Columnistas

Los Trabajos de Id醨raga o la radiograf韆 de un pueblo
Autor: Delf韓 Acevedo Restrepo
8 de Abril de 2012


Publicado por Se馻l Editora, nos llega el libro Los Trabajos de Id醨raga del abogado de la Universidad de Antioquia y exfuncionario de las Empresas P鷅licas Gilberto Gonz醠ez, oriundo de Ciudad Bol韛ar.

Publicado por Señal Editora, nos llega el libro Los Trabajos de Idárraga del abogado de la Universidad de Antioquia y exfuncionario de las Empresas Públicas Gilberto González, oriundo de Ciudad Bolívar y prolongación de una estirpe de reconocidos atributos intelectuales, pues don Tulio, su padre, fue Diputado, Concejal de Medellín, autor de El Ultimo Arriero y columnista de El Colombiano por más de diez años, llegando a alcanzar la jefatura de redacción. Su tío, por su parte, Ernesto González Velez, se destacó como cuentista, poeta, periodista y autor entre otras obras del Anecdotario de Tomás Carrasquilla.


Empezamos por decir que Señal Editora es la firma bibliográfica del jurista Edgar Tobón Uribe, exmagistrado del Tribunal Superior y exnotario 20 de Medellín, quien aún consciente de lo difícil que resulta hoy hacer cultura en nuestro medio, se empeña en mantener su empresa editorial en los mejores niveles, invirtiendo en ella seguramente parte de su pensión de jubilación.


En la novela del doctor González hay que destacar la belleza y claridad del estilo y manifestar que los hechos allí narrados pueden haber ocurrido en cualquier parte, no necesariamente en Naratupe, nombre primigenio de origen indígena, donde hoy se asienta la Ciudad Bolívar, hermosa población del Suroeste antioqueño.


Los episodios que aquí se presentan con personajes reales en su mayoría, ocurrieron en los días más difíciles en la historia del país, por el enfrentamiento feral de los partidos políticos, que vino a frenarse gracias al acuerdo del Frente Nacional liderado por Laureano Gómez y Alberto Lleras a finales de la década del 50 del siglo anterior.


La tranquilidad de un pueblo todavía con marcado acento rural como Naratupe, vino a sacudirse con el suicidio de Gabriel Martínez, tronco de una de las principales familias de la localidad y quien aparentemente sostenía su unión conyugal sin contratiempos con Teresa Gutiérrez, hermosa y distinguida matrona, hija de don Oliverio, acaudalado y diligente personaje de la localidad.


En esa época los suicidas eran considerados por la Iglesia católica como personas repudiables, excluidas de la asistencia religiosa a quienes se les negaban los ritos litúrgicos, condenados a ser sepultados en el muladar que era un potrero desolado separado del propiamente llamado cementerio por una tapia roñosa y vieja que a saltos mostraba los parches de lo que fue un blanquimento de cal.


El padre de la joven viuda, quien a pesar de su natural brusquedad profesaba un amor especial hacia su hija, la acogió  en su casa con sus dos pequeños hijos,  poniendo todo su empeño en restañar las heridas que la vida le había inferido.


Naratupe es Ciudad Bolívar; las fuentes de su economía son especialmente la producción cafetera, la agricultura y la ganadería y en el catálogo de sus fundadores figuran los Restrepo, Vélez, Uribe, González, Arango, Idárraga, López, Taborda, Calad, Puerta, Sánhez y muchos más, “descendientes casi todos de judíos falsamente acreditados como “cristianos viejos” a la hora de migrar hacia las Indias y procedentes de territorios vascos, asturianos y santanderinos, especialmente” .


El personaje central en la obra es Idárraga, un campesino analfabeta que dificilmente sabía firmar, pero con porte distinguido que daba cuenta de su antigua ascendencia española. Se desempeñaba como dentista empírico, “sacamuelas” por mejor decir y  de estos menesteres rudimentarios derivaba su subsistencia. Fue alcalde de Naratupe en dos oportunidades y su natural ignorancia se contrarrestaba con un gran sentido común, el tino, el acierto y la prudencia en tomar las decisiones. No se dejó manipular de los caciques tradicionales. Con un alto concepto de la equidad y la justicia, pudo contar siempre con el respaldo casi unánime de sus gobernados.


Esta novela, como lo expresa el tambien abogado Ernesto Montoya C. es un modelo de costumbrismo universal, es un ejemplo del bien hablar con un talante paisa que corre paralelo con Tomás Carrasquilla, Efe Gómez o Rafael Arango Villegas. Cada personaje termina siendo querido por el lector, se gana su cariño, se siente comprometido con la suerte que traza el escritor. Gilberto González penetra en el alma de su raza con el amor que le es propio, a través de su narrativa oficia como notario cuidadoso de la la heredad.