Columnistas

Los grandes electores
Autor: Jorge Alberto Vel醩quez Betancur
30 de Mayo de 2013


揕a principal causa de la violencia colombiana, dice Mauricio Rubio, (1999) es la tolerancia de la sociedad y de las autoridades de cierto tipo de cr韒enes y de actos de violencia.

“La principal causa de la violencia colombiana, dice Mauricio Rubio, (1999) es la tolerancia de la sociedad y de las autoridades de cierto tipo de crímenes y de actos de violencia. En lugar de resolver las extremas condiciones de pobreza e injusticia se ha optado más bien por aceptar patologías de comportamiento, actos de rebeldía armada, el bandolerismo, los secuestros y los crímenes contra la vida y la propiedad, bajo el supuesto de que las condiciones de pobreza del país justifican estos comportamientos. Esto ha dado lugar a una ideología que acepta la violencia, que justifica ciertos crímenes violentos y considera que ciertos criminales son menos criminales que otros”.


La guerra y la paz es una de las dicotomías que han marcado la historia colombiana, junto con el orden y la violencia o el centralismo y la federalización. Pero no solo eso. La guerra y la paz también hacen parte de las estrategias electorales de los partidos y grupos políticos colombianos. Los diálogos de paz o el enfrentamiento militar de la guerrilla marcan el paso de los diferentes procesos electorales. 


Turbay Ayala metió a guerrilleros y críticos del régimen en un mismo costal para perseguirlos con las normas del “Estatuto de seguridad”, aplicadas bajo el régimen del Estado de sitio. Los resultados no pudieron ser peores. En 1982 la paz fue el tema central de la campaña entre Alfonso López y Belisario Betancur. El país no creyó la consigna de “López es la paz” y prefirió las palomitas blancas de Belisario, quien intentó un proceso de negociación y fracasó. Agobiado por la guerra del narcotráfico y la intensificación de los ataques de los grupos guerrilleros, el gobierno de Virgilio Barco (1986-1990) alcanzó el único proceso de negociación positivo que tiene el país, al firmar la paz con el M 19 y el EPL, reintegrados a la vida política y activos participantes en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. El gobierno de César Gaviria (1990-1994) les abrió a los guerrilleros el marco de la nueva Constitución como un camino hacia la paz, pero el ofrecimiento fue rechazado de plano, dejando las primeras sillas vacías en la Asamblea Constituyente. Ernesto Samper (1994-1998), más preocupado por mantenerse en el poder a pesar de los vientos huracanados del proceso 8000, descuidó el flanco de la seguridad. En su período se produjeron la mayoría de ataques guerrilleros contra las bases militares y la infraestructura pública, así como los mayores secuestros de uniformados por parte de las Farc, algunos de quienes todavía están encerrados en los campos de concentración de la guerrilla en las selvas colombianas mientras el gobierno se toma fotos con los secuestradores en La Habana.


En 1998, Andrés Pastrana encontró en su cita con Manuel Marulanda el milagro electoral que lo llevó al Palacio de Nariño. Pero se equivocó y el engaño persistió durante todo su mandato, hasta que el 28 de febrero de 2002 entendió la metáfora de la silla vacía en la instalación de los diálogos del Caguán.


En el 2002, luego del fracaso del Caguán, el país asumió electoralmente el propósito de la derrota militar de la guerrilla.


Ahora, de nuevo la ambigüedad nacional pone los diálogos con las Farc en el centro del debate electoral que pretende la reelección del actual Presidente. Ese es el sentido del proceso de paz que se desarrolla en La Habana, de cuyos términos y acuerdos parciales poco se ha informado a los colombianos.


La tolerancia de amplios sectores de la sociedad con los grupos armados, la justificación de sus crímenes, traen de nuevo a los grupos guerrilleros al centro del debate electoral para que, como en años anteriores, sean los grandes electores del presidente de la República, por activa o por pasiva.   


Referencias: RUBIO, Mauricio. Crimen e impunidad. Precisiones sobre la violencia. Santafé de Bogotá: Universidad de los Andes. 1999.