Columnistas

Cartagena y nosotros
Autor: Sergio De La Torre
15 de Abril de 2012


Las cumbres celebradas hasta ahora (y no incluyo a la actual porque, sin terminar todavía, ignoro sus resultados) sobraban por irrelevantes, o por lo meramente pomposas y declarativas.

Las cumbres celebradas hasta ahora (y no incluyo a la actual porque, sin terminar todavía, ignoro sus resultados) sobraban por irrelevantes, o por lo meramente pomposas y declarativas. Incide mucho en ello el lenguaje ritual de la diplomacia, la obligada reserva y las restricciones propias de la cortesía decimonónica usual en estos casos, que enmascaran la verdad de las cosas. Nunca las cumbres se prestaron para resolver litigios latentes sino más bien para diferirlos. Y para que, pese al costo monumental de tales eventos, algo pueda brillar el país sede ante el mundo y realzar, de paso, sus atractivos turísticos, si los tiene, con vistas al futuro.


Escribo estas notas el jueves y nada puedo entonces vaticinar sobre la de Cartagena. Mas todo indica que será distinta, si es que se abordan, como parece, las grandes cuestiones que interesan a Latinoamérica, así incomoden a Estados Unidos y Canadá. ¿Cuáles? Pues no propiamente las que figuraban en la agenda inicial que se quiso imponer (medio ambiente, conectividad, equidad, desastres naturales y demás obviedades, destinadas a convertir el evento en otro mar de babas o, cuando menos, en un sartal de lugares comunes insertados en declaraciones rimbombantes que nadie cumple y nadie, distinto a sus signatarios, lee. Los temas neurálgicos para nosotros, en la hora crucial que vivimos, son los extraoficiales y hasta ahora vedados: drogas, Malvinas, Cuba. Mucho ganaría Colombia, la anfitriona, si, tomando el liderazgo, no dejara escapar la oportunidad de obtener ciertas ventajas, palpables no de inmediato, ciertamente, sino a mediano plazo, y que son fáciles de predecir, en caso dado.


1. Las drogas: con relación a la violencia que aún nos azota y que ahora sacude a Méjico y Centroamérica con extrema virulencia, hay cada vez más conciencia regional de que el modelo de penalización impuesto por Estados Unidos es su fuente nutricia. Vicio que se castigue se encarece y se torna más lucrativo para sus empresarios. Cansa estarlo recordando, pero de la prohibición del alcohol nació la mafia de Al Capone y similares, que incendió a Norteamérica en los años treinta al corromper policías, jueces y hasta el Congreso. Abolida la prohibición, se extinguió el negocio ilícito y con él la actividad criminal incorporada.


Hay que decirle a EEUU, claramente, sin ambages, que es no solo “corresponsable” (palabreja cobarde que algunos comentaristas despalomados, o adocenados, emplean para mitigar la culpa que le cabe a ese país) sino el primer responsable del narcotráfico que desangra al Sur. Lo es por cuenta de los consumidores, de los distribuidores y, sobre todo, de los bancos (y los paraísos fiscales adscritos) que encajan la gran rentabilidad del narcotráfico, mientras la DEA hace la vista gorda y el gobierno federal calla.


2. El remoquete de “Caín de América” que nos colgaron, Colombia en esta ocasión debe desmontárselo de una buena vez suscribiendo la reivindicación argentina de las Malvinas, que toda la región, con la deshonrosa excepción nuestra, ha respaldado cabalmente. Cohonestar a Inglaterra –a la que poco le debemos- para complacer a los norteamericanos que la cubren en América como buenos primos suyos que son, es una vergüenza casi tan grande como la de haber participado en la ajena y remota guerra de Corea, cuando nadie más en el hemisferio quiso cumplir ese triste papel de ‘sacamicas’ de Washington. De paso también digamos que la disculpa de que el apoyo a Argentina podría complicarnos jurídicamente, por analogía, (a modo de precedente o modelo a replicar) nuestros títulos sobre San Andrés, es disculpa no válida, pues se trata de situaciones bien diferentes: una es un pleito extra-continental, anticolonial, mientras la otra es un desacuerdo entre vecinos fraternos. La tal disculpa es pues un mero pretexto para justificar una deslealtad esencial con un país hermano.


3. En gracia de discusión, y en sana lógica, Cuba tiene tanto derecho a asistir a las cumbres como Venezuela. ¿O es que acaso el origen del régimen chavista es enteramente limpio y democrático? A nadie se oculta cómo va derivando hacia una dictadura, cada vez más restrictiva de la libertad política y las garantías electorales.


Si Colombia, como anfitriona, no abandera esta causa, al menos que no la impugne. Y que reclame, eso sí, al lado de los demás, el fin formalizado del embargo, entre otras razones, por lo falso y teatral que resultó ser, cuando de hecho ya no existe. Se me ocurre que una apertura en tal sentido, seguida del correspondiente alineamiento con los hermanos de sangre en el hemisferio, sumándonos a la tendencia hoy prevaleciente, mejoraría el entorno y acaso ayudaría a despejar la vía que lleve a un diálogo serio y confiable con la insurgencia, pues, como se sabe, algo pesan todavía Venezuela y Cuba en ésta. Si el tema da para ello, y el abusado lector no se fatiga, proseguiremos con él la próxima semana.