Palabra y obra

Three notes of excelence
Tres notas de excelencia
Autor: Olga Elena Mattei
19 de Mayo de 2012


En la noche del sábado 12 de mayo, en el Teatro Metropolitano, bajo la dirección del maestro Alejandro Posada, nuestra Filarmónica presentó su tradicional concierto de fines de semana, con un variado e interesante programa.

Foto: Cortesía 

La Orquesta Filarmónica de Medellín realiza cerca de 140 conciertos anuales. Esta institución es la creadora de la Academia Filarmónica de Medellín, en la cual, una selección de los 100 mejores alumnos de las redes de escuelas de música de la ciudad tienen la oportunidad de recibir clase con reputados profesores internacionales, además de tocar a su lado.

Comenzamos con una de las más sobresalientes oberturas de G. Verdi, la de “La Forza del Destino”, tan cargada de significado, y de tan profundo sabor trágico. (Lamento confesar que me he visto en la triste necesidad de recortar al máximo mi asistencia a estos maravillosos conciertos; estoy autocastigada, requi-interna, con el fin de desatrasar la digitación de cientos de páginas de mi poesía cuya publicación tengo demorada por falta de tiempo para este trabajo; por este motivo hacía meses que no había podido escuchar el progreso de la Orquesta). Y me encontré con una nueva Orquesta.


La Orquesta de hoy, tiene un sonido distinto (eso que los conocedores llaman “el sonido de una orquesta”, como por ejemplo el famosísimo sonido de la Filarmónica de New York). La nuestra tiene ahora un sonido poderoso, más unificado. ¡Una sola gran voz! Como la de cualquier metrópolis europea o norteamericana ¡Qué placer! ¡Qué gran adelanto! Oyendo esta obertura de Verdi, que exige tanta fuerza interpretativa y tal peso dramático, llegué a esta satisfactoria conclusión.


La noche continuó con una pieza de Hindemith, “El cisne”, para viola y orquesta, obra realmente interesante, por su música tonal y su vocabulario absolutamente moderno.


El segundo movimiento es el más alegre y comprensible a nuestros oídos, poco acostumbrados al estilo y al lenguaje de avanzada de esta pieza. Aunque la Orquesta, por estar  reducida, parezca más fácil de dirigir, en realidad no lo es, pues la obra es muy intrincada y de gran vitalidad.


No importa si cada voz no implica el control de multitud de instrumentos sino el de uno solo... Lo complicado no es el peso o el volumen de cada sonido, ni su índole colectiva, sino la multiplicidad de voces, frases, tempos, entradas, ataques y contra-ataques. Es más que una trenza, es todo un encaje de Brucelas, con hilos de mil colores entreverados. Se requiere gran maestría para desenredar con tanto éxito este profuso tejido sonoro y rítmico.


“Sheherezade”


La noche se creció aún más con la interpretación de “Scheherezade”, de Rimski Kórsakov.
El vibrante, expresivo, extático solo inicial del violín, (gran excelencia la de Gonzalo Ospina), y ese crescendo delirante de la Orquesta en pleno, nos deja la imaginación alucinada. Tantas veces escuchado con fervor romántico, nunca antes con el privilegio de la presencia inmediata, a los pies de la Orquesta.


Cuando una música como esta se atiende con el sentido del oído, el placer es sensorial; e inevitablemente la mente produce sus traducciones imaginativas, que aluden a paisajes sonoros, sabores, colores, orígenes étnicos, significados anímicos, referencias temáticas, citas narrativas, escenas de la conocida trama.


Más si podemos, además, sumarle a la experiencia los datos visuales informativos sobre la ejecución de los complejos sonidos por cada instrumentista, entonces el ejercicio se convierte, por añadidura, en una vivencia intelectual.


¡Qué placer tan imponderable! No nos cabe en el cerebro la medición del genio de Kórsakov. El pensamiento idílico se maravilla, mientras el analítico queda sobrecogido. Se alcanzan a percibir por separado las simultáneas  complejidades de melodías, frases, contrastes, telones de fondo por conjuntos instrumentales, sus irrupciones alternantes, sus diálogos escondidos, el mutuo soporte, sus fuerzas colectivas.


Y uno siente la soledad y las crestas de ese mar orquestal que revienta una y otra vez contra los riscos de la fantasía.


Los músicos


El director es Simbad, descollante en su tarima de proa en medio de su barco atormentado; la tormenta se acalla bajo sus manos para que la calma nos adormezca y surja la ensoñación entre los dedos de la música.


Y cada solista irrumpe con su magia... de nuevo nuestro primer violín, Gonzalo Ospina; y el fagot, Roberto Soto, canta para ser respondido por el oboe, José Gregorio Sánchez; la flauta, Elizabeth Osorio; el clarinete Jorge Zapata, y el arpa, María Clara Alarcón. Preciosos diálogos.


