Columnistas

Olivos y aceitunos…
Autor: José Alvear Sanin
22 de Mayo de 2013


“El abogado es aquel que, previo pago de una suma de dinero, dice que lo blanco es negro o que lo negro es blanco”.

“El abogado es aquel que, previo pago de una suma de dinero, dice que lo blanco es negro o que lo negro es blanco”. Recuerdo esta aguda definición del deán Swift, autor de varias obras maestras, incluyendo “Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país (1729), para ocuparme de la evolución sufrida recientemente por los economistas.


Ante la insufrible insipidez de los estudios jurídicos, ¡cómo eran de interesantes, por comparación, los de economía! La creación de la riqueza, su distribución, el desarrollo de los países; el progreso social, la moneda y el crédito; los límites de la iniciativa privada; la tributación progresiva; el comercio internacional; la inflación; los factores de producción; el ahorro y la formación de capital, y otros mil asuntos interesantes eran los temas apasionantes de la economía política, calificativo este que daba el mayor sentido a esos estudios.


Hacia los años sesenta del pasado siglo no teníamos propiamente economistas profesionales en un país cuyo escaso desarrollo podría explicarse en buena medida por el predominio de la rabulería y la insulsa versificación masiva, frente a la escasez de ingenieros, la carencia de científicos y lo empírico de la administración. 


Desde luego habíamos tenido quiénes se ocuparan de los temas económicos desde una amplia perspectiva humanística, como Salvador Camacho Roldán, Aníbal Galindo, Clímaco Calderón, Miguel Samper, Miguel Antonio Caro, Esteban Jaramillo, Alejandro López I.C., Luis Eduardo Nieto Caballero, Luis Ospina Vásquez, Carlos Lleras y Mariano Ospina Pérez, pero los economistas matemáticos apenas empiezan a asomarse a nuestra historia después de la venida al país de Lauchlin Currie, curioso personaje macartizado en los Estados Unidos, que viene a triunfar en Colombia como formador de verdaderos profesionales en esa ciencia.


El excelente nivel académico de muchas facultades de economía, alcanzado en 50 años, y el apreciable número de masters y Ph.D. especializados en el exterior indican la madurez de esa profesión en Colombia. Y dejando de lado los aspectos políticos de su ciencia, los economistas “prácticos” han encontrado en estudios y consultorías lucrativo ejercicio.


Por desgracia, en el ancho mundo globalizado sus estudios se han venido convirtiendo en algo muy parecido a los conceptos jurídicos: el cliente dice cómo quiere el concepto o cómo han de ser las conclusiones del estudio, y armado de fórmulas, gráficos, tablas, conceptos y apreciaciones abstrusas, puede obtener aprobación para cualquier producto financiero ilusorio, para cualquier inversión pública no prioritaria, o simplemente absurda, o para cualquier fusión empresarial inadecuada, bien sea en el sector público o en el privado.


Ahora es frecuente encontrar estudios para demostrar que la tributación progresiva es perjudicial; que el desmantelamiento de los programas de bienestar y la generación masiva de desempleo son convenientes; que la regulación de la banca es nociva; que la fijación del salario mínimo impide la generación de empleo y que su monto es muy elevado; que la solidaridad social es contraproducente; que el ahorro de los pobres debe ser canalizado a través de fondos especulativos, ojalá en el exterior; que no importa que un país se desindustrialice; que es conveniente que las empresas públicas sean vendidas al capital extranjero; que el socio minoritario es el mejor gestor de una empresa; que, a largo plazo, los TLC van a compensar el desequilibrio creciente de la balanza comercial, etc., etc.…


Con frecuencia se recurre a un equipo interdisciplinario formado por abogados expertos en derecho preventivo (tanto penal como administrativo), economistas plegables y contadores complacientes. Con esos estudios, cada vez más voluminosos, complejos, enrevesados y escritos en “jargon”, todo puede hacerse, como expresara en su ocasión un ascendente político paisa.


Para no cansar al lector, considero válida la siguiente definición: “El economista es aquel que, previo pago de una suma de dinero, dice que lo blanco es negro y lo negro blanco”.


 


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Esa ingeniería financiera, jurídica y tributaria es la que hace posible los paraísos fiscales y explica la monstruosa evasión de impuestos de las empresas multinacionales en todos los países donde operan. Recientemente se vienen denunciando abusos incalificables en Gran Bretaña, donde Google ganó £2.600 millones, pero apenas pagó £ 6 millones; Amazon vendió £4.000 millones y pagó £ 3 millones; y Goldman Sachs arregló sus problemas con £ 8 millones!!! Y como estamos en un mundo globalizado, esto es bien parecido a lo de las transnacionales mineras en Colombia, cuando deducen lo que pagan por regalías bajo la complaciente mirada de un gobierno que acaba de confirmarles todas las exenciones y de prorrogarles indefinidamente a Cerro Matoso.