Editorial

Los m醨tires de nuestros d韆s
10 de Febrero de 2013


Repudiamos de manera vehemente esos cr韒enes y expresamos nuestras condolencias a los jerarcas de la Iglesia y a las familias y feligreses de los pastores sacrificados.

 


A qué punto de degradación moral y de absoluto desprecio por la vida habremos llegado, que en un país de mayoría católica, que se precia de su religiosidad, ya son tres los sacerdotes asesinados en lo poco que va del año. La primera víctima fue el padre José Francisco Vélez Echeverri, apuñaleado el 16 de enero en el patio de su casa en Buga, al parecer para robarle. El 3 de febrero, en Riosucio, Caldas, asesinaron al presbítero José Ancízar Mejía Palomino, de 84 años, y dos días después se reportó la muerte a manos de sicarios motorizados del sacerdote Luis Alfredo Suárez Salazar, ocurrida en Ocaña, Norte de Santander, donde el prelado se encontraba de vacaciones. 


La Iglesia ha tenido mártires a lo largo de su milenaria historia, unos por dar testimonio de su fe ante sátrapas y tiranos de toda laya y otros porque han caído víctimas de la persecución sectaria, religiosa o política. Pero no hay un patrón tan claro en las muertes de sacerdotes, religiosas y religiosos en Colombia, al menos dentro del registro que se tiene desde 1984. Por un lado, al igual que los demás ciudadanos, curas y monjas están expuestos a los problemas de inseguridad de las ciudades y a sufrir eventuales ataques de la delincuencia común, como pudo suceder con los mencionados arriba. De otra parte, y esto es más grave, muchos han pagado con su vida o han tenido que abandonar su trabajo pastoral en zonas rurales o en áreas urbanas marginales, ante amenazas de grupos al margen de la ley, llámense guerrillas, paramilitares, carteles del narcotráfico o bandas criminales.


La Asamblea de obispos reunida esta semana en Bogotá se mostró consternada por las últimas muertes y muy preocupada por la frecuencia de los homicidios y también por la impunidad, que es la nota dominante en casi todos ellos. Recordó que en 2009 murieron violentamente 5 sacerdotes, al año siguiente cayeron tres, en 2011 seis y en 2012, uno. En total, según los registros de la Iglesia, en los últimos 29 años han caído, víctimas de la violencia en el país, un arzobispo, un obispo, 83 sacerdotes, cinco religiosas, tres religiosos y tres seminaristas. 


¿Cómo olvidar el secuestro y posterior asesinato en 1989, a manos del Eln, de monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, obispo de Arauca? ¿O el atentado del 16 de marzo de 2002 en que perdió la vida monseñor Isaías Duarte Cancino, arzobispo de Cali y por muchos años pastor de almas en la región de Urabá, donde había dejado un legado imborrable de liderazgo y servicio pastoral y social? Valga un paréntesis para reconocer que el de monseñor Duarte es de los pocos magnicidios esclarecidos por la justicia colombiana. Como autor material de su muerte, paga 36 años de cárcel Alexánder Zapata, alias ‘Cortico’, y hace un año, un juzgado especializado de Cali condenó a los miembros del secretariado de las Farc, ‘Timochenko’, ‘Iván Márquez’ y ‘Pablo Catatumbo’, determinadores del homicidio, a 25 años de cárcel y a pagar una indemnización de mil millones de pesos por daños morales a la familia del prelado. De modo que la Iglesia hace parte de las víctimas, tan desconocidas en la flamante negociación de La Habana. 


Aun cuando el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Rubén Salazar Gómez, admita, con resignación, que “como Iglesia no escapamos de la situación de violencia que vive el país” y que “sería casi imposible que no cayeran sacerdotes dentro de tantos muertos que hay diariamente”, nosotros sí creemos que el fenómeno amerita la más seria reflexión de los colombianos. Y, por supuesto, la atención del Gobierno, a todos los niveles, para que la labor de los clérigos – siempre orientada a servir al pastoreo de almas y en casi todos los casos a liderar programas de beneficio social en estrecha colaboración con entidades del Estado – pueda desarrollarse de la mejor manera y sin poner en riesgo su integridad y su vida. 


Repudiamos de manera vehemente esos crímenes y exigimos de las autoridades su pronto esclarecimiento y el condigno castigo de los responsables, al tiempo que expresamos nuestras condolencias a los jerarcas de la Iglesia y a las familias y feligreses de los pastores sacrificados.