Columnistas

Obras y no palabras
19 de Marzo de 2013


En la vida cotidiana decimos con much韘ima frecuencia que tenemos fe o que creemos en tal persona, m閐ico, gobernante o pol韙ico; m醩 a鷑, en t閞minos generales, la gente cree y tiene fe en instituciones como la Iglesia, las Fuerzas Militares


Francisco Piedrahita Echeverri*


En la vida cotidiana decimos con muchísima frecuencia que tenemos fe o que creemos en tal persona, médico, gobernante o político; más aún, en términos generales, la gente cree y tiene fe en instituciones como la Iglesia, las Fuerzas Militares o los partidos políticos. Pero cuando el Papa convoca al año de la fe, está hablando de otra cosa. En cierta forma se trata de un término equívoco al hablar de fe. Por ello es necesario precisar qué decimos cuando respondemos al sacerdote que sí creemos o cuando decimos que tenemos fe en Jesús de Nazaret.


Miremos las cosas desde esta óptica. Decimos que tenemos fe porque vamos a misa, asistimos a procesiones, rezamos el rosario o hacemos cualquiera de las muchas devociones de que están saturadas las religiones. Desafortunadamente nada de eso es la fe a la que nos referimos. Tenemos una gran confusión en las cosas y resulta que religión, religiosidad y fe son cosas muy distintas y no se pueden confundir. 


Religión es el mundo objetivo de una organización, de ritos, ceremonias, tradiciones, jerarquías, cuerpo social, etc., que sirve para facilitar o ambientar la religiosidad o posibilitar la relación con el mundo de lo divino. Religiosidad es algo más personal, es el deseo y la propensión a relacionarse con un ser superior que sentimos o experimentamos cercano o íntimo a nosotros. La fe se refiere a la  respuesta que damos o el compromiso que establecemos con la palabra de Dios, profética o escrita, que pide adhesión y conversión. Son tres conceptos distintos, aunque relacionados e íntimamente imbricados. 


Los cristianos estamos frente a la palabra de Jesús y a las exigencias de su mensaje. Desde Él y por Él deducimos que Dios no está por allá lejos, sino que está en nosotros, haciendo parte de nosotros y, en cierta forma, limitado por nuestra libertad y finitud. Desde Jesús se sabe que no es el hombre el que busca a Dios, sino que es Dios el que busca al hombre, hasta tal punto que se hace parte de él y de todo lo que lo rodea. La manera de ser de Dios es salir de sí, para meterse en todo lo que es y existe, o sea, salir de sí para ir hacia el otro. Eso explica por qué Jesús siempre en su vida estaba buscando al pobre, al enfermo, al que había sido dejado por la sociedad. Acoger este mensaje y comprometerse con él es lo que significa ser cristiano y seguir a Jesús. Así de simple y de sencillo. Cumplir este compromiso supone momentos difíciles y duros y, con frecuencia, hay que actuar a contrapelo de nuestras tendencias humanas; pero seguir adelante es tener fe; lo demás es puro cuento. Por esa razón la fe no consiste en palabras sino en obras, pero obras de verdad como las que hizo y nos pide Jesús. 


Por esto es fácil deducir que una persona volcada hacia los otros, especialmente si son los menos favorecidos, tiene más fe que una persona que tiene su vida saturada de ritos y ceremonias, pero que desprecia, maltrata o es injusta con los otros.


*Miembro del Centro de Fe y Culturas