Columnistas

¿Existe la ciudadanía?
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
1 de Noviembre de 2012


Si entendemos como elementos de la ciudadanía la autonomía, la identidad, el sentido de pertenencia, la defensa del bien común y la participación activa en las decisiones que afectan el interés general

Si entendemos como elementos de la ciudadanía la autonomía, la identidad, el sentido de pertenencia, la defensa del bien común y la participación activa en las decisiones que afectan el interés general, tendremos que aceptar que es más fácil hablar de una ciudadanía local (en el caso de Medellín) que de una ciudadanía colombiana.


Al menos así lo cree un grupo de estudiantes de diversa procedencia que ha respondido un breve cuestionario que empieza por preguntar si es posible construir una definición de ciudadanía colombiana. O, visto de otra manera, ¿qué es lo que tenemos en común los colombianos (valores, propósitos, ideales de vida), que nos haga sentir parte de una comunidad?


Algunos piensan que es difícil encontrar un elemento que nos identifique como país y que no es posible vivir una ciudadanía de los derechos, como se entiende hoy en día, porque en Colombia se vulneran permanentemente los derechos humanos. El ejemplo está en los titulares de prensa: cuando los países, por lo general, legislan para incorporar a su patrimonio ético el mayor número posible de derechos humanos, en Colombia se discute un proyecto para negarle a la salud su calidad de derecho fundamental, con lo cual se confirma que el sistema de seguridad social colombiano está montado sobre una trampa mortal: es más rentable para el sistema un usuario muerto que enfermo. ¿Podemos estar orgullosos por esto? ¿Eso nos hace felices?


Sostienen los encuestados que la identificación gira en torno a las hazañas deportivas y a los actos culturales al tiempo que no hay amor ni cuidado por los símbolos de la patria, pues se luce con más orgullo una marca comercial que una enseña patriótica.


Otra de las razones señaladas es que en Colombia no hay cohesión social y que el regionalismo no es un impulso a favor de la competitividad. Otra de las quejas indica que no construimos una historia común que tenga en cuenta las diferencias entre las regiones, ya que estamos opacados por el centralismo.


También se afirma que la corrupción política es un fuerte detonante de ese sentimiento antipatriótico que ronda entre la comunidad.


Los estudiantes piensan, en cambio, que en Medellín es más fácil encontrar rasgos de identidad, pertenencia y autonomía, aunque reconocen que una característica es el individualismo y que preocupan más las tendencias de moda que los proyectos de ciudad.


Es sano que de parte de los estudiantes exista la convicción de que la globalización no podrá imponer un sistema de cultura universal, de cultura única, cómo pretendieron en diversos momentos de la historia dictadores de distintas pelambres, aunque si advierten intereses comunes con los demás habitantes del planeta como el cuidado del medio ambiente, la lucha por los derechos humanos y la defensa de la idea de progreso.


Respecto a la educación, que siempre está en el centro del huracán por todas las funciones que se le asignan, piensan que permite obtener conciencia de los derechos más que dar movilidad social.


También se percibe cierta desazón: “Tenemos más beneficios y más garantías como consumidores de bienes y servicios que como ciudadanos. No hay cómo hacer valer los derechos ante el Estado”, se quejan. Y no les falta razón.