Columnistas

A Ra鷏 Fajardo Moreno
Autor: 羖varo Gonz醠ez Uribe
4 de Agosto de 2012


Cuando muere el familiar de un gobernante o de alguien importante, casi siempre las notas van referidas al personaje, al dirigente.

Escribo de nuevo con el corazón -casi nunca escribo de otra manera- para hablar de Raúl Fajardo Moreno, quien falleció el pasado martes 31 de julio. Escribo al margen de mi gran amistad y aprecio por su hijo Sergio, el Gobernador.


Cuando muere el familiar de un gobernante o de alguien importante, casi siempre las notas van referidas al personaje, al dirigente. Este no será el caso, porque tengo muchas razones para pensar en Raúl Fajardo y no en el padre del Gobernador de Antioquia, aunque sin duda comparto su dolor que también hago mio. Él sabe que es así.


Raúl Fajardo está en mi vida desde que nací, como gran amigo que fue de mi padre Augusto, su colega que se le adelantó dos años y medio en partir. Más que colegas yo los sentía casi hermanos. Por eso, pese a que poco lo vi en los últimos años, yo consideraba a Raúl como un tío, o hasta un segundo padre cuando el mío me faltó. Se lo dije.


Nunca envejecido porque su rostro era sin tiempo. No recuerdo haberle oído una mala palabra. Tampoco lo escuché hablar mal de nadie y la envidia no era una de sus pasiones. Me queda como imagen característica de Raúl esa sonrisa cálida casi siempre pegada a su rostro, una sonrisa sincera y apacible. Era su marca facial.


Madrugador, disciplinado, elegante, serio cuando debía serlo pero siempre amable. Generoso en todos los sentidos. Era amigo de los hijos de sus amigos, y por eso era mi amigo. De palabra suave, pensada y amable. Un gran ciudadano enterado de todo. Un padre y esposo ejemplar. Un jefe justo y humano.


Pocos recuerdan su faceta de político de ocasiones hace mucho tiempo, aunque no muy activo. Siempre compartimos las mismas ideas: primero, cuando yo apenas empezaba mi carrera de Derecho, acompañando la segunda y fallida aspiración presidencial de Carlos Lleras Restrepo; luego con Galán en el  Nuevo Liberalismo de Antioquia, y al final con su hijo Sergio, obvio. Nuestras similitudes nos hacían encontrar siempre en las mismas ideas políticas, llegando cada uno por su lado.


Hace muchos años, quizá al inicio de los setentas aunque no estoy seguro, su nombre estuvo en la mira para ser nombrado alcalde de Medellín, cuando dicho cargo no era por elección popular. Al parecer un conocido dirigente político departamental se opuso por motivos coyunturales de la política. Gran conocedor de la ciudad y de su gente, Raúl hubiera sido magnífico alcalde aunque no creo que él haya buscado esa dignidad. Fue maravilloso ver que luego su hijo en otras condiciones ocupó ese cargo con creces.


Su faceta como arquitecto es la que más recordamos todos. Siempre a la vanguardia, un hombre moderno sin temor a lo nuevo. Su nombre quedará -ya está- en la historia de la arquitectura antioqueña y colombiana. Incluso, tuvo resonancia internacional. Entre tantas de sus obras regadas por la ciudad y también por el país, hay una que sin duda será su recuerdo perenne apuntando al cielo. Hermoso, porque también es desde hace mucho y será para siempre el gran símbolo de Medellín: me refiero, claro, al edificio Coltejer, obelisco que por los años de los años la descendencia de Raúl y sus amigos veremos vigilante y testigo de toda la ciudad, encarnando la presencia permanente de Raúl Fajardo.


Por teléfono -no vivo en Medellín y muy poco visito mi ciudad- hablé por última vez con Raúl hace cerca de un mes.


Lo llamé a felicitarlo en el Día del Padre. Le reiteré que lo felicitaba a él porque yo ya no podía hacerlo con mi padre, su gran amigo y colega. Me contaron luego que se emocionó (sus emociones se le veían en los ojos, poco por otros medios). Valiente en su enfermedad, supo bien cómo quería llevarla y así sucedió. Pasaste por este mundo Raúl dejando maravillosas huellas imborrables, tanto en Medellín como en muchos seres humanos. ¡Cómo te queremos!