Columnistas

La última lección
Autor: Iván Garzón Vallejo
18 de Febrero de 2013


“Es infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro [...] que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad,

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“Es infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro [...] que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a un cierto momento dice: “no puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede [...] presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente”. Esta frase fue pronunciada por Max Weber en su célebre conferencia “La política como vocación”.  Fue hace casi un siglo. Pero hoy se puede aplicar a otro alemán: Benedicto XVI. El intelectual que fue Papa.


Su renuncia ha sido conmovedora, pero sobre todo, ejemplarizante. Sin duda, una decisión valiente que demuestra que cuando el poder se entiende como servicio no hay razón para aferrarse a él, y por el contrario, en un determinado momento las circunstancias pueden aconsejar que lo más conveniente es que otro asuma el timón.


Benedicto XVI fue un Papa excepcional. Continuó el diálogo que la Iglesia sostiene con el mundo moderno, y que tuvo sus hitos más significativos en el Vaticano II y en el Pontificado de Juan Pablo II. En este sentido, fueron muy interesantes sus viajes a Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania, España, Brasil, México y Turquía, naciones con gran influencia en la cultura actual.


Los discursos que pronunció en estos lugares muestran que dos frentes ocuparon su atención. Por un lado, confirmar y alentar en la fe a quienes en medio del acelerado proceso de descristianización y de la dictadura del relativismo podían vacilar en su fe, y diluir su identidad en lo políticamente correcto. Por otro lado, entablar un diálogo sincero con los no creyentes y los fieles de otras confesiones, mostrándoles el potencial ético y humanista de la racionalidad cristiana. Sus discursos en Ratisbona, en Westminster Hall, en el Bundestag, en la ONU, en el colegio de los Bernardinos, y el que un puñado de laicistas le impidieron leer en La Sapienza, son un lúcido intento por mostrar las características distintivas de la cosmovisión cristiana, así como la apertura a la verdad, el bien y la belleza de toda racionalidad que no se deje limitar por el cientificismo y las ideologías.


Este esfuerzo por encontrar puntos de encuentro con la racionalidad secular es uno de los aspectos más significativos de otro Papa que se tomó en serio la modernidad. Probablemente sólo podría hacerlo con tanta lucidez alguien que solía definirse a sí mismo como un “profesor universitario”, y quien desde hace décadas había abordado con su pluma cruciales aspectos de la doctrina cristiana, evidenciando siempre no solo una gran cultura, sino además, una fina sensibilidad por los problemas del hombre de hoy.


Por eso, a pesar de las caricaturas mediáticas, siempre evidenció su  disposición al diálogo. La célebre entrevista con Vittorio Messori en los ochenta, las tres entregas de Peter Seewald en las que lo interrogó sobre infinidad de temas, así como sus libros teológicos sobre la vida de Jesús, sobre los cuales aclaró que no los escribía en cuanto Papa, y por lo tanto, “me podéis contradecir”, revelan la actitud de quien está dispuesto a dar razón de su fe y su esperanza.


El Papa enseñó con sus palabras. Pero, como los grandes hombres, también con sus obras. Su renuncia es una lección de humildad y responsabilidad que lo enaltece. Como en la Universidad de Ratisbona, muchos no entenderán esta lección, y seguirán entretenidos en sus especulaciones. Lo que importa es que el Papa hace cosas que no son de este mundo. Quizás porque tiene su corazón en el otro.





Comentarios
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José
2013/02/18 05:38:44 pm
Iván, muy interesante...tengo mis dudas acerca de lo que quiere decir ser un papa que dialoga y se toma en serio la modernidad, es algo que me ha estado dando vueltas en la cabeza después de leer varios comentarios sobre la actividad de Benedicto XVI escritos con ocasión de su renuncia. Muchos han recordado especialmente el diálogo que sostiene con Habermas sobre las bases morales prepolíticas del estado liberal y por el cual se hace merecedor de ese calificativo de un papá "que se tomo en serio la modernidad" como usted lo afirma. Pero confieso, nuevamente, que no entiendo bien qué significa exactamente eso de ser moderno o de tomarse en serio la modernidad. Si ser moderno o tomarse en serio la modernidad significa ser capaz de abrir puertas al diálogo con quienes no son creyentes (con quienes no piensan como yo o no creen en lo que yo creo), de aportar y dar razones de la fe que se profesa, existen medievales que son muy modernos (Santo Tomás de Aquino por citar un solo ejemplo) y muchos modernos y contemporáneos que son muy poco modernos...con lo cual la modernidad no sería una categoría temporal e histórica, sino más bien conceptual. Sin embargo, como le digo, le confieso que tengo mis dudas acerca de lo que es ser moderno y de lo que significa que un hombre como Benedicto XVI fue un papa "que se tomo en serio la modernidad"...solo ese comentario quería hacerle, pues fue la duda que me generó la lectura de su columna.