Columnistas

Reacomodos criminales
Autor: Jaime A. Fajardo Landaeta
10 de Enero de 2013


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Siempre que se producen horrores como el acaecido el último día del año pasado en el municipio de Envigado, cuando fueron asesinadas nueve personas que departían en una finca, aparecen múltiples especulaciones para oscurecer el panorama, generar intranquilidad y propiciar el desconcierto entre algunas autoridades.


Aunque lo sucedido refleja cierto nivel de reacomodo de la llamada “oficina” tras las capturas de Sebastián y Valenciano, no implica que así se esté definiendo un nuevo organigrama o líder para la organización. Tal vez eran tópicos de la agenda de aquella reunión mafiosa, pero reducirla a eso es desconocer las complejas fibras de estos andamiajes criminales.


Además, tras la caída de cada cabecilla quedan mandos medios en una situación de horizontalidad que deriva en acciones cruentas. Por eso las autoridades no pueden dejarse despistar, y más bien deben concentrarse en atacar la raíz de esta problemática y abundar en el propósito de restarle capacidad de maniobra y de incidencia social.


Puede que de este acontecimiento se deriven problemas mayores que afecten la seguridad y la convivencia, pero no es cierto como dicen algunas “loras en estaca” que la delincuencia está en ventaja. Muy por el contrario, en mi análisis particular encuentro que en la lucha contra la empresa criminal del narcotráfico y sus socios, la tendencia favorece a las autoridades y a la institucionalidad. Miremos, a simple vuelo de pájaro, las estadísticas de bajas y capturas de mandos medios y grandes capos y la desarticulación de importantes estructuras del narcotráfico, para comprobar lo que aquí se afirma.


En la medida en que la administración municipal de Medellín y sus similares del Área Metropolitana continúen buscando alternativas de orden integral para atacar las distintas expresiones del negocio ilegal, la distribución, venta y consumo de alucinógenos, a tiempo que fortalecen su presencia institucional en el territorio, incrementen la inversión social, atacan las estructuras financieras ilegales, rebajan los indicadores de violencia y depuran los órganos policiales y de investigación, en esa medida la delincuencia perderá terreno.


Esos propósitos son objetivos alcanzables y posibles y la actual administración los tiene bien claro.


Estamos frente a problemas estructurales ya consolidados, pero lejos de las épocas en que casi todo el establecimiento quedó al servicio del crimen, hoy la disposición a combatirlos es más firme. Por eso resulta curioso que surjan ciertos personajes que aparentan verticalidad ante estas organizaciones y sus jefes, aunque en la práctica se suman al coro de críticas sesgadas posterior a cada expresión violenta, con lo que parecieran muy interesados en que se mantenga algún statu quo delincuencial.


Los reacomodos son propios de la dinámica de estas organizaciones, así que se van a repetir. Las autoridades tendrán que mejorar aún más los instrumentos y componentes de la política criminal y mantener su integralidad, avanzando en la judicialización y la denuncia, acercando más a la gente que padece el conflicto, principalmente a las víctimas, generando oportunidades para los jóvenes implicados o en riesgo (en lo que se ha perdido algún terreno), y consolidando apuestas de mayor calado como es el caso de la Secretaría de Seguridad, de la alcaldía de Medellín. Solo así ganamos esta lucha, dejando de lado las veleidades propias de ciertas aves de mal agüero.