Y comienzan las danzas de las Obeliscas. También el chelo solista, Pavel Rusev, en notas muy altas se añade al fragor, y luego los cobres, Óscar Sála, corno y Frank Londoño, trompeta, levantan  una fanfarria... ¡Unos marchan, otros danzan!


Pero yo no podría seguir el paso a las numerosas escenas cada vez que se añaden más protagonistas. Kórsakov no pretendía describir cada escena, pero su talento y poder descriptivo fueron tales, que aún sin proponérselo, los populares cuentos están descritos con el deletreo de su música.


Alejandro Posada no solo es Simbad, ahora es Kórsakov. Posada está en cada entrada, en cada adorno, en cada trémulo de fondo, en el color del paisaje, en el timbre que el compositor escogía para cada toque de la narrativa. Estoy segura de que el maestro Posada se encargó como siempre de afinar cada nota, o afilar cada instrumento.


Y finalmente, cerramos los ojos, aguzamos el pabellón de las orejas con las cuencas de las manos, y vemos al buque dar tumbos sobre nuestro rostro en medio del coro prolongado de toda la poderosa orquesta, hasta dar paso a la calmada e idílica voz del amor en el dulce calderón del final del violín.


... Cuando en estos cuentos de las “Mil y una noche” llegan las voces del amor en los solos del violín y el chelo, uno se cree que uno mismo es el protagonista o el autor del cuento, o el mismísimo compositor.


Y creo que ahora nuestros solistas, nuestros músicos, nuestra orquesta, nuestro director, son la reencarnación de los seres que doblan la existencia de los multiversos, cuando repiten estos episodios en una nueva burbuja de tiempo y de espacio: sucesos que la ficción situó en suntuosas alcobas de Persia en el siglo IX, o en el Cairo en el siglo X; imponentes tempestades descritas en idiomas árabes y traducidas en Europa apenas en 1704, 1825 y en 1898; millones de millones de lectores  silenciosos transportados a los escenarios de esta exótica creación colectiva literaria; cientos de cientos de conciertos con esta obra y sus historias en el mundo entero, y coreografías desplegadas por Michel Fokin (el primer coreógrafo que montó está preciosa obra como una famosa producción de ballet), y en otras producciones; todo ello, se conjugó en esta sala esta noche, para repetirse como en un mismo momento de espacio-tiempo, y yo me siento como en un replicado evento de comunión que trasciende los siglos y todo lo reúne aquí, en el 12 de mayo a las 7:30 p.m. en el Metropolitano de la Bella villa de Medellín...




Los compositores

Nikolái Rimski-Kórsakov: compositor y director de orquesta ruso. Nació en el 18 de marzo de 1844. Es considerado como uno de los más importantes en la historia de la música, gracias a composiciones tan famosas como “El vuelo de la mosca”. Rimski creyó que la música de academia debía seguir una línea nacionalista, por lo que incluyó sonidos tradicionales rusos. Perteneció al denominado grupo de Los Cinco, también integrado por Mili Balákirev, César Cuí, Modest Músorgski, Nikolái Rimski-Kórsakov, y Aleksandr Borodín.
Murió en 1908.


Giuseppe Verdi:
Compositor italiano que nació en 1813, perteneciente al romanticismo. Hoy es reconocido como uno de los más importantes autores de ópera que ha tenido la música de occidente.
Sus composiciones más famosas son “Aida”, “Otello” y “Don Carlo”. Además de la trilogía compuesta por “Rigoletto”, “La Traviatta” (siendo el “Brindis”, de esta obra, una de las más famosas arias de la historia) e “Il Trovadore”.
Murió en 1901.




“Mil y una noches”


Es una de las más famosas obras de la literatura árabe y universal, siendo una recopilación de cuentos populares del siglo IX. Aunque se desconoce si hubo un solo autor de esta obra, o si es el resultado de varios escritores, suele atribuírsele esta compilación a Abu abd-Allah Muhammed el-Gahshigar.


El hilo conductor de la historia se basa en Scheherezade, quien acaba de ser casada con el sultán, un hombre que tiene como costumbre matar a su esposa en la mañana siguiente a la noche de bodas. Para no morir, la mujer le cuenta al monarca una historia, pero siempre la interrumpe en la parte más interesante para irse a dormir, y, así, logra que el rey esté tan interesado en conocer lo que pasa que la deje vivir un día más.


En este libro aparecen cuentos tan famosos como "Aladino y la lámpara maravillosa", "Alí Babá y los 40 ladrones" y "Simbad el marino".