Columnistas

Las predicciones de Keynes para sus nietos
Autor: Dario Valencia Restrepo
31 de Marzo de 2013


Durante los comienzos de la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado, cuando cundía la incertidumbre sobre el futuro del capitalismo, John Maynard Keynes publicó un optimista ensayo


Durante los comienzos de la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado, cuando cundía la incertidumbre sobre el futuro del capitalismo, John Maynard Keynes publicó un optimista ensayo titulado “Las posibilidades económicas para nuestros nietos” (ver texto completo en www.econ.yale.edu/smith/econ116a/keynes1.pdf). Considerando un horizonte de 100 años que terminaría en 2030, el gran economista estimó que en ese lapso los países desarrollados resolverían los problemas básicos de la subsistencia y que entonces sería posible disfrutar los auténticos placeres de la vida. Ello sería el resultado de un sostenido crecimiento económico, el cual estaría acompañado por una reducción sustancial del tiempo dedicado al trabajo.


Con respecto al crecimiento, Keynes predijo que el ingreso per cápita aumentaría entre cuatro y ocho veces con respecto a 1930, lo cual equivale a un crecimiento anual constante, a lo largo de los 100 años, entre 1,4 y 2,1 por ciento. Dado que los actuales especialistas del crecimiento económico consideran estas cifras como esencialmente correctas, es del caso registrar dos hechos sorprendentes: para Keynes la gran crisis sería pasajera (“Estamos sufriendo… los dolorosos reajustes entre un período económico y otro”, dijo) y, anticipándose a desarrollos posteriores de la teoría económica del crecimiento en el largo plazo, apreció apropiadamente las consecuencias de la acumulación de capital y del cambio tecnológico (“En unos pocos años… seremos capaces de realizar todas las operaciones de agricultura, minería y manufactura con la cuarta parte del esfuerzo humano a que estamos acostumbrados”, escribió también).


La otra predicción central de Keynes, la reducción del trabajo semanal a 15 horas una vez resueltas las necesidades materiales, está muy lejos de cumplirse. Pudo en él influir el descenso de 30% en las horas trabajadas que experimentaron los países desarrollados en los 60 años anteriores a 1930, pero es imposible saber qué supuestos empleó para llegar a una reducción de dos tercios en la jornada de trabajo. En Estados Unidos, el número de horas de trabajo ha permanecido en gran medida estacionario por décadas y es un 30% más alto que en Europa. En Francia, la semana de 35 horas de trabajo se estableció en 1998. ¿Cómo explicar el grave error de dicha predicción?


Keynes consideraba el dinero como un medio para la buena vida, y afirmaba que el amor por el mismo era repugnante y manifestaba una propensión casi patológica. También pensaba que los seres humanos alcanzarían un límite en sus aspiraciones materiales, es decir, que no serían insaciables, pero la realidad actual es muy distinta. De una parte, la codicia no parece tener límites, tal como lo ha puesto de presente la crisis económica y financiera que se inició en 2008; y de la otra, el consumismo como sello de nuestro tiempo tampoco parece tenerlos.


Habría que agregar que Keynes no tuvo en cuenta la distribución del ingreso y de la riqueza, a pesar de que en los años treinta el coeficiente Gini del Reino Unido se encontraba entre 0,4 y 0,5. La hoy creciente brecha entre ricos y trabajadores lleva a que estos tengan que trabajar más si quieren conservar su nivel de vida y con mucha frecuencia aquellos quieren trabajar más para conseguir más.


De resolverse la acuciante y secular lucha por la supervivencia, Keynes concluye que la vida de los seres humanos ya no tendría lo que ha sido el propósito central de su existencia y enfrentaría por primera vez un problema permanente: cómo usar su tiempo libre, cómo ocupar su ocio para vivir bien, sabia y agradablemente. Su nobleza lo lleva a afirmar: “Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de importancia social, habrá grandes cambios en el código moral. Seremos capaces de librarnos de muchos de los seudomorales principios que nos han atormentado durante doscientos años, mediante los cuales hemos exaltado las más desagradables cualidades humanas como si fueran grandes virtudes”.