Columnistas

Condenados para siempre
Autor: Luis Ignacio Guzmán
6 de Agosto de 2012


Colombia parece ser un país de características especiales en un mundo que pregona el perdón y la reincorporación de las personas a la legalidad y a la sociedad.

Colombia parece ser un país de características especiales en un mundo que pregona el perdón y la reincorporación de las personas a la legalidad y a la sociedad.


Entre nosotros someterse a la justicia y purgar las penas impuestas no vale de nada, seguimos considerando delincuente a todo aquel que haya pasado por una cárcel nacional o extranjera, así nadie lo reclame por delito alguno al haberse puesto a paz y salvo con la sociedad por decisión de la justicia.


Ver cómo se recuerdan por los medios las acciones de ciudadanos que cumplieron condenas por sus acciones -sin su consentimiento- para percibir grandes sumas de dinero sin que autoridad alguna lo prohíba, es no perdonar a quien se acogió a la sanción y cumplió con creces la sentencia de los aparatos judiciales propios o compartidos con naciones extranjeras.


¿Cuándo los dejaremos en paz y los reintegraremos a la sociedad? En las naciones civilizadas se respetan la legalidad y la justicia; esto no es permitido, ni el aislamiento, ni la discriminación, sin causa justa por continuar delinquiendo. Quien no haya purgado penas o haya caído muerto en su accionar delictivo, será un caso a considerar como ejemplarizante, pero aquellos que fueron sometidos, condenados y purgaron la pena, sin quejas de la sociedad por sus actuaciones nuevas o el llamamiento de la justicia, deben ser respetados -incluso sin usar nombres o calificativos que conducen a su identificación-; y tratados como ciudadanos que caminan por el sendero de la legalidad y las sanas costumbres.


Igual caso debe considerarse con quienes, sometidos después de procesos de rebelión o ilegalidad, se han hecho acreedores al indulto, el perdón o la reintegración a las actividades democráticas con leyes vigentes al momento de los acuerdos y desmovilizaciones, para avanzar en procesos de apaciguamiento que ponen fin a las acciones violentas, con lo que tantas veces se ha intentado conseguir la paz.


Si no honramos el estado de ayer cómo vamos a tener el de mañana. Traer como líderes políticos en defensa de nuestras actuaciones de hoy, las actuaciones perdonadas o purgadas de los actores violentos o insurrectos del ayer, nos mantendrá en el filo de la navaja sin poder avanzar a una paz duradera y generalizada que es la que tanto hemos buscado.


Estar volviendo permanentemente al pasado siempre traerá como respuesta una noticia  que vende y un nuevo proceso con leyes de hoy para delitos de ayer. Titular como delito de lesa humanidad lo que ayer no existía es violentar el derecho y juzgar por venganza a quien por la vía de la legalidad de ayer no fue posible someter con testigos de entera credibilidad, y hoy con bandidos que nos regalan lo que alguien quiso oír, ponemos en sus manos y no de la justicia una condena que puede satisfacer a algunos, sin  la búsqueda de la plena prueba que ya en los albores de la edad media era requisito sine qua non para condenar al reo, incluso por encima de la propia confesión.


Qué bueno fuera ver debatir estos principios como en todas las épocas de la sociedad, en los recintos donde se hacen las leyes y verlos respetados donde se aplican; tanto como en los medios de comunicación que interpelan, acusan, juzgan y condenan sin fijarse que su licencia está dada para informar y en sus páginas de opinión para eso, pero con apego a los hechos.


Qué clase de justicia anhelamos: la de leyes preexistentes en un derecho escrito, o la de unos intereses vindicativos sobre el adversario, conseguidos a cualquier precio a través de delincuentes reconocidos por su daño a la sociedad que traen una verdad comprometida con intereses ideológicos, económicos o de satisfacción para aquellos a quienes la justicia no reparó la pérdida de sus seres más queridos.