Palabra y obra

The private letters of public men
Las cartas privadas de los hombres públicos
17 de Marzo de 2012


Durante la historia, las cartas han dado testimonio de las relaciones de amistad, amor, odio o enseñanza de los seres humanos. En Medellín, un ejemplo reciente de esto aparece en “Cartas con Geraldino Brasil”, donde se muestra la amistad.

Foto: Cortesía 

En la mitad de la fotografía aparece el escritor irlandés James Joyce, quien camina acompañado de su esposa y musa Nora Barnacle. Son muy conocidas las cartas que Joyce le dedicó a ella, cartas que han sido tachadas de pornográficas. El autor también le contó a su sobrino un cuento infantil mediante correspondencia, el relato permaneció inédito hasta hace poco.

Diana Carolina Mejía


“Más que los besos, son las cartas las que unen las almas”
                              John Donne
No se equivocó Donne. Durante siglos las cartas fueron la única alternativa para acortar distancias. Distancias familiares, románticas, fraternales, diplomáticas y pasionales.


Las cartas evidencian la condición humana, las pasiones y los amores, las decepciones y los miedos. Y lo hacen desde la más íntima honestidad de sus autores.  


Es por esto que los anaqueles de la historia le tienen reservado un importante apartado a las grandes epístolas de los grandes hombres. El implacable Napoleón, el valiente Bolívar, el genio Einstein, la enigmática Virginia Woolf, entre otros, muestran su lado más vulnerable y humano a través de la correspondencia que intercambiaron durante su vida. La poesía, la belleza y la lírica que pueden llegar a alcanzar estas confesiones es otro valor agregado de estas inmortales cartas que se parecen mucho al susurro de un secreto.


Los hombres del poder


Ninguna otra persona en Francia conocía mejor a Napoleón que su amada Josefina. Ninguna otra persona en el mundo habría podido derrotarlo tan fácilmente como ella, con quien Napoleón deponía armas y se mostraba vulnerable como un niño:


“No he pasado un día sin amarte; no he pasado una noche sin estrecharte en mis brazos; no he tomado una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición, que me tienen alejado del alma de mi vida. En medio de las tareas, a la cabeza de las tropas, al recorrer los campos, mi adorable Josefina está sola en mi corazón, ocupa mi espíritu, absorbe mi pensamiento. (…) Adiós, mujer, tormento, dicha, esperanza y alma de mi vida, que amo, que temo, que me inspira sentimientos tiernos que me llaman a la Naturaleza y movimientos impetuosos tan volcánicos como el trueno (...)”.


No fue menos cariñoso Bolívar con Manuelita Sáenz “la libertadora del Libertador”, como él mismo la llamó. Fue el gran amor de su vida a pesar de estar casada con otro hombre. Su amante, consejera y amiga.


“Mi encantadora Manuela: Tu carta del 12 de setiembre me ha encantado: todo es amor en ti. Yo también me ocupo de esta ardiente fiebre que nos devora como a dos niños. Yo, viejo, sufro el mal que ya debía haber olvidado. Tú sola me tienes en este estado. Tú me pides que te diga que NO QUIERO A NADIE.


¡O no! A NADIE AMO: A NADIE AMARÉ. El altar que tú habitas no será profanado por otro ídolo ni otra imagen, aunque fuera la de Dios mismo. Tú me has hecho idólatra de la humanidad hermosa o de Manuela. Créeme: te amo y te amaré sola y no más. No te mates. Vive para mí, y para ti: vive para que consueles a los infelices y a tu amante que suspira por VERTE (...) (sic)”.


Los hombres de ciencia


Einstein, el gran científico del siglo XX, cargó con una relativa fama de mujeriego e infiel. 1.400 cartas suyas fueron donadas por la hija de su última esposa, Elsa, a la Universidad Hebrea, que él ayudó a fundar. Le escribió a Milena, su primera esposa y colega:


“En todo el mundo no podría encontrar otra mejor que tú, ahora es cuando lo veo claro, cuando conozco a otra gente. [...] Hasta mi trabajo me parece inútil e innecesario si no pienso que también tú te alegras de lo que soy y de lo que hago.”


Cuando la relación con Milena se desgastó, le escribió una carta a modo de manual de conducta:
“A: Te encargarás de que mi ropa esté en orden. Que me sirvan mis tres comidas regulares al día, en mi habitación. Que mi dormitorio y estudio estén siempre en orden, y que mi escritorio no sea tocado por nadie excepto yo. B: Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando estas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que: - me siente junto a ti en casa... - que salga contigo... -que viaje contigo...”


Las “cartas prohibidas”


En tiempos de intensa represión sexual, como los siglos XVIII y XIX, la homosexualidad era mucho más censurada de lo que se pueda imaginar hoy en día. Sin embargo, la correspondencia fue siempre zona franca para avivar estas relaciones.


“Ahora debo terminar esta carta. Y no he dicho mucho de nada ni te he dado una idea de las altísimas y aterradoras olas y los profundos pozos infernales que asciendo y desciendo en pocos días. Como todos.


