Columnistas

Corrupción en las aulas
Autor: Lázaro Tobón Vallejo
8 de Noviembre de 2012


Pensar en una sociedad transparente, respetuosa de la propiedad material e inmaterial del otro pareciera utópico.

Pensar en una sociedad transparente, respetuosa de la propiedad material e inmaterial del otro pareciera utópico. Cada día escuchamos, leemos, vemos en y por los diferentes medios de comunicación los alcances de la corrupción en todos los niveles, tanto en la administración pública como en las organizaciones privadas.


El ex presidente Julio César Turbay (1978-1982), manifestó que la corrupción se debía reducir a sus justas proporciones, esto significa que se debe cohabitar con el delito de la corrupción, pero que no sea de manera desproporcionada. ¿Es posible determinar cuál es el nivel óptimo de corrupción?, ¿será que la corrupción amerita calificativos tales como: casi corrupto, poco corrupto, corrupto o muy corrupto? No, la persona es o no es corrupta, sin más calificativos.


Uno de los casos de mayor corrupción en los últimos tiempos en el país fue el carrusel de la contratación en Bogotá, en dónde uno los principales implicados, Guido Nule, se gradúo de una prestigiosa universidad con referente nacional, con la tesis: “Responsabilidad social, ética y educación”.


Entonces, ¿cómo se puede romper la tendencia de la “corrupción en sus justas proporciones?” Es en el proceso educativo, tanto en los niveles precedentes como en la educación superior. La academia es el escenario en dónde se debe dar inicio al quiebre de la línea de la corrupción.


Actos de corrupción que pasan desapercibidos por la comunidad académica o que se prefieren ocultar, son tan comunes como la inasistencia a clase de un profesor sin justa causa y que no reponga la clase, o la entrega tardía de las calificaciones o su utilización como medio de presión contra un estudiante determinado, o el hecho de cohonestar con el fraude realizado en una determinada prueba.


En el derecho penal se trabaja la teoría de la tipicidad del delito, entendiéndose por tipicidad “al encuadramiento de la conducta humana al tipo penal (el tipo)” (http://teoriadeldelitopenal1.es.tl/La-Tipicidad.htm). Por ejemplo, si la norma estipula “…que el que copiare a otro…”, y una persona copia a otro compañero en un examen, un trabajo o simplemente de internet con el famoso “copy-paste”, la acción de copiar es una conducta típica antijurídica. Allí pecan tanto el que copia como el que se presta para que le copien y el que a sabiendas no denuncia una copia se convierte en cómplice, sujeto a las investigaciones respectivas.


La conducta antijurídica de copiar no debe estar relacionada con el valor de una nota, ni del tipo de prueba, sino con la intencionalidad del infractor en cometer la falta y llevar al engaño al evaluador.


Si desde el aula no se aplica con rigor la normatividad vigente, en un acto que resulta casi imperceptible en el acontecer del país, el día de mañana la academia se estará dando golpes de pecho por no haber acometido las acciones que le corresponden en la formación ética del estudiante. El estudiante de hoy, es el profesional de mañana, que con sus mismas mañas copiará el informe de un compañero o de otra persona, o tal vez venda un secreto de la organización o, por qué no, sus acciones lo lleven a “mantener la corrupción en su justa medida”.