Columnistas

¿De cuál paz hablamos?
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
5 de Febrero de 2012


Casi todos los columnistas y editorialistas del país se han referido a los ataques atroces de la guerrilla de las Farc.

Casi  todos los columnistas y editorialistas del país se han referido a los ataques atroces de la guerrilla de las Farc.


Todos concuerdan en condenar dichas acciones, pero puede identificarse un bando que dice que hay que mantener abiertos los canales de comunicación para un posible diálogo que conduzca a un acuerdo político con este grupo, que podría llevarlo a hacer parte de las instituciones del país e incluso, que debe terminar en una constituyente donde se negocie de tú a tú las estructuras del Estado y los contenidos de las políticas sociales y económicas; y, otros, que piensan que estas acciones muestran que el único acuerdo posible es el de la rendición y aplicación de una ley, similar a la que se aplicó a los paramilitares.


En últimas, unos piensan que tienen un ideario político y social que debe tenerse en cuenta, y otros, que sus acciones los han convertido en criminales de guerra y grandes narcotraficantes.


Hay un punto, no obstante, que debe tenerse en cuenta, en el continuo que va de una posición a otra: la fuerza. No es una consideración moral lo que define una guerra, sino el poder militar que se tiene. Si el oponente tiene fuerza suficiente para imponer sus condiciones, no negocia o lo hace, como en el pasado, para fortalecerse. No renuncia a su programa político ni a la intención de compartir el poder con nadie. Una sociedad marxista surgiría, con cualquier rótulo: con un socialismo con programas de los 60 del siglo pasado, sería un Estado de partido único que concentra todo el poder.


Puede que al final del gobierno de Samper y durante el de Pastrana, hayan tenido un ejército que pasó de la guerra de guerrillas a la de movimientos y a la de posiciones, con capacidad de iniciar una ofensiva que los llevara al triunfo total. A la fecha están lejos de esa capacidad de combate.


Supongamos que el oponente, en el momento de negociar, tiene fuerza suficiente para poner algunas condiciones políticas, pero no está en capacidad de tomarse el poder. De alguna manera es una derrota estratégica a la cual se le puede sacar provecho, dependiendo de lo que haga el Estado. Pueden pensar que si las condiciones cambiaran y pudiesen fortalecerse, podrían llegar al poder, y esto sería correcto en la medida que el Estado abandone o difumine su esfuerzo militar. Si el Estado decide que es el momento de negociar a pesar de ir ganado, pero con una fortaleza relativa de la guerrilla, ésta estará en la posición de poner condiciones políticas y sociales que pueden alterar de fondo la estructura de la democracia. Finalmente, si la ofensiva del Estado lleva a la guerrilla al convencimiento de que no pueden ganar y de que si siguen resistiendo van hacia el desastre total, el Estado estará en posición de sólo proponer una ley de dejación de armas, la de reparación a las víctimas y la verdad, de la cual hoy sólo se conoce una versión. 


¿En qué posición está el país hoy? Los hechos son tozudos. A pesar de la retórica oficial, las Farc controlan parte del Cauca y de Nariño, especialmente en el Pacífico, en Tumaco y sus alrededores. En Norte de Santander tienen fuerza (gracias a la retaguardia venezolana), y son capaces, por ejemplo, de atacar en la zona minera de Antioquia, en alianza con las ‘bacrim’, salir a las carreteras y quemar camiones y buses, etc. Ataques como el del cerro de Santana, muestra que pueden concentrar fuerzas de 100 o más combatientes. Proponen la liberación de 6 secuestrados, pero siembran el terror y la muerte y hacen reales alardes de fuerza. Si se negocia ahora, estarán fortalecidas. Si de verdad no se retoma la política de seguridad democrática y se protege jurídicamente a las Fuerzas Armadas, el país volverá al reino del terror. Se trata de retomar la iniciativa y llevarlas, mínimo, al estado en que se encontraban cuando terminó el gobierno anterior. De lo contrario, nos impondrán sus condiciones o volverán a estar en capacidad de ganar y destruir la democracia. Si el Estado logra retomar la ofensiva y debilitar, de nuevo, estratégicamente a la guerrilla, su final estaría cerca y sólo se hablaría de las condiciones de entrega.