Subimos y bajamos violenta, incesantemente, y me siento algo avergonzada, ahora que trato de escribirlo, de ver qué minúsculo egoísmo hay en el fondo de todo eso, por lo menos en mi caso: que no puedo escribir mi novela, que debo salir a tomar el té, que tendría que comprar un sombrero. Ah, pero también está Vita. Quererla no es un egoísmo minúsculo. (...) no hay intimidad, siempre hay gente que viene y no hay carta tuya. ¿Por qué no? (...).
Adiós, queridísima criatura lanuda.
Tuya, V. W.”


Así le escribió Virginia Woolf a la también escritora del grupo Bloomsbury, Vita Sackville. Aunque ambas estaban casadas, sostuvieron un romance durante años que osciló entre una entrañable amistad y una inusitada pasión, tanto así, que Virginia se inspiró en ella para  escribir una de sus novelas más famosas: “Orlando”.


Por su lado, Oscar Wilde, abiertamente homosexual, le escribió al también escritor Lord Alfred Douglas:
”Querido muchacho mío:


Tu soneto es completamente adorable y es una maravilla que esos labios de pétalo de rosa roja que tienes hayan sido creados no tanto para el canto musical como para la locura de besarse. Tu dorada y delgada alma deambula entre la pasión y la poesía. Yo sé que Hyacinthus, a quien Apolo amó tan locamente, has sido tú en aquellos griegos días. (...)Este es un lugar adorable; solo faltas tú (...). Con imperecedero amor, siempre tuyo Oscar”.


Al enterarse de la relación, el padre de Lord Alfred Douglas armó un escándalo sin precedentes. Tanto así, que Oscar Wilde fue llevado a juicio por el delito de “grave indecencia”, siendo apresado dos años.


Las cartas de los escritores


No podrían, por supuesto, ser menos prolíficos los escritores de libros en la escritura de las cartas.
Así le escribió Edgar Allan Poe, el genio del misterio, a la también escritora Helen Whitman:


“He apretado tu carta una y otra vez contra mis labios, dulcísima Helen, bañado en lágrimas de alegría, o de una ‘divina desesperación’. Pero yo, quien tardíamente, en tu presencia, alardeaba sobre el ‘poder de las palabras’ ¿de qué me sirven ahora? Yo puedo creer en la eficacia de las plegarias al Dios de los Cielos, yo puedo efectivamente arrodillarme humildemente, arrodillarme en esta la más formal época de mi vida suplicando de rodillas por palabras, pero las palabras que pueda revelarte, más vale que me permitan yacer desnudo junto a ti (...)”.


La tristeza de Antoine de Saint-Exupéry es casi palpable en una de sus últimas cartas dirigida a una joven mujer que nunca correspondió a su amor. Dos meses después de esta carta, Saint-Exupéry desapareció piloteando un avión durante la II Guerra Mundial:


“No hay más Principito, ni hoy día ni jamás. El Principito está muerto o se volvió totalmente escéptico. Un Principito escéptico no es más un Principito. Estoy resentido con usted por estropearlo. (...) No habrá más cartas, teléfono ni señal. No fui prudente ni pensé que arriesgara pena, pero me lastimé en el rosal cogiendo una rosa. El rosal preguntará: ¿Qué importancia tenía para usted? Ninguna, rosal, ninguna. Nada importa en la vida. No más vida. Adiós rosal”.


La correspondencia del autor de Madame Bovary, Gustave Flaubert, con su esposa Louise Colet fue tan amorosa como pasional:


“Te cubriré con amor la próxima vez que te vea, con caricias, con éxtasis. Deseo atiborrarte con todas las alegrías de la carne, de modo que te desmayes y mueras. Quiero que seas sorprendida por mí, y para que te confieses a ti misma que nunca siquiera habías soñado con tales transportes... (…)”.


De Julio Cortázar a Edith Aron, la inspiración para “la Maga” de su Rayuela:


 “Querida Edith: No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio, para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban). ( ... ) Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pulóver.”


Finalmente, de Kafka a Milena Jesenká, su traductora y gran amor con quien intercambió abundante correspondencia:


“Las cartas de amor son una relación con fantasmas: los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas por el camino”.


Toda selección es arbitraria. Esta también lo es. Los investigadores han sido cuidadosos en la recopilación y preservación de este material epistolar del que hay cantidad insospechada de temáticas y autores. Al lector le queda la tarea de buscar a los prohombres de la humanidad que más le interesen para darle una mirada a la historia personal que ellos mismos escribieron.




Género epistolar


Las cartas han estado presentes durante toda la historia de la humanidad como un medio de comunicación. Aunque son famosas las cartas de amor, también fueron útiles durante los tiempos de guerra o en el ejercicio de la soberanía.


Es fácil encontrar, al hacer una búsqueda en la Internet, cartas que datan de la época de la Grecia Clásica. Incluso en la Biblia es posible encontrar cartas.


Muchas cartas han alcanzado el estatus de documento histórico. Su estructuraha sido tomada como préstamo por la literatura para la producción de ficción, en géneros como la novela epistolar, o como técnica narrativa, como, por ejemplo, en "Drácula", de Bram Stoker.