Editorial

La sociedad Correa-Assange
22 de Agosto de 2012


Para efectos de liberar a Assange de la justicia parece que resultará infructuoso todo ese aspaviento diplomático que ha logrado levantar en torno suyo el señor Correa con sus amigos del Alba y Unasur.

El matrimonio por conveniencia entre el presidente ecuatoriano Rafael Correa y el célebre pirata australiano Julian Assange data del 5 de abril de 2011. Ese día, el portal WikiLeaks reveló que la entonces embajadora estadounidense en Quito, Heather Hodges, había reportado al Departamento de Estado que el gobernante conocía las andanzas de un funcionario policial corrupto, nombrado por él para un alto cargo. La diplomática fue declarada “persona no grata” y expulsada del país.


Desde entonces, cada uno utilizó al otro para su provecho. El 17 de abril de este año, Assange, desde su arresto domiciliario en Londres, entrevistó a Correa en su programa “El mundo del mañana”, transmitido por “Rusia Today”. El mandatario le devolvió la atención cuatro días después, con una declaración que le dio la vuelta al mundo: El señor Assange “ha sido calumniado, perseguido y linchado mediáticamente por revelar miles de mensajes que pusieron en jaque a la mayor potencia del mundo a través de WikiLeaks”.


Con esos antecedentes, no era de extrañar que el prófugo de la justicia sueca, una vez autorizada su extradición por la Corte Suprema de Gran Bretaña para que fuera a responder allí por cuatro cargos de abuso sexual, terminara refugiado en la Embajada de Ecuador en Londres y solicitando asilo al gobierno Correa, so pretexto de un supuesto complot internacional para entregarlo a las autoridades estadounidenses, donde le esperaría una larga condena por espionaje y revelación de secretos de Estado.


El ingreso de Assange a la sede diplomática el 19 de junio no fue una decisión individual e intempestiva -como quien se aferra a la primera tabla de salvación que se le presenta- sino algo acordado y planeado meses atrás, según denuncia la prensa crítica e independiente de Ecuador, que todavía existe pese al intento de amordazarla por parte del régimen. Reuniones previas de altos funcionarios con Assange y transferencia extraordinaria de recursos para adecuar la Embajada a las necesidades del futuro huésped, habrían hecho parte de los preparativos. Se trataba de montar un tinglado perfecto para que el presidente Correa pudiera aparecer ante el mundo como el adalid de la libertad de expresión y, de contera, como gran promotor del derecho de asilo. Sin embargo, se tomaron su tiempo para aclimatar una decisión que de todos modos estaba cantada, en previsión de lo que pudiera ser la reacción del imperio británico, lo mismo que las de Suecia, Australia y el propio Estados Unidos.


El 22 de junio, Correa dijo que consideraba “extraña” la naturaleza de los cargos imputados a Assange, a quien calificó de “luchador por la libertad de expresión sin límites”, pero solo el 16 de agosto pasado anunció el otorgamiento del “asilo político”, envalentonado por la supuesta amenaza británica de entrar a saco a la Embajada para capturar al australiano. “No hay amenaza alguna aquí de tomar por asalto una Embajada. Estamos hablando de una ley del Parlamento de este país, que hace hincapié en que deben utilizarse (las embajadas) en plena conformidad con el Derecho Internacional”, declaró el canciller británico. En realidad, Gran Bretaña no suscribió la Convención de Caracas sobre asilo diplomático de 1954 y aun cuando lo hubiera hecho, el Artículo 3º de ese tratado excluye del asilo político a quienes estén siendo procesados por delitos comunes, que es el caso precisamente del señor Assange.


Para efectos de liberar a Assange de la justicia parece que resultará infructuoso todo ese aspaviento diplomático que ha logrado levantar en torno suyo el señor Correa, con sus socios del Alba y de Unasur, en busca del necesario salvoconducto. Todo lo que han podido hacer esas dos organizaciones es exhortar al diálogo bilateral y lo propio hará seguramente la OEA, que ahora sí le sirve al Gobierno ecuatoriano, cuando hace unos meses Correa estaba proponiendo “eliminarla para crear un organismo mejor y nuestro, que no esté subordinado a EE.UU.”. Lo que va quedando al descubierto es el burdo aprovechamiento del drama de un falso amigo para encubrir lo que realmente es el presidente ecuatoriano en materia de libertad de expresión: “Candil de la calle y oscuridad de la casa”.