Columnistas

El cementerio de los libros olvidados
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
20 de Diciembre de 2012


En los primeros días del verano de 1945, el niño Daniel Sempere camina de la mano de su padre librero, todavía triste y afligido por la prematura viudez, al “cementerio de los libros olvidados”.

En los primeros días del verano de 1945, el niño Daniel Sempere camina de la mano de su padre librero, todavía triste y afligido por la prematura viudez, al “cementerio de los libros olvidados”. El encuentro de padre e hijo en el misterioso depósito de libros abandonados es el hilo que tira de la trama de la novela barcelonesa “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón. En la mente de sus lectores se queda grabada la imagen conmovedora del peculiar laberinto, con sus largas y angostas galerías llenas de polvo, ácaros y libros condenados a la muerte lenta del olvido en solitarias y frías bóvedas, inalcanzables para la mayoría de los mortales. Es tal el impacto, que años más tarde Daniel lleva a su novia Beatriz Aguilar al mismo lugar: “Era ya noche cerrada cuando nos detuvimos frente al portón del Cementerio de los libros olvidados en las sombras de la calle Arco del Teatro”, en el último tramo de La Rambla de Santa Mónica.


La novela ubica El cementerio en un lugar oscuro de la calle Arco del Teatro y no en la librería de la Calle Canuda a donde hoy llevan las corrientes turísticas multicolores que recorren Barcelona siguiendo las rutas de los libros de Ruiz Zafón.


En la calle Canuda, en dirección a las ruinas romanas de la Plaza de la Vila y a un lado del Ateneo, sitio donde transcurren los primeros encuentros de Daniel con la primera mujer que amó, Clara Barceló, con la literaria excusa de leerle el libro misterioso, se ofrece una réplica simple del cementerio de los libros olvidados. Detrás de una cortina, una estrecha escalera lleva al sótano, donde estanterías de metal guardan libros cuidadosamente clasificados: historia, literatura, filosofía, inglés, francés. Sin afanes, repasamos los títulos para encontrar el más seductor, quizás para repetir la búsqueda de Daniel pero no la trágica trama de su libro secreto.     


Polémicas comerciales aparte, una pregunta asalta a los visitantes: ¿Cómo llegaron esos libros allí? Algunos tienen sus páginas vírgenes, privados del placer de compartir experiencias y conocimientos; otros fueron desterrados del calor del hogar tal vez como un acto de venganza por una herida incurable; para unos más, este es el último refugio luego de la muerte de sus dueños. Lo más doloroso después de la muerte de una persona es ver cómo sus herederos se desprenden de sus libros, entregados al mejor postor por unas cuantas monedas, tirados a la bolsa de reciclaje incapaces de ver sus ocultos tesoros, o condenados a lucir como artículos decorativos en falsas bibliotecas, sus páginas selladas como el ataúd de su legítimo dueño.


Cada libro tiene su propia historia en relación con su propietario. ¿Por qué lo adquirió? ¿Encontró en él lo que buscaba o está allí precisamente como resultado de una decepción? ¿Hubo química entre autor y lector? Desprenderse de un libro es un acto de crueldad, además de los delitos de sangre, obviamente, y de aquellas acciones contra la dignidad de la vida, los genocidios y los delitos de lesa humanidad. Un libro es un amigo, un confidente que entrega sus secretos, que invita a desentrañar sus misterios, es una fuente de sabiduría. Un libro viejo es un viejo amigo.


Un legítimo deseo es pensar que no deberían existir los cementerios de libros, porque los libros jamás mueren y porque la historia de cada libro es también una novela.


“Viejos libros para leer/Viejos leños para quemar/Viejos vinos para beber/Viejos amigos para confiar”, como dice el escrito encontrado junto a la chimenea de la casa de la ganadería Galache, en Salamanca.