Columnistas

De “politólogos” y otras yerbas
Autor: Rodrigo Pareja
21 de Agosto de 2012


Con todo el respeto que merecen los que en Medellín pueden calificarse como tales y que caben en los dedos de una mano -los mismos que honran la especialidad desde la cátedra-

Con todo el respeto que merecen los que en Medellín pueden calificarse como tales y que caben en los dedos de una mano -los mismos que honran la especialidad desde la cátedra- hay que decir, entre risueño y airado, que en Medellín ha surgido últimamente una plaga de “politólogos” de pacotilla. Los que se creen tales por el solo hecho de balbucear cuanto chisme elucubre su frenético magín, mueven a risa y compasión cuando posan de sabihondos, conocedores, analistas, examinadores, intérpretes y falladores inapelables del acontecer politiquero parroquial. “El politólogo es un profesional que se encarga de estudiar el ejercicio del poder en un colectivo humano, con el fin de intervenir en situaciones donde estén presentes, por lo menos, los intereses de dos actores sociales que interactúan”. La anterior es, aparentemente, la mejor definición de ese profesional que con sindéresis, equilibrio, conocimiento profundo, y sobre todo, honestidad, se dedica a irradiar sus conocimientos en los claustros universitarios, siendo excepcional que algunos accedan a los medios de comunicación, aunque justo es reconocer que los dos o tres que así han actuado en el ámbito regional, lo han hecho bien y con suma altura. Pero de ahí a calificar como tales a algunos convertidos en chismorreros gratuitos de cuanto personajillo insignificante se desvive por figurar en los medios de comunicación -a veces mediante la concesión de indecorosas propinas- es confundir la chinchurria con el caviar. No se puede rebajar el análisis ponderado y con altura de un personaje importante o el de una coyuntura de la que puedan derivarse hechos o determinaciones fundamentales para la sociedad, a la intrascendente comidilla de café y al chisme barato sin ningún fundamento, muchas veces lanzado con perversa o pagada intencionalidad. Otra definición de politología que aparece por ahí y puede tomarse como cierta, es aquella que la define como ciencia que estudia el poder ejercido en un colectivo humano, al tiempo que analiza las relaciones de ese poder que se encuentran inmersas en cualquier conjunto social. ¿Sí podrá decirse que ejercen con rigor esa respetable ciencia algunos que dictan ex cátedra cuando se refieren a cualquier trivialidad ocurrida en el insoportable politiqueo nacional, departamental o municipal? Qué errados están muchos de los  que con su flabistaneo a mañana, tarde y noche se creen protagonistas de primer orden dentro del chusmaje politiquero, cuando en la realidad no pasan de ser unos pobres diablos utilizados sagazmente por otros no menos vividores que se lucran de la imbecilidad e ignorancia que todavía padecen miles de incautos. Aquí en Medellín todos los días hay graduación de “politólogos” que, armados de una grabadora y un micrófono, ostentan como tesis de grado el haber conversado o saludado por la mañana o por la tarde a un concejal, a un diputado o a un congresista, y con ese bagaje posan de tales y pontifican en muchos medios de comunicación, dentro de los cuales, justo es afirmarlo, hay unas rescatables y honrosas excepciones. Los más conspicuos exponentes de esta habladuría sin sentido, aupados por aquellos que a cualquier costa y costo pugnan por ser mencionados a toda hora, dedican buena parte de su garrulería enfermiza a jugar a la adivinación, con el lanzamiento de pronósticos electorales a diestra y siniestra, para complacencia de ciertos politiquillos, que al escuchar sus nombres experimentan una orgásmica sensación. Para desempeñar este vergonzoso y risible papel han llegado estos “politólogos” de nuevo cuño, que con su polución desmedida contribuyen a contaminar aún más, si cabe, el ya de por sí enrarecido mundo de la política nacional, departamental y municipal.