Editorial

Tras la muerte de Chávez
7 de Marzo de 2013


La incógnita interesante es qué va a pasar con esa serie de instituciones que aquél creó, prohijó y financió con su abultada cartera de petrodólares, en su afán por edificarse un liderazgo continental.

 


Hugo Chávez Frías ganó casi todas las batallas políticas para mantenerse en el poder, incluida aquella controvertida reforma constitucional con la que instauró la reelección indefinida, gracias a la cual pudo gobernar 14 años y asegurarse otros seis en la última elección presidencial. Por desgracia para él, para su entorno cercano y para las multitudes que lo aclamaron como su caudillo, en la plenitud de sus facultades y a edad mediana, perdió su batalla definitiva contra el agresivo cáncer que lo atacó hace 22 meses.


Durante el tiempo de su enfermedad, dadas sus frecuentes y prolongadas estancias en Cuba para sus tratamientos, en Venezuela reinó la incertidumbre y la polarización en torno al futuro político del país, todo ello agravado por el hermetismo del régimen acerca del verdadero estado del paciente, especialmente en los últimos dos meses, cuando, aun conociendo que el fin era inminente, el vicepresidente Maduro y otros altos funcionarios y dirigentes del Psuv, a través del poderoso aparato mediático oficial y las obligatorias “cadenas informativas”, se encargaron de alentar en el pueblo la esperanza de recuperación del líder y su juramentación para un tercer mandato. 


Todo indica que aquello fue una maniobra del régimen para ganar tiempo, en el empeño de afianzar la imagen del ungido sucesor, ante la proximidad de una elección en la que los propios chavistas no estarían muy seguros de derrotar a un candidato de la oposición, con la contundencia que lo hizo siempre el carismático caudillo, la última vez enfrentado a Henrique Capriles, quien de todos modos sorprendió con un 45 % de la votación. Lo deseable, desde el punto de vista democrático, es que ninguna de las fuerzas en que está polarizada la nación venezolana pretenda romper la institucionalidad, con la aventura de un golpe de Estado, y al menos por ahora esa no constituye amenaza, pues ya el oficialismo anunció que convocará a elecciones antes de 30 días, como lo dispone la Constitución, mientras los líderes de la oposición han llamado a la calma y al respeto de las vías democráticas. 


Nosotros vemos muy difícil un próximo triunfo de la oposición. Primero, porque el candidato oficialista tendrá a su servicio maquinaria y recursos del Estado, y las masas chavistas se volcarán como nunca a las urnas para cumplir el póstumo deseo de su líder: “Si algo ocurriera que me inhabilitara de alguna manera... mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”. En segundo lugar, porque luego del repunte electoral de la MUD, en las presidenciales de octubre, la oposición democrática sufrió un golpe desmoralizador en las elecciones estatales de mediados de diciembre, al perder cuatro de sus siete gobernaciones, entre ellas las de dos estados fronterizos con Colombia, Zulia y Táchira, mientras el Psuv consolidaba su dominio en 20 de los 23 estados. 


Mientras los venezolanos resuelven, ojalá por las vías institucionales, el problema de la sucesión de quien, para bien o para mal, le cambió el rumbo a su país y se granjeó un lugar destacado en su historia, la incógnita interesante es qué va a pasar con esa serie de instituciones que aquél creó, prohijó y financió con su abultada cartera de petrodólares, en su afán por edificarse un liderazgo continental en contraposición a los Estados Unidos y la OEA, organización supuestamente al servicio del odiado “imperio”. Es el caso de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América, Alba, que fundó hace ocho años y cuyas “líneas estratégicas” le ayudó a trazar su “mentor y maestro”, Fidel Castro. 


Con respecto a Colombia, la muerte del “nuevo mejor amigo” desata sentimientos contradictorios. Valoramos la mejoría en las relaciones y los buenos oficios de su gobierno como facilitador del actual proceso de paz, pero no podemos olvidar los perjuicios ocasionados al comercio bilateral, los graves incidentes y la permanente tensión fronteriza, como consecuencia de sus simpatías y tratos con las Farc -ampliamente documentados- y su injerencia descarada en la política interna de Colombia, sobre todo durante el segundo gobierno Uribe. ¡Paz en su tumba!