Columnistas

A marchas forzadas
Autor: Alvaro T. López
16 de Abril de 2013


Nadie recordó al asesinado líder liberal. Hubo marchas, pero apoyando al terrorismo que mancha y ahoga a los colombianos. El Presidente fue liberal, por lo menos pertenecía al Partido Liberal, hasta hace poco.


Nadie recordó al asesinado líder liberal. Hubo marchas, pero apoyando al terrorismo que mancha y ahoga a los colombianos. El Presidente fue liberal, por lo menos pertenecía al Partido Liberal, hasta hace poco. Pertenece a la clase acusada entre líneas, a los medios hostiles, al establecimiento que llaman. El pensamiento del líder no era coherente. Predicaba un liberalismo que chocaba con las escuelas jurídicas italianas de la primera mitad del siglo veinte en las que se nutrió intelectualmente, pero la gente lo veía como una esperanza. La actuación del Presidente tampoco es coherente. Choca con los principios constitucionales de atender el clamor y las necesidades del pueblo por encima de todo. Y choca con el pensamiento del señor Ministro de defensa, muy lindo él y, tendrá sus razones, el único del gabinete que se atreve a contradecirlo en público.


En este país nos acostumbramos a las mentiras, sin conmovernos. Se invoca el concepto de familia para negar derechos a los ciudadanos que decidieron su vida de acuerdo con la libertad que predican las normas que nos rigen. ¿Dónde queda el derecho al libre desarrollo de la personalidad y a la intimidad? ¿Cuál familia protegemos en un país donde la violación y el abandono están presente como macula social? Se invoca el concepto de paz, para hacer proselitismo político. Se echa mano a un recurso peligroso, ignominioso, ominoso, como es el de la negociación con la guerrilla, que nunca ha dado muestras de voluntad de sometimiento, ni de solidaridad con los colombianos.


No es de recibo que se institucionalicen las movilizaciones masivas como mecanismos de legitimación de procesos o personas. Pero si de los hechos se trata, las caminatas que organizó el Presidente Santos, perdieron frente a las multitudinarias protestas de la época de Uribe contra la guerrilla. El actual Presidente iba a gritar no más a la delincuencia narcoterrorista. Ahora desfila sin vergüenza alguna al lado del alcalde de Bogotá, el mismo que ayudó a prestarle el servicio a la mafia de quemar los archivos del Palacio de Justicia. A Petro le luce la marcha. Lo asiste la prerrogativa de la solidaridad de clase. Pero Santos, ¿a quien sirve? Parece que lo que pensemos los ciudadanos es de poca o ninguna importancia para el señor Presidente.


Cuánto se gasta del erario colombiano en la atención de los supuestos negociadores de una supuesta paz, no sería importante si estuviéramos en una honesta construcción de condiciones de convivencia pacífica. Darle estatus al país que por años ha ayudado a desestabilizarnos, sería olvidable si el propósito es alcanzable. Ojala se equivoque la mayoría de los colombianos, pero no hay muchas esperanzas. El gobierno se equivoca si cree que la paz se logra firmando un documento, o cediendo parte del territorio para solaz de los facinerosos. Hemos sufrido mucho, hemos visto desaparecer rostros amados y correr sangre hermana. Para perdonar necesitamos gestos que indiquen propósitos de verdadera reinserción y reparación.