Columnistas

La famita de Colombia
Autor: Mariluz Uribe
5 de Septiembre de 2012


Recuerdo una vez que un grupo de periodistas alemanes vino a filmar en Colombia. Curiosamente se ocuparon de grabar en bibliotecas y en general en aspectos de nuestra cultura.

Recuerdo una vez que un grupo de periodistas alemanes vino a filmar en Colombia. Curiosamente  se ocuparon de grabar en bibliotecas  y en general en aspectos de nuestra cultura. Agradecimos que no estuvieran filmando la violencia que frecuentemente aquí es motivo sobresaliente en arte, literatura,  películas, telenovelas y tal.  Cierto es que ha habido y hay violencia pero también es cierto que le sacamos el jugo... y la dramatizamos. 


Ya se sabe que cuando uno viaja le preguntan con las cejas levantadas que si de verdad es de ese país que le han mostrado en televisión, cines, pinturas, fotos y novelas... Menos mal que documentales de la TV extranjera, que ocasionalmente filman acá,  se ocupan a veces de lo bueno de Colombia y podemos ser vistos en el exterior por un público que luego quiere venir aquí. Esto es tal vez lo que ha permitido y facilitado cosas como la  inversión extranjera.


Los alemanes que les cuento filmaban en librerías y averiguaban con sus propietarios por los gustos literarios de los colombianos. También visitaron los estudios de Televisión.  Tal vez fueron de una cortesía extrema, pues nos felicitaron  por algunos programas diciendo: “Ojalá en nuestro país se pudiera hacer una cosa semejante, que la persona que presenta diga lo que ella misma ha escrito”. Y esto fue en tiempos anteriores a la grabación previa. Ojalá todos los que trabajan en TV ayudaran a mejorar la fama que nos hemos creado. Aquella que en las aduanas hace desmayar hasta a los mismos aduaneros que requisan: “¿Colombia?” Y cambian de actitud.


Una vez en París -escala en un viaje a Escandinavia a donde se viajaba sin visa- el avión no salió a tiempo y yo no tenía visa para Francia. Me encerraron en un cuarto de Inmigración,  por suerte el joven negro que arrastraba mi silla de ruedas tuvo a bien decir “respeten a la señora” y me dejaron ir a un baño y a comer algún pecadillo, mientras ellos resolvían su huelga.


Otra vez, llegando, acaso por error o necesidad a Miami, la inquisidora, cubana por casualidad,  me preguntó cuántos dólares traía. Le dije: “No sé, seguro lo que me quedó del último viaje pues en Colombia no usamos dólares”. Y armó la gritería:


- “¡Ésta señora no sabe cuántos dólares lleva!”
-  “Señorita, ésta es mi billetera, bien pueda
contarlos”
-  “¿Para que después me diga que le robé?”


No me acuerdo bien cómo acabó la cosa, seguro me empelotaron. Como lo hicieron con mi hijo y su amiga canadiense, saliendo de Bogotá para la Isla Contadora. ¡Qué vergüenza con ella! Pero si a uno lo pasan por rayos X cuando se niega a quitarse un collar, ¿qué se puede esperar? (Yo sé qué; que la gente se vuelva cada vez más pilla).


Y una vez yendo hacia Canadá, me demoré unos días en Estados Unidos y cuando llegué a Vancouver las chicas de la Requisición -¡indias de la India!- me pidieron la visa, cosa que por mucho tiempo no se exigió. Les dije que no sabía que se necesitara, pues cuando había salido de Colombia no me lo habían dicho.


-  “Ahora sí, devuélvase a su país y trae la visa”, - dijeron a coro en un inglés sucedáneo.
-  “Ese negocio me saldría caro, señoritas,  pero yo sé geografía, iré a Seattle allí cerca y allá seguro me darán la visa, pues no es que me muera por su país de refugio, pero aquí están estudiando mis hijos y necesito verlos”.


Y así fue. El cónsul canadiense en Seattle me dio una cita inmediata, me puso un sello inmediato, no miró ninguno de los papeles que quise mostrarle en los cuáles decía que la señora en cuestión no era contrabandista de bocadillos rellenos de esmeraldas, drogo-maníaca ni guerrillera, ni estaba perseguida por la CIA. E inmediatamente me invitó a tomar “a delightful Colombian coffee”.