Columnistas

Costos de la ligereza
Autor: Sergio De La Torre
29 de Abril de 2012


Lo que hizo la guardia de Obama en Cartagena es grave. Y hay algo peor: la falla es reiterativa, como si se tratara de una conducta tolerada y habitual. Sucedió en Brasilia, San Salvador y otras latitudes donde el presidente ha viajado.

Lo que hizo la guardia de Obama en Cartagena es grave. Y hay algo peor: la falla es reiterativa, como si se tratara de una conducta tolerada y habitual. Sucedió en Brasilia, San Salvador y otras latitudes donde el presidente ha viajado. Más aún: algunos de los escoltas que lo acompañan en sus periplos son reincidentes en la frecuentación de damiselas que, por lo demás, en casos como éste, son conectadas previamente por proxenetas gringos que residen en el lugar. Lo de Cartagena, entonces, ya había ocurrido, aunque sin escándalo, varias veces, incluso en sitios reputados de intachables, ajenos al comercio sexual. Los cuales, en estricta verdad, tampoco existen, pues “prostitutas hay donde haya un hombre”, según la canciller María Ángela Holguín, quien, por defender a la Ciudad Heroica de todo el lodo que se le arroja en círculos y medios norteamericanos, asaz maniqueos, hoy aparece compartiendo con doña Florence Thomas su proverbial homofobia, gracias a esa frase lapidaria. Frase parcial y discriminatoria (aunque la discriminación de género que conlleva, resulte ahora al revés), pues el origen del lenocinio está tanto en el hombre que paga como en la mujer que vende.


Habría que preguntarle a la ministra si cuando dice “un hombre” (genéricamente, sin hacer distinciones) los abarca a todos, incluyendo, verbigracia, a su padre, su novio y su patrón, el presidente de la República. Tan tajante fue su dicho que de inmediato salió a secundarla la mencionada Florence, apóstol insomne de ese feminismo radical que, en su ardor combativo (e incurriendo en idéntico pecado, aunque invertido, al que denuncia incesantemente) llega casi al extremo de negarle al varón su derecho a la existencia.


Y, a propósito de la canciller, no será poco lo que le quede debiendo Nicaragua cuando el fallo que está por dictarse en La Haya salga favoreciendo en todo, en parte, o en un “pedacito”, sus pretensiones tardías e insostenibles sobre las aguas y el territorio del archipiélago de San Andrés. Porque si en un pleito semejante, quien está defendiéndose, antes de que el juez decida se anticipa, por sí y ante sí,  sin que nadie se lo pida, a pronosticar que dicha decisión será salomónica (o sea que lo disputado se divide entre las dos partes, reconociéndole a Nicaragua siquiera algo de lo que pide), pues con ello está convalidando su reclamación y renunciando de antemano a los derechos legítimos del país que representa. Dicho de otro modo: sin haber iniciado nuestros delegados su alegato de defensa en la audiencia, la ministra ya se estaba declarando vencida, en una especie de “confesión de parte”, como la llaman en el argot jurídico y que en este tipo de querellas prácticamente las resuelve a favor de la contraparte. ¡Vaya regalazo insospechado el que recibiría el comandante Ortega, socio de Chávez y de Maduro!


Tanta obsequiosidad de parte de la señora Holguín es casi equivalente a la que tuvieron sus antepasados, portadores del mismo apellido, el uno como camarada en 1903 del poeta Marroquín en la entrega de Panamá, y el otro también como canciller, cuando en 1951 firmó la nota de renuncia, a favor de Venezuela, del otro archipiélago vital para nosotros, el de Los Monjes. ¿Por ventura será triple el motivo de gratitud que la Patria acumule con tan ilustre zaga, que nos aligera de un istmo y acaso de dos archipiélagos, todos bien engorrosos al parecer?