Columnistas

El negocio maldito de la guerra
Autor: Iván Guzmán López
20 de Noviembre de 2012


Thomas Mann, el extraordinario autor de La montaña mágica, decía que “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.

Thomas Mann, el extraordinario autor de La montaña mágica, decía que “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”. En tono parecido, aunque un poco más duro, opinaba mi admirado filósofo, biógrafo y escritor francés Romain Rolland: “Considero odiosa la guerra, pero lo son más aquellos que la cantan sin hacerla”.


Y así podría citar a más autores amigos, todos con palabras cargadas contra la vergüenza de la guerra, pero considero de suficiente monta y contenido los ya citados. Lo cierto es que los colombianos estamos hartos de esta guerra nuestra de cada día y de cada año y de cada generación. Ya son suficientes los más de 200 años que llevamos en guerra, desde el momento mismo del llamado “Grito de Independencia”. Sobra decir que desde entonces hemos vivido una perenne “Patria Boba”, durante la cual, y especialmente en estos últimos 50 años, hemos cumplido al pie de la letra el mandato demoníaco de “mataos los unos a los otros”. Desafortunadamente, es necesario decir que en buena parte del conflicto, en su incubación, implementación y desarrollo, ha estado implicada la tradicional dirigencia política, económica y social, que ha visto en ello intereses mezquinos y personales, generando así profundas desigualdades y fenómenos aberrantes y retrógrados de monopolio, marginamiento progresivo, exclusión, altos niveles de pobreza, pobreza extrema e indigencia. Y es tarea de todos, pero muy especialmente de la clase política, la búsqueda afanosa de alternativas para terminar con ella. Por eso es esperanzador el inicio de los llamados “diálogos de paz”.


Y aunque el pesimismo ha calado en muchos compatriotas como consecuencia del calenturiento discurso en Oslo del rebelde Iván Márquez, lo cierto es que los colombianos debemos tomar el asunto con tranquilidad, considerando que era casi lógico que la ventana abierta ante el mundo a las farc, sería aprovechada para su eterna cantinela.


Los colombianos debemos saludar y apoyar la iniciativa de paz de parte del gobierno del presidente Santos y de la cúpula de la guerrilla misma. Sin duda, como dice Thomas Mann, la guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz, y ella (la guerra), de por sí contradice los postulados mismos de la civilidad, las teorías de la negociación de conflictos y la visión moderna de una sociedad, más si ésta se ubica entre las lindes de un Estado de Derecho. Algunos estadistas de parroquia saben (y de ello sacan provecho), que es más fácil mandar inocentes a la guerra, que asumir los retos del desarrollo y de la paz. Afortunadamente, a ello se opone el grueso de la población colombiana y buena parte de la comunidad internacional, en cabeza de los Estados Unidos, la Secretaría General de la ONU, la Unión Europea, la OEA, Unasur, y los gobiernos amigos, entre ellos muchos de Europa.


Todo lo que se haga por la búsqueda de la paz (dentro de un marco legal y racional), debe ser plenamente apoyado, más si la iniciativa está sustentada en principios claros, como los planteados por el Presidente de los colombianos: aprender de los errores del pasado, conversaciones bajo la idea de la terminación del conflicto armado como punto de llegada, la advertencia de que la Fuerza Pública no dejará de operar en ninguna parte del territorio nacional, y la puerta abierta para que otras fuerzas levantadas en armas se vinculen a dichas conversaciones.


¡Claro que es odiosa la guerra! pero más aquellos que la cantan sin hacerla, como dice Romain Rollan. Esto lo debe entender  una minoría poderosa que se opone a cualquier salida negociada, por mero asunto personal o el cálculo infame de réditos políticos o económicos. La terminación del conflicto armado, conocido comúnmente como “la Paz”, es un imperativo ético, moral y social, que debemos exigir todos.


Puntada final: mientras los negociadores disfrutan de la cálida Habana, en Colombia lamentamos que se pretenda demostrar fuerza con la flaqueza de atentar contra la población civil, pobre y abandonada. Entendemos el cuento de la “escalada del conflicto”, pero también sabemos que es más doloroso y menos productivo, negociar sobre la sangre derramada de tantos compatriotas inocentes.