Editorial

Obama II
22 de Enero de 2013


Hacemos votos por el éxito de su segundo mandato, porque, aunque suene a lugar común, si al presidente de los EE.UU. le va bien, le va bien a su país y también a Colombia, a quien nadie despojó aún de su título de principal aliado


Resuelto a darle un toque singular a la inauguración de su segundo mandato, que lo reafirme como el presidente más popular desde los tiempos de su antecesor demócrata, John F. Kennedy, Barack Obama no solo juró dos veces -una el domingo en un acto privado en el Salón Azul de la Casa Blanca y otra ayer en Capitolio ante cerca de 800.000 personas-, sino que lo hizo con las manos sobre dos Biblias, la que usó el presidente Lincoln y la que perteneció al pastor negro Martin Luther King, cuyo natalicio se conmemora precisamente el 21 de enero, fiesta nacional en EE.UU. Fuera de eso escogió a una famosa cantante negra para que entonara las notas del himno, y en un abierto desafío a las mentes ultraconservadoras, eligió a un poeta gay, de origen cubano, para que recitara una de sus obras en el acto de investidura. 


Aparte de esos gestos de inocultable sello populista, su discurso de posesión -coloquial y cargado de invocaciones a Dios y a la memoria de los padres fundadores de la gran nación norteamericana- estuvo precedido en muchos de los párrafos por la muletilla de combate: “Nosotros, el pueblo...”, y cargado de pullas a los ricos y a quienes se oponen a las reformas sociales que viene prometiendo desde su primera campaña y que no ha podido cumplir, como aquella del nuevo estatus migratorio. Una primera pulla fue para el sector financiero, responsable de la última gran crisis: “Juntos, hemos descubierto que un mercado libre solo prospera cuando hay reglas que aseguren la competencia y el juego limpio”. Luego lanzó este mandoble más generalizado: “Porque nosotros el pueblo, entendemos que nuestro país no puede tener éxito cuando unos pocos que cada vez son menos viven bien y que las mayorías en aumento apenas sí salen a flote. Creemos que la prosperidad de Estados Unidos debe descansar sobre los hombros de una pujante clase media”. 


Defendió el que quizá fue su mayor logro social en la primera etapa de gobierno, el Medicare y el Medicaid, frecuentemente atacados por la oposición por su alto costo fiscal. “Nosotros, el pueblo, aún creemos que cada ciudadano merece una medida básica de seguridad y dignidad. Debemos tomar las decisiones difíciles para reducir los costos del cuidado de la salud y tomar control de nuestro déficit”. Esa reforma al sistema de salud y la renovada promesa de sacar adelante en este período la reforma migratoria, pesaron sin duda de manera importante en su reelección y, por lo que se desprende de su discurso, parece decidido a dar la batalla, como hijo de inmigrantes, por un sistema que aboque de fondo la solución del problema de convivir con 12 millones de extranjeros ilegales, sabedor de que tiene más posibilidad de éxito ahora que ya no tiene angustias electorales, mientras juega con la necesidad de votos que tendrán sus opositores en el Congreso. Al tema aludió de manera poética: “Nuestro viaje no está completo hasta que encontremos una mejor manera de dar la bienvenida a los esperanzados y luchadores inmigrantes que todavía ven en Estados Unidos la tierra de oportunidad, hasta que los brillantes estudiantes y los ingenieros sean enlistados en nuestras fuerzas de trabajo en lugar de ser expulsados de nuestro país”.


Se trató de un discurso fundamentalmente centrado en problemas domésticos, y la única alusión a lo que puede esperarse de su política exterior fue cuando dijo que “Nosotros el pueblo, todavía creemos que la seguridad permanente y la paz duradera no requieren de una guerra perpetua”, y habló de que “Estados Unidos seguirá siendo el ancla de las fuertes alianzas en todos los rincones del mundo... Apoyaremos la democracia desde Asia hasta África; desde las Américas hasta el Medio Oriente, porque nuestros intereses y nuestras conciencias nos obligan a actuar en nombre de aquellos que buscan la libertad”. 


Sin haber pertenecido nunca al coro obamista mundial, hacemos votos por el éxito de su segundo mandato, porque, aunque suene a lugar común, si al presidente de los EE.UU. le va bien, le va bien a su país y también a Colombia, al que nadie despojó aún de su título de principal aliado y socio en Latinoamérica.