Columnistas

A punto de salir de las sombras
Autor: Raúl Benoit
2 de Febrero de 2013


En lo que pareciera una carrera contra reloj entre republicanos y demócratas para ganarse o conservar la simpatía de los hispanos en los Estados Unidos, algunos políticos se echan al hombro la carga de una reforma migratoria a como dé lugar.


En lo que pareciera una carrera contra reloj entre republicanos y demócratas para ganarse o conservar la simpatía de los hispanos en los Estados Unidos, algunos políticos se echan al hombro la carga de una reforma migratoria a como dé lugar.


Es el tema de moda y los más esperanzados son los indocumentados honestos que vinieron con el espejismo de un sueño americano y con la idea de enterrar la pobreza que sufrieron en sus países.


Lo interesante de este momento histórico que vive Estados Unidos, es que por fin los republicanos se dieron cuenta que el voto hispano es indispensable para reconquistar el poder. A quien madruga Dios le ayuda, dice el refrán.


Es interesante la visión del senador Marco Rubio, un inteligente y sagaz político cubano-americano de la nueva generación, quien, sin ningún temor ni pena, resolvió suavizar su discurso y evolucionar su propuesta para ser el primero en presentar una ley de reforma migratoria en el Congreso. Antes estaba en contra de darle una oportunidad integral a los inmigrantes. 


El año pasado, Rubio estuvo a punto de proponer una reforma restringida que no planteaba explícitamente una vía de negociación, sino que exigía renovar cada 2 años el permiso de residencia y ofrecía una “licencia” temporal para trabajar. Es como imponer a un estudiante escolar matrícula condicional. 


Algunos dicen que Rubio no cambió de postura sino de lenguaje y en ese nuevo contexto propone “modernizar el sistema migratorio en la nación”, anticuado, inhumano y odioso que necesita cambios drásticos. A todos los que llegan a los Estados Unidos sin papeles, se les tilda de ilegales y se les mira con recelo.


Sin embargo, hay que admitir que Estados Unidos es una nación generosa que recibe cada año a más de un millón de inmigrantes para vivir legalmente.


Rubio plantea darle prioridad a la seguridad fronteriza, frente a la ciudadanía. En eso tiene razón. No sería práctico que se le permita residir, en cualquier nación del mundo, a una persona que llega a delinquir o viene a esconderse de un crimen y por ese miedo, las leyes son injustas en varios estados: los inmigrantes son hostigados como bandidos; no les dan licencia de conducir y viven ocultos ofreciendo sus servicios a bajo costo para sobrevivir. Los empresarios se benefician de esa condición de ilegalidad y les pagan sueldos miserables.


¿Qué pasará cuando la mayoría de indocumentados pase a la fuerza laboral legal? ¿Tendrán derecho a los sueldos de los angloamericanos, similares prestaciones y servicios de salud? ¿Quién va a pagar esos costos? Todo se traducirá en un aumento de los precios, por ejemplo, en los productos básicos del hogar que llegarán caros al consumidor. A muchos les conviene la ilegalidad. 


Hay que mirar con lupa las propuestas porque siempre benefician a una minoría de poderosos y ricos.


No olvidemos que Barack Obama es el verdadero artífice de esta nueva era que favorecería a muchos de los 11 millones de indocumentados que viven en las sombras en los Estados Unidos. Él sabe que tiene que aprovechar el consenso bipartidista que se gesta hoy. Obama promete que antes de que finalice el año habrá reforma. Así de contundente.