Editorial

Amenazas sin límites
4 de Abril de 2013


Quien se remanga se constituye en ciudadano pleno para denunciar a los terroristas que se siguen escudando en estas armas cobardes.

 


La Vicepresidencia de Colombia estima en cien mil las minas antipersonal sembradas en el país por los grupos terroristas de las Farc y el Eln, que las usan con profusión para atacar al Ejército Nacional, pues ya no son capaces de combatirlo directamente, y ante su incapacidad para ejercer control territorial buscan mediante la “siembra” de estos artefactos, mantener aterrorizados a los ciudadanos, en su mayoría campesinos que recorren veredas y caminos. 


Hoy nos sumaremos a los ciudadanos del mundo que remangarán sus pantalones para solidarizarse con los soldados y civiles víctimas de las minas antipersonal; armas proscritas por la comunidad mundial desde 1997 que siguen siendo usadas por organizaciones terroristas como las Farc y el Eln y por gobiernos que parecen terroristas, como el tirano sirio Bashar al Assad, quien desde el año pasado viene blindando con estos artefactos las fronteras con Turquía y Líbano, corredores de paso de los refugiados, y amplios sectores en las ciudades donde tiene opositores. Quien se remanga se constituye en ciudadano pleno para denunciar a los terroristas que se siguen escudando en estas armas cobardes. 


Entre el año 1990 y el 2013, las minas antipersonal han dejado 10.253 víctimas en Colombia. De ellas, 8.127 sufrieron heridas que les cambiaron sus vidas en forma dramática y otras 2.126 fallecieron. Entre esas víctimas, 3.895 fueron civiles, 1.003 menores de edad, y 6.358 fueron miembros de la Fuerza Pública. En los dos primeros meses de este año, 17 civiles y 89 soldados murieron víctimas de minas antipersonal y municiones sin explotar dejadas en sus caminos. La dimensión de esta tragedia humanitaria demuestra que el país tiene en la eliminación de las minas antipersonal uno de sus mayores retos en seguridad pública. 


Desde el año 2005, el país viene haciendo grandes esfuerzos para limpiar territorios contaminados con minas, municiones sin explotar y otros objetos peligrosos para la vida humana. Como esta limpieza se hace en forma casi artesanal, por hombres y sabuesos que ponen en riesgo sus vidas para salvar la de sus compatriotas, nos encontramos con que los esfuerzos de siete años apenas han limpiado de estos artefactos poco más que un kilómetro cuadrado (1.117.884 metros cuadrados) de la geografía nacional, con el agravante de que el despeje no garantiza que las Farc o el Eln no vuelvan a sembrar minas en los sitios en los que se hizo la limpieza. 


Aunque la representación del rechazo ciudadano contra esta horrible forma de terrorismo es muy importante, reconocemos que esta protesta contra las minas antipersonal nos da oportunidad para reiterar nuestro llamado a las autoridades, a los empresarios altruistas que aspiran dejar huella transformadora y a centros de investigación en alta tecnología, para que financien y diseñen aparatos de alta sensibilidad y autopropulsados con capacidad para detectar y destruir minas antipersonal y explosivos abandonados, sin necesidad de poner en riesgo la vida y la salud de seres vivos, como hoy sucede. Aunque el mencionado producto puede parecer costoso, en el largo plazo su valor se justificará en las vidas salvadas y en las personas que no perdieron su buena salud por cuenta de un accidente inesperado y odioso. 


Reconociendo que los grupos guerrilleros son los responsables de la ubicación de minas antipersonal en Colombia, no se explicaría una negociación que dejara pasar por alto la entrega de los mapas de minas sembradas y la suscripción de un acuerdo para que los mismos que se encargaron de convertir los campos colombianos en zonas de riesgo para sus habitantes y trabajadores, asuman la responsabilidad de garantizar que estas situaciones no vuelvan a ocurrir. 


Las víctimas vivas de minas antipersonal perdieron uno de sus miembros vitales o sufrieron heridas serias que transformaron sus vidas para mal. Hoy debemos recordar que el país puede volcarse hacia ellas para cuidarlas y garantizar su mayor rehabilitación, lo que impone acompañar las acciones humanitarias de quienes apoyan la recuperación de los soldados y civiles que en el camino de sus vidas encontraron un cruel e inesperado verdugo.