Columnistas

VI Cumbre de las Américas
Autor: Rafael Bravo
13 de Abril de 2012


Desapercibida por decir lo menos ha pasado la noticia de la VI Cumbre de las Américas en la prensa y el público norteamericanos. Ello prueba que salvo Brasil los demás países de la región poco o nada cuentan para el gobierno del norte.

Desapercibida por decir lo menos ha pasado la noticia de la VI Cumbre de las Américas en la prensa y el público norteamericanos. Ello prueba que salvo Brasil los demás países de la región poco o nada cuentan para el gobierno del norte. Lamentablemente América Latina seguirá siendo el ‘patio trasero’ y no ocupa un sitio en la lista de prioridades para la actual administración. Para el gobierno Obama, el liderazgo y credibilidad que en su momento llegó a tener Hugo Chávez en la región es un asunto del pasado, como resultado del deterioro de su salud y la incapacidad de participar activamente en la campaña presidencial que se avecina.


La visita de la presidenta Dilma Rousseff y su reunión con el presidente Obama tuvo un amplio despliegue en los medios como quiera que esa nación ya es la sexta economía del mundo y la incorporación de millones de brasileños a la clase media ofrece inmensas oportunidades a los empresarios estadounidenses. El encuentro sirvió para mostrar a Brasil como un protagonista global que compite actualmente por una influencia en todos los planos de la política y la economía internacionales. Brasil genera hoy alrededor de la mitad de todo el producto interno bruto de Sur América, por lo que tiene poderosas razones para reclamar de parte de Estados Unidos un trato preferencial que todavía no recibe, debido a las diferencias políticas entre los dos gobiernos.


Juan Manuel Santos, sirviendo de anfitrión de la Cumbre, se ha fijado como objetivo poner sobre la mesa el debate de la legalización de las drogas y la vinculación de Cuba como participante en futuras reuniones. Colombia, México y varios países de Centro América han vivido en carne propia los estragos de la violencia del narcotráfico en su tránsito al mercado norteamericano. Estados Unidos ha manifestado que “está dispuesto a discutir el tema para expresar su opinión de que la legalización no es la manera de enfrentar el problema”.


Paradójico que no se acepte el fracaso de la lucha contra las drogas en un país que debe disponer de enormes sumas para mantener a los millones de presos por consumo y tráfico. Que siete de cada diez jóvenes norteamericanos usan o han probado algún tipo de narcótico, llámese cannabis, drogas sintéticas, anfetaminas o cocaína. El creciente número de dispensarios en California en donde se vende marihuana “medicinal” no es otra cosa que una legalización disfrazada. Holanda por su parte haría bien en aportar a la discusión habiendo sido uno de los pioneros en despenalizar el uso de alucinógenos.


Legalización no es, de manera alguna, sinónima del fin de la violencia criminal. Como acertadamente lo describe Sergio Muñoz Bata, “No es cierto, como dicen, que la mafia desapareció en Estados Unidos cuando se levantó la prohibición de la venta de alcohol. Lo que cambió fue que la mafia diversificó sus negocios ilícitos para seguir siendo una organización criminal violenta y muy próspera”.


En lo que respecta a Cuba, va siendo tiempo que los hermanos Castro den muestras de respeto a los disidentes, de apertura a una economía de mercado y lo más importante, que en la isla haya la posibilidad de participar en la elección de sus gobernantes. Finalmente, cabe esperar que la Cumbre Social, que paralelamente se celebra en Cartagena, llegue a conclusiones para aliviar la creciente desigualdad y pobreza de los países de América Latina.