Columnistas

¡¿Qué honor?!
Autor: Lázaro Tobón Vallejo
18 de Enero de 2013


“El secreto de la educación está en el respeto al discípulo” (Ralph W. Emerson)

“El secreto de la educación está en el respeto al discípulo” (Ralph W. Emerson)
Inicié con la cita de Emerson, porque me he encontrado en el transcurso de la vida con dos tipos de profesores, aquél que se cree dios bajado de los cielos y el otro que prepara a sus muchachos y muchachas para enfrentarse de manera correcta a la vida.


En cuanto al primer tipo, me acuerdo del primer día como ‘primíparo’ en la universidad;  como Rin Rin Renacuajo, muy tieso y muy majo, llegó el profesor: “Buenos días, soy “fulanito”, les vengo a dictar Historia del Derecho Romano, todo lo que escuchen de mí en los pasillos es verdad”. Y resultó siendo verdad. Gracias a él y otras “lumbreras” a las que se les tenía que decir “doctor fulano…” parar iniciar un diálogo en clase, pero que poco aportaron en la formación académica, mi vocación por seguir la carrera de derecho se desvió.


Hace poco comentó una pariente en una reunión familiar: “Estaba en el consultorio del médico de mi suegra, y en la conversación sostenida con él, le dije que mi hijo había sido su estudiante. Él me dijo: “Entonces debe decir que soy una dulzura, un ángel”. A lo que yo le respondí: sí, claro, doctor. Él ripostó: “Entonces no fue alumno mío, de mi dicen todo lo contrario”. A este doctor tuve el “des-placer” de conocerlo y es el fiel reflejo de lo que es en el aula, pero no con los estudiantes, sino con los pacientes.


También están los docentes que orgullosamente se hacen llamar los ‘atilas’. Los reyes de los (h)unos. Felices ven como en cada prueba rueda la sangre por la masacre académica de sus estudiantes.


Este tipo de docentes son los que tenemos que erradicar de las aulas, porque en vez de ayudar a transformar ese carbón que llega al aula en un diamante para la sociedad, contribuyen en que el estudiante en la educación primaria y secundaria se bloquee en ciertas asignaturas (ejemplo, las de las áreas de las ciencias exactas y los idiomas), que le afectará el rendimiento en la educación superior, o que termine desertando del sistema educativo en cualquiera de sus niveles. Tampoco es el otro extremo, el docente paternalista, regalón y facilista. Esos también ayudan a que el diamante en bruto se quede bruto.


Recuerden que la mejor retribución que un docente puede tener al finalizar el curso es cuando los estudiantes se acercan y dicen: “Gracias, profesor, por sus enseñanzas”. Ahí usted dejó una impronta imborrable.


Siéntase orgulloso de ser docente. La docencia es un apostolado y no un “desparche”, como llegan muchos a ella. Estos son los ‘atilas’ de la academia.


“Un profesor trabaja para la eternidad: nadie puede predecir dónde acabará su influencia”. H.B. Adams.