alguna manera, la caricatura es una extensión metafórica de eso. Los caricaturistas distorsionan los rasgos de una persona para mandar un mensaje, esa distorsión nos tiene que mandar un mensaje sobre la moralidad del personaje”. 


-¿O sea que fue Ricardo Rendón el primer personaje que tuvo para la novela?, ¿por qué el interés en él? 


“A mí la vida y la obra de Ricardo Rendón me han interesado muchísimo desde siempre. He sido lector de sus caricaturas, de sus libros, los colecciono. Me ha interesado mucho su suicidio, porque Ricardo Rendón acababa de publicar dos tomos de su obra, estaba en su momento de mayor influencia en la vida política colombiana. Rendón, en 1931, podía destruir una reputación política con un par de pinceladas, igual a como le pasa a mi caricaturista, pero una mañana llega a una tienda en la Carrera Séptima de Bogotá, pide una cerveza, se pega un tiro y todavía nadie sabe por qué. Eso siempre me ha interesado.


Antonio Caballero dice que Rendón se mató porque después de tantos años de hacer caricaturas se dio cuenta de que eso no ha servido para nada. Esa tensión que sienten todos los que opinan en la prensa me interesa mucho: ¿hasta qué punto lo que uno hace sirve para algo?


Su vida y su muerte me han interesado por muchos años, entonces empecé a escribir esta  escena donde un personaje ve el fantasma de Rendón y se empieza a preguntar por qué se mató”. 


-¿En algún momento pensó en hacer la historia, directamente, sobre Ricardo Rendón?  


“Sí, pero me di cuenta de que podía decir cosas más importantes para mí, más complejas, si no me limitaba a la camisa de fuerza que es escribir sobre una vida conocida, sino que me tomaba toda la libertad como escritor de ficción y me inventaba mi propio personaje; además para hablar del presente, porque la novela habla de 2010, aunque no toda la realidad colombiana coincida con el tiempo de la novela”. 


-¿Cómo construyó el personaje de Javier Mallarino, el caricaturista protagonista de “Las reputaciones”? 


“Para mí una parte importante del proceso de escritura es hacer cierta reportería. Aunque sea una situación absolutamente inventada y ficticia como es la novela, me gusta buscar gente, salir, hacer entrevistas, mirar. 


En este caso, como mi protagonista es un caricaturista, robé ciertos datos conocidos de caricaturistas colombianos como Caballero o Héctor Osuna. Hablé mucho tiempo con Vladdo y con un caricaturista español que firma como El Roto. Los dos me dieron información, puntos de vista sobre su oficio, hasta cosas técnicas como qué tipo de papel o tintas utilizan, para así poder mentir con conocimiento de causa, como decía Vargas Llosa. 


Con la pesca de todo esto fui construyendo el personaje”. 


-¿Influyó su trabajo como columnista de opinión para crear ese personaje?  


“Sí, muchísimo, tanto que para la escritura de la novela yo tuve que dejar la columna durante unos meses. 


Yo empecé a escribir la novela creo que en octubre del año pasado, y en diciembre tuve que dejar mi columna porque la interferencia era demasiada. Yo estaba escribiendo una novela sobre el poder de la opinión en la prensa, sobre la relación que tienen quienes opinan en la prensa con el mundo de las figuras públicas, y estar ejerciendo esa posición se volvió una interferencia. 


En la novela terminaron metidas muchas de mis preocupaciones como columnista, incluso se dice allí que las páginas de opinión de un periódico colombiano son como el diván colectivo de un país largamente enfermo. 


Yo creo que los colombianos tenemos una relación particular con nuestras páginas de opinión, es una relación muy tensa, muy hostil en muchos momentos, los foros que hay debajo de las columnas de Internet son una cosa absolutamente violenta. Eso es interesante porque, por un lado, da cuenta del nivel de discusión pública en Colombia, que es bajo; y por otro lado es la prueba de que el ejercicio de la opinión sigue teniendo impacto. Si la gente se molesta tanto es porque eso importa. De hecho, yo he dicho que cuando a mí no me insultan en mis columnas siento que escribí la columna equívoca, que perdí el tiempo”. 


-Mallarino, el personaje de su libro, afirma cuando ve el fantasma de Ricardo Rendón que él era “una autoridad moral para la mitad del país, el enemigo público número uno para la otra mitad, y para todos un hombre capaz de causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de  un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente  la estabilidad de un ministerio, y eso con las únicas armas del  papel y la tinta china”. ¿Cree usted que los caricaturistas y quienes escriben para las páginas de opinión de los medios de comunicación tienen hoy este poder?


