Columnistas

El dios dinero
Autor: Dario Ruiz Gómez
14 de Enero de 2013


Llegamos a pensar que el film de Oliver Stone “Wall Street” era exagerado en su feroz análisis del mundo de la Bolsa, escenario donde las bajas pasiones se desatan bajo el imperativo de las ganancias

Llegamos a pensar que el film de Oliver Stone “Wall Street” era exagerado en su feroz análisis del mundo de la Bolsa, escenario donde las bajas pasiones se desatan bajo el imperativo de las ganancias obtenidas a como dé lugar y en donde solamente impera la ley biliosa de la codicia. Un personaje como Madoff vino a agregar a la astucia del estafador el caché de un verdadero gentleman, lo que facilitó que pudiera embaucar a personajes del alto mundo neoyorquino, convenciéndolos de que obtener rápidas ganancias era lo propio de su condición de elegidos sociales, lo que los diferenciaba del delincuente vulgar. Lo terrible del capitalismo financiero tal como lo condena Ratzinger es que despierta una codicia desesperada, en que el amigo traiciona al amigo, el hijo al padre, el truhán a la viuda incauta. Es la vorágine social despertada y alentada por el ansia desenfrenada de obtener ganancias rápidas.


La historia de la quiebra empresarial -recordemos el caso de la Enron- va de la mano con el ejercicio de la viveza. La historia de las estafas financieras va acompañada de un factor desde el cual opera el estafador: el hecho de que quienes han sido engañados guardarán silencio para no aparecer ante la opinión pública como unos ingenuos provincianos que fueron engatusados por la habilidad de unos delincuentes. De por medio actúa la codicia y la arrogancia de quienes llegaron a considerarse como un club exclusivo, una aristocracia, para, finalmente, asumir, desde el estupor del engañado, una inesperada situación: la pérdida de su jerarquía social. En estos grandes engaños no hay, por lo tanto, grandeza alguna y “el gran dinero” derrumba calles, mansiones, piscinas, criados, lujosas oficinas.


La gran Martha Nussbaum nos recuerda al respecto y con claridad: “Si el verdadero choque de civilizaciones reside, como pienso, en el alma de cada individuo, donde la codicia y el narcisismo combaten contra el respeto y el amor, todas las sociedades modernas están perdiendo la batalla a ritmo acelerado, pues están alimentando las fuerzas que impulsan la violencia y la deshumanización, en lugar de alimentar las fuerzas que impulsan la cultura de la igualdad y el respeto”. Porque el dios dinero impulsa la avidez de los avivatos, un narcisismo provinciano alimentado por una educación que suprimió brutalmente las humanidades para imponer a cambio un crudo pragmatismo. Y para el pragmatismo financiero el dinero es algo que está por encima de logros humanos como hogar, calle, fondos de pensiones, seguridad para el anciano, el campesino.


“Adiaforizar” una acción, señala Zygmunt Bauman, es “declararla moralmente neutra; o más bien, someterla a pruebas, según criterios no morales, al mismo tiempo que se la exime de toda evaluación moral”. Y el sabio anciano aclara: “La creciente multiplicación de comportamientos delictivos no es un obstáculo hacia una sociedad consumista desarrollada y que no deja resquicios. Por el contrario es su pre-requisito y acompañamiento natural”. La diferencia entre la llamada delincuencia de “guante blanco” -aquella que se da entre la llamada “gente de bien”, en la llamada “High life”- en nada se diferencia hoy de la criminalidad del narcotráfico, de los especuladores, en la medida en que el origen del capital ya no se pregunta, en que el dinero por el dinero ha terminado por borrar en una sociedad y en la justicia los restos de humanidad que le quedaban.


Es por esto que Ratzinger termina por condenar abiertamente el llamado capitalismo financiero al comprobar esta devastación de los valores: “Ya no queda espacio en nosotros para alojar al pobre, al extranjero, al perseguido”. Recordemos que Madoff fue condenado a 150 años de cárcel.


(Para Juan Luis Mejía, un humanista)