Columnistas

Los huecos de la meritocracia
Autor: Sergio Prada
27 de Julio de 2012


Decía Desmond Tutu que “El apartheid destruye tanto a blancos como a negros”. Haciendo un paralelo con esta frase, el periodista y ahora escritor norteamericano Chris Hayes, argumenta que la meritocracia es imperfecta, que corrompe.

Decía Desmond Tutu que “El apartheid destruye tanto a blancos como a negros”. Haciendo un paralelo con esta frase, el periodista y ahora escritor norteamericano Chris Hayes, argumenta que la meritocracia es imperfecta, que corrompe.  Este es el tema de su libro “Twilight of the Elites” (que traduciría “El ocaso de las elites”).


Hayes revisa los mayores acontecimientos de los últimos 12 años en los Estados Unidos (el 9/11, la primera guerra con Irak, Enron, la inundación de New Orleans como resultado del Katrina, la crisis financiera de 2008) y encuentra que en todos ellos hay serias fallas humanas que denotan incompetencia, derrumbe institucional y corrupción.  El argumento puede extenderse fácilmente a cualquier país. Los escándalos de corrupción se ven en toda institución: la iglesia, los militares, la policía, los deportes, los jueces, el congreso, la salud, las universidades, etc. 


La gran contradicción subrayada en este libro se encuentra en instituciones llenas de problemas por un lado, y el creciente rol de la meritocracia en la sociedad contemporánea, por otro. La meritocracia es quizá uno de los logros más importantes de las más recientes décadas. A diferencia de tiempos anteriores donde el apellido determinaba el futuro. Gracias a las oportunidades brindadas por la expansión del sistema educativo, los estudiantes más brillantes, no importando su apellido o condición económica, tienen hoy una posibilidad mayor de llegar a liderar instituciones.  


El hueco de la meritocracia, sugiere Hayes, está en creer que la inteligencia es el único factor que se necesita para ser líder y tomar buenas decisiones. La competencia, bien lo decía alguien, saca a flote lo mejor y lo peor de cada uno. Además de inteligencia se necesitan otras cualidades como compasión, empatía, juicio, prudencia, sentido de la igualdad, y otros valores que no necesariamente se encuentran en individuos brillantes.


Lo que está fallando con la nueva elite es su excesiva preocupación por el corto plazo, su necesidad de amasar rápidamente dinero, poder y status. Y una vez logrado, el motivo corruptor es el miedo a perder lo conseguido. El ciclo fallido de la meritocracia se reproduce cuando los criterios de contratación en cualquier industria dependen sólo del factor cerebro.  


La mejor respuesta a los argumentos de Hayes la da otro periodista, David Brooks. El problema no está en premiar a los más inteligentes o a los que tienen mayores méritos. Ya sabemos que las alternativas a la meritocracia no ofrecen nada mejor. El problema está en no formar con igual rigurosidad en otro aspecto fundamental del liderazgo: responsabilidad y sostenibilidad social. Ahí nos falta mucho, tanto allá como aquí.