“No. Yo creo que los creadores de opinión, la gente que escribe columnas y caricaturas en la prensa, tiene un efecto que no es inmediato, es un efecto acumulativo, un efecto a lo largo del tiempo. Los grandes columnistas lo que hacen es cambiar la mentalidad de la gente, y eso es un proceso largo, como una gota que cae en una piedra y le va abriendo huecos. 


Los columnistas que a mí me gustan, los caricaturistas que a mí me gustan, hacen algo más interesante que tumbar a un ministro, y es cambiar mentalidades, moldear poco a poco una sociedad en la que a mí me interesa vivir”. 


-En la novela, además del tema de la reputación, se hace referencia al tema de la memoria y el olvido, ¿cuál es el interés que usted tiene por ese tema? 


“El tema de la memoria, del pasado, de la manera en que recordamos u olvidamos, me ha interesado mucho, y no por ser un tema abstracto. Me interesa el descubrimiento de que, al contrario de lo que nos dicen, el pasado no está fijo, el pasado puede cambiar constantemente. 


Puede llegar, como le sucede a Mallarino, una persona a hacerte recordar una noche que sucedió años atrás y que lo obliga a cambiar su vida, a revaluar todo, y el personaje trata de averiguar el misterio de lo que ocurrió en una noche que él no recuerda bien. 


El tema de la memoria está en todas mis novelas. Es una preocupación grande que tengo, la idea de no permitir que otros controlen lo que olvidamos o lo que recordamos, es una tarea importante como ciudadanos. En esta novela la memoria tiene un carácter más íntimo, porque en las anteriores aparecía la memoria colectiva”. 


-¿Se considera usted un escritor con responsabilidad o compromiso con la sociedad y con la historia de Colombia? 


“Yo nunca he creído en las obligaciones del escritor. Creo que un latinoamericano no puede creer que un escritor tiene obligaciones políticas porque, o sino, ¿dónde metemos a Borges?


La literatura siempre ha sido para mí un terreno de libertad donde no exigen imperativos, sin embargo, yo creo que la literatura puede resistir el impulso del olvido oficial, contradecir la versión de la historia que da el poder, sin que eso sea una obligación. 


Me parece que mis novelas se comportan mejor, y que a mí me parece mejor escribirlas, cuando estoy tratando de examinar el cruce de caminos entre la historia pública y la vida privada de los individuos.


Yo no admito obligaciones ni creo que los escritores deban hacerlo, la única obligación de los escritores es escribir bien, pero se puede tratar de iluminar con la literatura zonas de la experiencia humana que siguen oscuras. La manera que he encontrado para hacerlo, en la que me siento más cómodo, va de la mano con esa necesidad moral de la memoria, de recordar lo que otros quieren ocultar y olvidar”. 


-¿Qué ganan los temas de memoria y realidad social cuando son abordados, en este caso, desde la literatura, desde el arte? 


“Yo creo que la literatura y las artes tienen cosas que decir sobre esto, tienen la capacidad de contradecir el discurso público. La versión que un país se hace de su propio pasado viene dada por quienes tienen el poder para imponerla, que son los medios adscritos al poder, los historiadores adscritos al poder, la novela puede contar las cosas como hubieran podido pasar. Esa libertad que nos permite contar otras versiones de nuestro pasado es profundamente subversiva porque rompe con esa hegemonía de la única versión oficial. 


Pero me parece necesario e importante el trabajo de quienes escriben sobre los hechos, los periodistas, ellos son las primeras víctimas en un estado totalitario, es la gente que puede voltear la visión que tenemos”.  


-¿Piensa usted que haber vivido durante tanto tiempo por fuera de Colombia lo cambió como escritor y en la manera en que usted mira la realidad colombiana? 


“Sí, lo que pasa es que no sé muy bien cómo. Pero estoy seguro. Si yo puedo escribir sobre Colombia es porque me fui de Colombia. 


Mi primer libro oficial, digamos, serio, del que estoy orgulloso, que es ‘Los amantes de todos los santos’, no tiene nada que ver con el país, es un libro de cuentos sobre Bélgica y Francia. Me tomó mucho tiempo poder escribir sobre la historia colombiana, si yo pude hacerlo fue por esa distancia”. 


-¿Qué era lo que pasaba para que antes se interesara en esos temas y ahora sí se interese por Colombia?


“No lo sé. Yo siempre he escrito sobre lo que me interesa, y no sobre lo que creo que se espera que yo escriba.


Si yo no empecé antes a escribir sobre Colombia es porque no sabía cómo se hacía, porque me había ido del país y sentía que no lo conocía, que no lo entendía, y había crecido con la idea de que uno solo debe escribir sobre lo que entiende, y luego me di cuenta que no es así, que justamente no hay mejor razón para escribir novelas que no entender, porque la novela es para averiguar, un ejercicio de iluminación”.