Columnistas

Amar y servir
23 de Abril de 2013


La d閎il reacci髇 de los individuos ante los sufrimientos engendrados por las crisis que sacude particularmente los pa韘es occidentales, como lo informan los medios de comunicaci髇 radio, prensa, televisi髇, etc.,

 


Lina Maria Espinal Mejia


La débil reacción de los individuos ante los sufrimientos engendrados por las crisis que sacude particularmente los países occidentales, como lo informan los medios de comunicación radio, prensa, televisión, etc., se puede justificar por una forma de impotencia causada por la ausencia de perspectivas personales, y también por un desamor por ellos mismos, pues se sienten heridos en su amor propio por tantos engaños y desilusiones, lo que los lleva a no creer ya en sus potencialidades.  Jung explica estas actitudes diciéndonos que “no existe en el fondo ningún bien del que no pueda surgir el mal, ni ningún mal del que no pueda surgir un bien”. De modo, que al no afrontar el cambio inhumano de sociedad, la desconfianza nos conduce, paradójicamente, a vivir con miedo bajo una forma de servidumbre en una sociedad culta y civilizada, puesto que hemos perdido la confianza y el placer de desafiar, de emprender.   


Sin embargo se constata que el mensaje evangélico impregna aún, con fuerza, nuestras sociedades laicas. En efecto, la vía espiritual cristiana vuelve a ser hoy un asunto de individuos afectados por la persona de Jesús y por los grandes místicos como San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús. El ser humano, una vez despierta a su condición, asume la responsabilidad que lo compromete a actuar de manera consciente. Descubre que la capacidad de perdón es básica para vivir juntos y emprender cualquier proyecto en una sociedad más justa y solidaria.


El hombre al sentirse perdonado, se siente amado y esto lo lleva a salir de sí con una actitud responsable en todo lo que le acontece y emprende, asumiendo su comportamiento como valor individual y social, constructor de comunidad. 


Amar es una decisión individual y colectiva, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver el mal por mal. Abrirse al amor para el individuo y para la sociedad es cultivar buenas relaciones y restablecer las deterioradas, y juntos trabajar por el bien de todos, pues no debemos permanecer prisioneros del pasado. Es aquí donde S. Juan de la Cruz señala que “la esperanza tiene como función purificar la memoria llevándola del pasado al futuro, camino del presente”.


El amor vence el rencor y la venganza, y promueve la justicia. En realidad, la verdadera paz es “obra de la justicia” (Is 32, 17).  Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, la paz es “el fruto del orden asignado a la sociedad humana por su divino fundador y que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo”. (Gadium et spes,78).  Por eso escribe San Agustín en el siglo IV que la paz es tranquilidad en el orden. Y esa tranquilidad consiste realmente en que el hombre tenga apaciguados los apetitos.


En el Centro de Fe y Culturas el servicio evangélico tiene sentido por el interés de los demás.  Jesús hace con los demás lo que el Padre hace con él, comunidad. Sólo en la construcción de comunidad realizamos nuestra vocación de amar, perdonar y servir. Bellamente lo dice San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir”.


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