Columnistas

Otra historia, sin final feliz
Autor: Rubén Darío Barrientos
7 de Marzo de 2013


En 1935, en esta ciudad, un ciudadano común y corriente de nombre Hernando Trujillo, confeccionó unos vestidos por encargo.


En 1935, en esta ciudad, un ciudadano común y corriente de nombre Hernando Trujillo, confeccionó unos vestidos por encargo. Este proemio nos permite enfocarnos en alguien que montó un taller de sastrería en su casa, con el concurso de dos máquinas de coser prestadas. Luego fue creciendo como asistente de diseño, hasta que en 1965 erigió una primera planta con 300 metros cuadrados construidos. Muy raudamente creó un almacén y a partir de 1968 fue dándose a la tarea de abrir más y más puntos de venta. En época más reciente, se proyectó a Ecuador y Estados Unidos. Su concepto fino y bien reputado, creció como espuma.


Por eso, esta semana, recibí con profundo dolor el cierre de la cadena de almacenes “Hernando Trujillo”. Es otra empresa que desaparece, dejando en el pavimento a muchos empleados y sumiendo en el desconsuelo a tantísimas familias. Don Hernando vive en esta ciudad con serios quebrantos de salud y tomó la determinación de ceder el control de la compañía hace unos 5 años. Algunos medios sindican al contrabando, al elevado endeudamiento y a los bajos precios de los competidores directos, como los causantes de la crisis que agudizó la salida del mercado. La noticia es pésima, por cuanto cierra la baraja de empleo y despunta el embeleco de una disolución y liquidación, con toda su incertidumbre.


Pese a las conjeturas antedichas, ha cobrado fuerza otra versión: la de que “los descendientes de don Hernando estaban acabando con la empresa del viejo”. Por ejemplo, se menciona que todos los cargos administrativos fueron ocupados –a las anchas y en forma manirrota– por los hijos del fundador. Allí reinaban los salarios extravagantes y desconsiderados, el festival del desperdicio y el cierre de canilla para beneficios de los empleados no familiares y el desangre en favor de los genéticamente sucesores. Aparte de ello, a la lucrativa nómina, ya se habían entrometido muchos nietos (y hasta se mencionan los nombres de cuatro, especialmente), que también disfrutaban las mieles de ingresos envidiables.


Según un estudio de Price WaterhouseCoopers, realizado en Argentina, “ocho de cada diez empresas familiares que son heredadas a los hijos de sus fundadores fracasan, mientras que nueve de cada diez desaparecen en la tercera generación”. Algunos conferencistas precisan más este aterrador panorama. Dicen que las razones para dicho ocaso empresarial, son: no saber enfrentar la sucesión en los puestos directivos, los infaltables conflictos familiares y la falta de interés o liderazgo de los que reciben. Es claro que el entusiasmo de quien es pionero o fundador, no se repite. A la segunda generación le llega todo por suerte o por coyuntura, sin que nada o mucho le haya costado. Y la tercera generación se adentra en vericuetos complicados: no vibran con el objeto del negocio, quieren liquidez contante y sonante y tienen ya otras metas en su cabeza. 


Para asegurar la permanencia de la compañía y, aún más, de la competitividad de la misma, se requiere de un protocolo de familia. Pero no realizado por los expertos en época caótica, sino cuando las mentes estén frescas y abiertas para recibir recomendaciones. Esas políticas claras, que deparan las llegadas de asesores externos que oxigenen la compañía, los justiprecios en los pagos salariales, la preparación de los sucesores para abordar los puestos de la cúpula, las bases conciliadoras sin bandos detractores y los planes estratégicos de negocios, entre otras cuestiones, son las que hacen que otros Hernandos Trujillos no sean repitentes de historias, sin final feliz.