Editorial


A propósito del Nobel de Paz
14 de Octubre de 2012


Como en el 2002, hay quienes sugieren que algo hay de todo eso en el afán de firmar a cualquier costo un “tratado de paz” con las Farc en Oslo y La Habana, con la ‘bendición’ del ungido Chávez. Ojalá eso no sea cierto.

Como casi siempre ocurre con el otorgamiento del Nobel de Paz por parte del Comité Noruego, este año también generó polémica, sobre todo en el ámbito europeo, que el codiciado galardón recayera en una institución y no en una persona, y que justo en medio de una grave crisis económica y de confianza en su capacidad de mantener cohesionado el viejo continente, el premio se lo dieran a la Unión Europea.


Uno de los críticos -reconocido antieuropeísta, por lo demás- es el actual presidente de la república Checa, Vaclav Klaus, para quien se trata simplemente de una “broma pesada”. El expresidente polaco Lech Walesa, Nobel de Paz en 1983, dijo estar “sorprendido y decepcionado”, y aun cuando reconoce que la UE “está intentando cambiar a Europa y el mundo de manera pacífica, le pagan por esto, mientras hay cientos de activistas en el mundo con un compromiso personal por la paz”.


El reclamo del señor Walesa nos da pie para recordar que desde que el inventor e industrial Alfred Nobel los instituyó en 1901, han sido muchas las ocasiones en que el Comité Nobel Noruego fue errático en la concesión del premio, no pocas veces porque sus integrantes partieron de criterios eminentemente políticos y de sesgo claramente izquierdista. Con eso no estamos sugiriendo que el del legendario líder del Movimiento Solidaridad en Polonia no fuera un acierto, como lo fueron, en su momento -para solo citar algunos ejemplos- los otorgados a Martin Luther King, Nelson Mandela, Mijail Gorbachov, y el más reciente, en 2010, al disidente chino Liu Xiaobo, que marcó un interesante giro en las motivaciones de los otorgantes, en un abierto desafío a un régimen donde la prosperidad económica contrasta en forma dramática con la ausencia absoluta de libertades. Ejemplos de desaciertos, el Nobel a Henry Kissinger, que siempre consideramos un atropello a las realidades históricas y sociales de la época, y la exclusión inexplicable e injustificada del gran apóstol de la paz, Mahatma Gandhi.


En el 2002, escribimos el editorial “El Nobel de Paz: arma de dos filos”, en el que criticamos los criterios para la concesión del premio, pues resultaba evidente que se fomentaba una carrera desaforada entre políticos y gobernantes de países con conflictos internos, en los cuales se hacían u ofrecían concesiones injustificadas a terroristas, secuestradores y grandes violadores de derechos humanos, con la vana esperanza de alcanzar el anhelado galardón. Nos sucedió en Colombia, lamentablemente, cuando el país se embarcó en la trágica y costosa experiencia del Caguán y con base en ello los áulicos de siempre arrancaron con la campaña de promover la candidatura del presidente de entonces. Hay quienes sugieren que algo hay de todo eso en el afán de firmar a cualquier costo un “tratado de paz” con las Farc en Oslo y La Habana, con la ‘bendición’ del ungido Chávez. Ojalá eso no sea cierto.


Volviendo a la galardonada Unión Europea, nos parece que los argumentos expuestos por el Comité del Parlamento Noruego son inobjetables, justifican plenamente ese reconocimiento y no lo demeritan para nada las dificultades que hoy enfrentan sus actuales líderes por cuenta de la crisis. Por el contrario, constituye un poderoso acicate para que gobiernos, dirigentes comunitarios y pueblos de los países miembros, no desfallezcan y mantengan presente lo que significan seis décadas de contribución al avance de la paz y la reconciliación, no solo entre los europeos sino de Europa con el resto del mundo, tras superar la devastación, la muerte y el estigma de dos grandes guerras. La UE nació con la firma del Tratado de Roma en 1957. En principio fueron seis países (Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Alemania y Luxemburgo). Hoy son 27 y hay otros, como Croacia, Montenegro, Serbia y Turquía, esperando turno para entrar, pese a la crisis.


Es una lástima que el Comité del Nobel no premiara en su momento a los gestores de semejante empresa: a los franceses Jean Monnet y Robert Schuman, del lado de los vencedores de la II Guerra, y a Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, del bando de los vencidos, quienes demostraron que sí era posible perdonar, restañar heridas y emprender una lucha común por la prosperidad y la paz. Aunque nadie los recuerde ahora, este Nobel es también un tardío homenaje a su memoria.