Columnistas

Ya no hay chiva
Autor: Rodrigo Pareja
12 de Marzo de 2013


Hasta hace algún tiempo la palabra chiva, como sinónimo de una gran noticia, se utilizaba más por la fuerza de la costumbre que por la aceptación del vocablo


Hasta hace algún tiempo la palabra chiva, como sinónimo de una gran noticia, se utilizaba más por la fuerza de la costumbre que por la aceptación del vocablo, algo que apenas ocurrió en el 2008, cuando la Real Academia la incluyó en la 22ª edición de su diccionario, con el significado de “primicia informativa”.


El reconocimiento de la palabreja por parte de los doctos académicos de la institución ibérica resultó tardío, por no decir extemporáneo, pues desde hace varios años el afán por la tal chiva, y el miedo visceral a ser superado por la competencia, desaparecieron del periodista moderno.


Noticias como la muerte de Hugo Chávez, por ejemplo, fue conocida simultáneamente por medio mundo gracias a la inmediatez de los medios de comunicación, a su modernización que no cesa y a las redes sociales, cuando en otras épocas pudo haber constituido una de esas chivas que hicieron historia.


En el periodismo moderno no se trata de salir primero con una noticia, por extraordinaria que sea, sino por el mejor desarrollo y cubrimiento que de ella se haga desde todos sus aspectos con el mayor profesionalismo posible.


Todo el anterior prefacio para señalar que en estos momentos está cocinándose a fuego lento una de las noticias más importantes del año, como será sin duda la elección del nuevo Sumo Pontífice, chiva que nadie dará en forma exclusiva y anticipada.


Los cinco mil periodistas que físicamente están en el Vaticano debidamente acreditados ante la Santa Sede para cubrir el cónclave que hará la elección, recibirán todos a una - como en Fuenteovejuna – la noticia de la designación, la identificación del cardenal agraciado y el nombre por él escogido y con el que ejercerá su papado.


De hecho, esos cinco mil periodistas provenientes de todos los rincones del mundo saben que no será posible la exclusiva de la designación del nuevo jefe de la iglesia católica, por más poderoso que sea su medio de comunicación.


 Saben, en cambio, que su tarea primordial es ilustrar de la mejor manera posible el desarrollo cautivante de un cónclave, sus intríngulis y los pormenores y detalles que se mueven alrededor de la reunión, describir los personajes que de una u otra forma tienen que ver con el proceso y acopiar el mayor número de datos históricos o de anécdotas con los cuales “pintar” sus constantes envíos.


No era esa la situación hace 50 años cuando el mundo se entristeció por el fallecimiento de Juan XXIII y quedó a la expectativa durante 18 días, entre el 3 y el 21 de junio de 1963, mientras transcurrían sus exequias y el cónclave que elegiría al nuevo Pontífice.


Todos los avances tecnológicos de hoy en día no estaban en las mentes de sus creadores o éstos ni siquiera habían venido al mundo, así que fax, twiter, facebook, celular e internet eran cosas que no existían y nadie imaginaba siquiera que pudieran llegar a inventarse.


Lo más inmediato era el ruidoso e incansable teletipo que no cesaba de producir y producir noticias de toda índole, aparato que en situaciones de emergencia noticiosa era venerado por los reporteros y ante el cual había que montar guardia noche y día en espera del toque de campana que anunciaba lo más importante.


Por eso en esa época sí podía darse la gran chiva, debida a la viveza de algún reportero o a la filtración de alguna fuente excepcional que el periodista hubiera cultivado a lo largo de su vida profesional.


La Associated Press y la France Press servían en esos días a Caracol en Bogotá y la primera de ellas se les anticipó a todas las demás con la noticia de la designación de Pablo VI como nuevo Papa. Quien esto escribe, de guardia en Caracol ese 21 de junio de 1963, fue el primero en dar la noticia a los colombianos y de chiviar, ahí sí con toda razón, a los demás medios colombianos.