Editorial

De ‘tregua unilateral’ y otras marrullas
21 de Noviembre de 2012


Las Farc pretendieron poner en calzas prietas al Gobierno, haciéndolo aparecer ante el país y la comunidad internacional como el intransigente, pero, por lo visto y oído, este no les pisó la cascarita.

Con su anuncio de “tregua unilateral” y su insistencia en que se dé “participación a la sociedad civil” en la llamada segunda fase del proceso de diálogos que se inició este lunes en La Habana, las Farc pretendieron poner en calzas prietas al Gobierno, haciéndolo aparecer ante el país y la comunidad internacional como el intransigente. Pero, por lo visto y oído, este no les pisó la cascarita. Tampoco los colombianos – que ya conocen de vieja data su ánimo tramposo – le dieron relevancia a la declaración, con excepción de algunas pocas voces interesadas en ver en ello un supuesto gesto de voluntad de paz.


Violando el pacto de discreción acordado con la contraparte, el jefe negociador de las Farc, Iván Márquez, aprovechó la presencia del centenar de periodistas agolpados a la entrada del Palacio de Convenciones de la capital cubana para leer un comunicado del secretariado en que “se ordena a las unidades guerrilleras en toda la geografía nacional el cese de toda clase de operaciones militares ofensivas contra la Fuerza Pública y los actos de sabotaje contra la infraestructura pública o privada”. Ya es un cañazo que una guerrilla en consunción presuma ante la prensa extranjera de gran presencia territorial y de estar “a la ofensiva”, cuando la verdad es que, mientras sus altos jefes se refugian hace tiempo en el exterior, aquí sus huestes rehúyen la confrontación con el Ejército y toda su actividad se reduce a proteger sus pingües negocios de narcotráfico, minería ilegal, extorsión, etc., en alianza con las “bacrim”; a cometer atentados contra puestos de policía, y a atacar poblaciones inermes, en clara y abierta violación del Derecho Internacional Humanitario.


Es importante recordar que las Farc también hablaron hace 13 años de “cese unilateral de acciones ofensivas”. Eso fue exactamente el 20 de diciembre de 1999, después de emboscar y masacrar a nueve militares en la Guajira, y prometieron que su tregua duraría hasta el 10 de enero de 2000. En nuestro registro tenemos declaraciones del entonces comandante del Ejército, general Jorge Mora Rangel, quien denunció el 7 de enero que aquello había sido un engaño y que, en lugar de disminuir, habían aumentado los asesinatos de policías y soldados, los secuestros y las extorsiones a civiles y toda clase de delitos por parte de esa guerrilla.


Las dos últimas proclamas del comunicado de marras desnudan la intención de presionar al Gobierno para que renuncie, en primer lugar, a uno de sus inamovibles. Reclaman “¡Alto al fuego y a las hostilidades gubernamentales!” Los colombianos tomamos atenta nota de los “tres principios rectores” que expuso el presidente Santos en su alocución del 27 de agosto pasado, cuando confirmó la apertura de acercamientos con las Farc: Uno, “cualquier proceso debe llevar al fin del conflicto, no a su prolongación”; dos, “aprender de los errores del pasado para no repetirlos”; y tres, “mantener operaciones y presencia militar sobre cada centímetro del territorio nacional”.


Nos da bastante tranquilidad que el Comandante Supremo se ratificara en ese compromiso, al responder a preguntas de la prensa extranjera durante la Cumbre Iberoamericana, en Cádiz, sobre los reclamos de algunos sectores en Colombia, cercanos a las Farc: “Hay algunos que están proponiendo treguas, cese del fuego. Mi respuesta ha sido clara y contundente: ‘no hay tregua ni cese del fuego’.”  Y por las categóricas declaraciones que en el mismo sentido le hemos escuchado al ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, en relación con la “tregua unilateral” de las Farc, todo indica que no hay vuelta atrás y que la ofensiva de las Fuerzas Militares y de Policía seguirá siendo contundente.


Y en relación con el reclamo de una “presencia del pueblo” en la mesa de conversaciones, se podría replicar que Colombia es una democracia y, en consecuencia, es el Gobierno su legítimo personero y sus representantes en la mesa los llamados a defender allí sus más caros intereses. Lo demás es pura marrulla demagógica y dilatoria de las Farc y sus “compañeros de viaje”.