Columnistas

Loor a doña Lucila González de Chaves
Autor: Iván Guzmán López
16 de Abril de 2013


El pasado 22 de marzo de 2013, salió al mercado editorial el libro número 14 de doña Lucila González de Chaves, bajo el afortunado título de “Literatura, investigación, lecturas y análisis”.


El pasado 22 de marzo de 2013, salió al mercado editorial el libro número 14 de doña Lucila González de Chaves, bajo el afortunado título de “Literatura, investigación, lecturas y análisis”. Se trata de una obra pulcra, bien diseñada y atractiva, cuya carátula aparece ilustrada con la obra “Contravía”, del artista Óscar Velásquez Tamayo, quién también tuvo el honor de prologar dicho tratado. Es un compendio de 430 páginas “deliciosas, como toda la creación de doña Lucila”, dividido en cuatro capítulos, esenciales y coherentes. Ellos son: 1. Ensayos, 2. Poetas, 3. Novelistas, y 4. Libros (comentarios y citas textuales). El primer capítulo presenta un cúmulo de ensayos tratados con donosura y propiedad, como: “Presencia femenina en El Quijote”, “Don Quijote o la caballería rediviva”, “El hidalgo inmortal”, “El sentimiento amoroso en la literatura”, entre otros 27 adicionales. El segundo capítulo, Poetas, nos presenta en forma breve y precisa, la vida y obra de poetas entrañables como Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Fancisco Luis Bernárdez, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros 11 nombres que han hermoseado por años a la  gran literatura. El capítulo tres, estudia a novelistas esenciales como André Maurois, Ernesto Sábato, Miguel Ángel Asturias, entre otros. El capítulo cuatro, Libros, se abre como un banquete al buen lector, pues en 96 extraordinarias páginas nos entrega sendos y breves comentarios bien fertilizados con citas textuales, certeras y oportunas. El libro cierra con una bibliografía, a mi juicio, justa y necesaria, y un bosquejo biográfico completo donde el lector puede cotejar la calidad de la obra y las virtudes mismas  de la autora. 


Escribir, que conlleva dos condiciones esenciales: competencia lingüística y capacidad cognitiva, y, colateral a ello, múltiples actitudes y aptitudes, no es fácil, por obvias razones, y es por ello que debemos ponderar, reconocer y recomendar la obra en su conjunto de doña Lucila González de Chaves, la maestra, por excelencia, del idioma castellano.


Joven aún, como en el famoso poema del celebrado yarumaleño Epifanio Mejía, “conocí” a doña Lucila, cuando el bicho de la lectura y la escritura se me había metido por los ojos y los poros. Entonces yo era un estudiante adolescente, de los primeros años del bachillerato, en un pueblo antioqueño donde los buenos libros eran pocos y los suplementos dominicales  de los periódicos se constituían entonces, en una deliciosa golosina. En uno de ellos aparecía una columna hebdomadaria que ella firmaba con el título de “Funcionalidad del idioma”. Desde entonces, he sido “alumno” (y por suerte, ahora, amigo) de ese manojito de huesos, saber y ternura que responde al nombre de Lucila, y que se apellida González, y que casó con el músico Luis Eduardo Chaves Becerra, con quien tuvo a Luis, Carlos, Ana y Juan, y ahora aparece en el mar de la virtualidad con el sugerente nombre virtual de “Aprendiz de brujo”.


Nacida en Medellín, pero llevada a Titiribí desde muy corta edad (por una de esas jugadas definitivas del destino), vivió allí su infancia (en la tierra de su admirado poeta Jorge Montoya Toro), al cuidado de los siempre añorados abuelos y de la tía Maruja Restrepo, a la sazón maestra del pueblo. Muy pronto regresó a Medellín para ejercer su fructífero magisterio en varias de nuestras más queridas instituciones educativas, entre ellas el Centro Formativo de Antioquia, Cefa. Hoy, más que nunca, doña Lucila es paradigma viviente de un idioma vivo, hermoso y dúctil como nuestro español. Ella, tan parecida hoy en su sonrisa y vigor a su sentencia: “El idioma siempre será un adolescente”,  es ejemplo diario de respeto, amor y cultivo por el idioma; es desafío vital para nuestros maestros, periodistas y estudiantes (entre otros especímenes), que maltratan día y noche el idioma, sin que encuentren en ello reato alguno de conciencia, y menos de responsabilidad académica.


Cada vez que tengo la oportunidad de saludar y abrazar a doña Lucila, veo en ella a mi primera maestra, y es entonces cuando esbozo una sonrisa de niño, como cuando Gabo recibió el Premio Nobel, y acordándose de Rosa Fergusson, su primera maestra, pronunció su nombre y ensanchó una sonrisa de niño feliz.


Puntada final: bienvenido éste, su libro número 14, mi querida doña Lucila, y los muchos que le faltan.