Columnistas

La obviedad no se discute
Autor: Sergio De La Torre
30 de Septiembre de 2012


La inmensa mayoría de los colombianos saludamos la reunión de Oslo.

La inmensa mayoría de los colombianos saludamos la reunión de Oslo. Nos agobia este desangre continuo, producto de un conflicto que no tiene cómo resolverse a la brava, pues siempre renace, tras la manida, recurrente eclosión optimista, o tras de cada espejismo que nos engaña con una supuesta ventaja militar del lado nuestro, y la concomitante, fantasiosa postración final del lado opuesto. Somos tan dados a confundir los sueños con la realidad. La historia de la lucha por desterrar la amenaza terrorista y derrotar a sus agentes, abunda en frustraciones. El balance es patético, a juzgar por la voladura actual de torres y oleoductos que, sumada a las demás calamidades ya conocidas, no le permite a Colombia despegar como debiera. Vamos de desengaño en desengaño, hasta la abdicación final, en que ya nos resignemos a convivir con la fatalidad. Y esa es la peor de las derrotas: acabar habituándose al mal como quien se habitúa a una tara que lo va consumiendo hasta devorarlo.


El país se desencantó de la salida militar, al entender que si 8 años de feroz ofensiva castrense (equipada desde afuera por Washington y reforzada adentro por una población rural propensa a colaborar, brindándole al ejército información crucial) no bastaron para sofocar el desafío insurgente, nada entonces podrá sofocarlo por la sola virtud de la fuerza. Menos ahora que los gringos han disminuido tanto su ayuda, y el Ejército, por cuenta de un fuero militar que reclama y aún no le devuelven – con  la explicable zozobra judicial añadida – ya no quiere arriesgarse, como antes, a enfrentar la guerrilla o a buscarla siquiera.


Es cierto que las Farc, mermadas y agazapadas como están hoy, no son las mismas de hace 13 años. Pero tampoco son las de hace 20, cuando no contaban con la retaguardia que, a modo de salvavidas, les ofrece Chávez. El hecho es que, por diezmadas que estén, son y serán imbatibles, en estricta verdad. Dos factores, bien providenciales, intervienen a su favor. El primero, Venezuela y su larga frontera. Y el segundo, el narcotráfico, que provee recursos a tutiplén para rearmarse. Y que, de paso, las aproxima a las ‘bacrim’ y a la delincuencia común, en punible, cada vez más estrecho ayuntamiento (que borra toda inhibición moral y toda marca ideológica e  identidad política) en campos y ciudades, facilitando su labor proditoria. ¿El atentado a Londoño, perpetrado, según cuentas, por maleantes buscados y contratados en los bajos fondos, no lo está sugiriendo?


Pretender el exterminio de la guerrilla hasta el último hombre, en la Colombia  de hoy, es la más flagrante de las utopías, a cuyo cargo continuaremos patinando en una guerra de desgaste, en la cual no se sabe quién se desgasta más, si el país o los sublevados. Yo diría que el primero: atrapado en el conflicto, seguirá condenado a no poder avanzar en su desarrollo pleno, justamente ahora, cuando la coyuntura mundial y regional le resultan bien propicias para afirmarse como la tercera potencia latinoamericana, rebasando a Argentina y apenas a la zaga de Brasil y Méjico.


Nada le falta al país para dar el gran salto (el mismo, guardadas proporciones, que dieron los brasileros en los últimos lustros), pero la presencia de una guerrilla larvada que, sin dejar de disparar nunca, se esconde hoy y reaparece mañana, según sea el talante de cada gobierno, tiene obturada a Colombia, e impedida de desplegar su enorme potencial para crecer y crecer, con equidad social, en provecho de todos. En la expectativa pues de unas conversaciones serias, concisas y puntuales como las prometidas, nos estamos jugando el futuro y la suerte de otra generación, la cuarta en línea, que, de fallar el intento, tendría que soportar ella también el calvario de esta violencia irracional, que no da respiro ni concede pausa, siquiera para repensar nuestra tragedia y el cómo conjurarla de una buena vez. ¿Por qué no ensayar entonces la otra vía, la de la negociación, ahora que las Farc se prestan a ello? El sentido común, que por momentos parece escasear entre nosotros, así lo indica. Y Perogrullo, mi filósofo de cabecera, lo repite sin cesar: el peor esfuerzo no es el que resulta estéril, sino el que no se hizo.