Columnistas

Estiven y César
Autor: Manuel Manrique Castro
27 de Febrero de 2013


Llegaron prematuramente a las primeras páginas de los diarios pero lo hicieron porque perdieron la vida y se sumaron a la triste lista de niños que se lleva la violencia. Ambos tenían 11 escasos años.


Llegaron prematuramente a las primeras páginas de los diarios pero lo hicieron porque perdieron la vida y se sumaron a la triste lista de niños que se lleva la violencia.  Ambos tenían 11 escasos años.  Hace seis meses el padre de César murió asesinado en un bar de Medellín mientras Sandra, su mamá, originaria de Apartadó, vende frutas y verduras en la comuna 13.  Estiven, junto con varios hermanos, era huérfano de padre vivo; su madre, Luz Elena, también se gana el sustento en la calle vendiendo helados. César llegó al cuarto de primaria, Estiven abandonó la escuela; los dos hinchas del Nacional, jugadores callejeros de futbol y, claro,  compañeros de travesura como aquella que los llevó a la muerte porque se montaron en la parte posterior del vehículo de reparto en el que, sin darse cuenta, cruzaron la frontera invisible donde acechaban los sujetos que se ensañaron contra ambos hasta quitarles la vida y luego arrojarlos en una fosa común.


La reacción de las autoridades no se hizo esperar, aunque se concentró en el reforzamiento policial por medio de un cuerpo élite de la Sijín, el traslado del despacho del Jefe de la Policía Metropolitana a la Comuna 13, además de una recompensa de 30 millones de pesos para quien ofrezca información que conduzca hasta los autores de los crímenes.  Falta ahora ver cuáles serán las respuestas que vayan más allá de la intervención policial, necesaria para determinar quienes cometieron aquella atrocidad, pero insuficiente para enfrentar la realidad en que viven  las familias de la Comuna 13, como las de César y Estiven, en su gran mayoría afectadas por la pobreza.  La delincuencia puede sobrevivir en esa zona y en otras de la ciudad porque se beneficia no sólo del hacinamiento urbano sino especialmente del caldo de cultivo que la pobreza y la exclusión, con toda  su secuela, le ofrecen. Que sepamos, las bandas criminales no se incrustan en barrios de estrato cinco o seis.


Planes para la Comuna 13 los hay de varios tamaños y alcances, lo que falta es acción integral y sostenida en el tiempo, acompañada de inversión equivalente a las necesidades de la población.  Está, por ejemplo, el Plan de Desarrollo Local, Comuna 13, 2010-2020, elaborado  el año 2009 durante la administración de Alonso Salazar, con involucramiento activo de organizaciones comunitarias y entes del gobierno, que “enfatiza la paz, la construcción de tejido social y la calidad de vida”.  Esa hoja de ruta, partiendo de un amplio diagnóstico de la Comuna 13,  propone acciones concretas destinadas a transformar las bases económicas y sociales del escenario prevaleciente hoy en ese sector de la ciudad.  Es también indispensable actualizar el conocimiento de aquella realidad constantemente cambiante y aprovechar el esfuerzo que se hace aquí y  en otros lugares como sucede, por ejemplo, con el estudio realizado en Chicago por el profesor Patrick Shakey, de la Universidad de Nueva York, en el que concluye que los niños expuestos a un homicidio en el lugar donde viven, tienen peores resultados en la evaluación de habilidades cognitivas  y quedan afectados tanto en su atención como en el control de sus impulsos.  Un hallazgo de esta magnitud obliga a saber qué está pasando a este respecto en la Comuna 13  y en qué medida las muertes constantes pueden tener consecuencias potencialmente graves para el desempeño escolar de los niños.  La clave está, bien sabemos, en las respuestas que, resguardando los derechos humanos de la niñez, promuevan el progresivo en incesante mejoramiento de la calidad de vida de ellos y sus familias.